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martes. 05.07.2022
cong copia

¿Recordáis alguna imagen de esos portentosos buques de proa afilada que van abriéndose paso entre gruesas placas de hielo? ¿Podéis ver cómo la quiebra del blanco polar va dejando paso a las azuladas aguas profundas? ¿Os emociona la posibilidad de encontrar una nueva ruta? Por favor, abstraeos del calamitoso deshielo inducido por el cambio climático y concentraos en esa hercúlea imagen del vapor abriéndose paso entre las rígidas aguas solidificadas que se interponen entre el avance y su detención.

Volved ahora de la ensoñación porque he querido vivificar el paisaje que acompañó a Wally Herbert, el pionero ingles que pisó el polo norte por primera vez, tan solo para escenificar el trajín en el que se halla la izquierda en todo el mundo civilizado. Históricamente, la izquierda ha representado el progreso de la civilización, el zeitgeistdemocratizador que recorre el mundo occidental desde la revolución francesa, y ha ido surcando mares procelosos repletos de reveses y avatares que no han impedido una marcha irrenunciable hacia un mundo más equitativo y más racional, más moral por ende. En su boga ha debido enfrentarse a toda clase de contratiempos y accidentes, borrascas, huracanes y tifones que han sacudido las naves del progreso impidiendo o retrasando su avance. Ha encontrado bucaneros y piratas que han tratado de apropiarse las cargas que los navíos de la historia portan como entregas a futuro. En fin, que acompañar el destino de la humanidad desde posiciones de progreso o de izquierda no ha sido jamás cosa fácil, y con esto me tiro de la moto stevensoniana en la que me he subido.

Pero de lo que no quiero tirarme, porque me parece sustancial para la reflexión interna del pensamiento de la izquierda, es de la observación de que las barreras que ha debido forzar el anhelo de progreso tradicional no se parecen en nada a las que en la actualidad cierran el paso a lo que está por venir. La derecha, la representación política del estatus de las elites económicas, aristocráticas y militares han presentado sucesivas fortalezas de contención del avance del progreso. Siempre han dado la batalla descalificando los logros históricos anhelados por las fuerzas progresistas, fuere el sufragio universal, fuere el derecho de huelga o la renovación de la arquitectura legal del estado. Se opusieron tercamente y han conseguido retardar unos años, quizás décadas, el despliegue general de los postulados democráticos e igualitarios de las izquierdas.

En el pasado la izquierda debía contrastar modelos de vida, en la actualidad debe rescatarlos rompiendo los corsés de hielo que ha cuajado la derecha intransigente

Pero esto ha cambiado, probablemente debido a la pérdida de influencia su oposición no es directa, han optado por el enmascaramiento, las derechas han decidido refugiarse en el interior de algunas de las instituciones salidas del avance de la historia que antes repudiaron. Ya no combaten el sufragio universal, ahora trabajan en su manipulación mediática o legalista como ocurre con la variante trumpista en Texas. No cuestionan el derecho de huelga sino el derecho al trabajo mismo regulado por legislación negociada, como ha ocurrido aquí con la reforma laboral promovida por Rajoy. Renovar el estado ha dejado de ser una pesadilla para la derecha desde que descubrió cómo acabar con los cimientos de cualquier nación suplantando el interés nacional por abstractos valores de mercado de escala planetaria, eso sí conservando banderitas y otros restos de simbología identitaria para adornar muñecas de merluzos y micros de periodistas agradecidos. 

Se han ocultado bajo las capas de hielo cuyo blanco resplandor ciega al menos advertido o menos preparado con gafas protectoras. No tienen más interés ahora que antes en el sufragio universal, en la cesión de privilegios en materia de riqueza económica, ni en avanzar en la igualdad federal a la que aspira cualquier estado moderno. Lo suyo es pura comedia, a veces una comedia de enredo porque intuyen que en complicar el argumento y presentar un juego doble de los papeles estelares se encuentra un modo sutil de impedir el avance real del pulso democrático. No tienen más interés en presidir un país o una comunidad autónoma que el impedir logros hacia mayores niveles de democracia e igualdad. Solo esporádicos ataques de honradez, como ocurre con Vox, les permite expresar su sentir profundo: no les gusta la historia que está por venir porque no la controlan. Quieren detener el tiempo para que siempre todo sea como siempre ha sido, con ellos como los protagonistas de la fábula en la que quieren convertir el deseo humano de justicia y equidad.

A cubierto bajo una resistente capa similar a la de los hielos polares, los poderos sitúan a su grey en abisales profundidades institucionales porque ahí son invulnerables y pueden torpedear el avance del progreso sin tener que dar la cara obscena del retardo y el atraso endémico. Por eso ahora la izquierda debe actuar como el rompehielos que saque a la luz la oscuridad perversa de tanto pirata que, adornados a veces con bocamangas de ganchito, saquean los frutos conseguidos con la pelea por la dignidad. 

En el pasado la izquierda debía contrastar modelos de vida, en la actualidad debe rescatarlos rompiendo los corsés de hielo que ha cuajado la derecha intransigente.

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Rompehielos, nueva tarea de la izquierda