sábado. 02.03.2024
teatro_titeres
Teatro. Títeres. Marionetas.

“Necesitamos archipiélagos de certeza para navegar
en este océano de incertidumbres”.

Edgar Morin


El filósofo Noam Chomsky, activista estadounidense de origen judío, considerado como uno de los disidentes políticos más activos y comprometidos de nuestro tiempo, con un manejo documentado, exhaustivo y riguroso de los temas que trata, es una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX. Ha elaborado una serie de estrategias de manipulación y de distracción a través de las cuales las élites políticas, mediáticas y económicas intentan desviar la atención de los ciudadanos con el fin de impedirles interesarse por los verdaderos problemas y cautivarles para ocuparles con temas sin importancia real y sin tiempo para pensar en los problemas que afectan de verdad a su realidad. Sin llegar a desarrollarlas, apenas una pincelada, éstas son algunas de sus reflexiones para conseguir manipular y distraer a los ciudadanos: a) Crear un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en la ciudadanía, a fin de que ésta sea la que demande las medidas que desea el que tiene el poder, en perjuicio de la libertad de los ciudadanos. b) Presentar una decisión impopular como necesaria, haciendo creer a la ciudadanía, que esa dolorosa decisión, le proporcionará mañana un futuro mejor. c) Hacer uso del aspecto emocional más que la reflexión, induciendo al miedo y al temor. d) Mantener a la ciudadanía en la ignorancia siendo complaciente con la mediocridad. e) Hacer creer al ciudadano que él es el culpable por su propia desgracia, por causa de su falta de información e insuficiencia de sus capacidades.

No ando desencaminado al mencionar estas estrategias que confunden y manipulan a la ciudadanía, si afirmo que, posiblemente, desde su situación de poder, nuestras clases política, económica y judicial, utilizan en beneficio propio, algunas de ellas. Como inicia Cervantes su universal obra, no quiero nombrar, aunque recuerdo, a políticos, empresarios y jueces que las utilizan interesadamente y en desdoro de los ciudadanos.

El retablo de las maravillas de Cervantes invita a la reflexión sobre las verdades o las mentiras que la sociedad acepta

Si leemos hoy El retablo de las maravillas, un entremés que salió de la pluma de Cervantes, y que encierra una visión crítica de la realidad de su época, en el que aborda temáticas atemporales y universales, marcadas por la importancia de las apariencias, podemos descubrir que en más de cuatro siglos no hemos cambiado tanto. La historia: una pareja de pícaros que llegan a un pueblo con la intención de hacer una función con su retablo de las maravillas (una pequeña caja de títeres) y estafar a los espectadores, haciendo creer a las autoridades de la localidad que solo podrán ver las maravillas que suceden dentro del retablo aquellos vecinos que sean cristianos viejos -es decir, que no tengan sangre judía- y que no sean hijos bastardos. Los vecinos que asisten a la función, las clases altas del pueblo, presionados por la importancia de las apariencias y por el miedo a hacer el ridículo asienten al engaño. Aunque Chanfalla, uno de los pícaros, asegura que salen maravillas del retablo, la realidad es que no está ocurriendo nada: solo hay una caja de madera vacía, un público expectante y un narrador que pretende estafar a los asistentes con un espectáculo inexistente. Pero las autoridades, por miedo a ser tachadas de hijos ilegítimos o de judíos conversos, fingen y aseguran estar viendo las grandiosas maravillas que les son narradas por ambos pícaros, Chirinos y Chanfalla, en una ficción que no existe. Aunque Cervantes no finaliza este entremés con una moraleja, el propio relato, desde la ironía y el humor, invita a la reflexión sobre las verdades o las mentiras que la sociedad, la de entonces y la actual, acepta el engaño. Y la reflexión necesaria actualizada que podemos sacar es ver cómo se aceptan y adjudican cualidades y valores inexistentes a tantos personajes que ocupan hoy los escenarios del poder.

Según Paul Watzlawick, el filósofo y psicólogo austríaco nacionalizado estadounidense y uno de los principales autores de la Teoría de la comunicación humana, “la confusión es comunicación defectuosa, que deja sumido al receptor en un estado de incertidumbre o de falsa comprensión”. Los problemas de comunicación entre las personas se deben a que no siempre tenemos el mismo punto de vista que nuestros interlocutores; la comunicación adecuada depende de que se cumplan una serie de axiomas; el que alguno de ellos se utilice mal o no se explique bien puede ser la causa de que se produzcan malentendidos; en la comunicación, cuando se desconocen determinadas reglas del lenguaje inevitablemente se provocan fallos en la comprensión.

Todos contemplamos el mundo, aunque no todos lo vemos del mismo modo. La corriente filosófica analítica, conocida como positivismo lógico, representada entre otros por Moritz Schlick, Rudolf Carnap, Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein o Ernst Mach…, simplificando demasiado, se caracterizó en la historia de la filosofía analítica y lingüística por considerar que muchos de los problemas centrales de la filosofía y del conocimiento de la realidad, si no todos, sí se podrían resolver a través de la reflexión racional, rigurosa y sistemática, aplicando el significado preciso de los conceptos y las reglas correctas del lenguaje; es decir, los problemas de la comunicación y el entendimiento estarían resueltos si se supiera distinguir entre “creer y saber”, entre creer algo y saber algo. Entran en juego, por una parte, conocer y comunicar y por otra, al comunicar, expresar la verdad o traicionarla.

La precisión y claridad del lenguaje es la clave para resolver los problemas de cualquier orden

La actividad propia de la filosofía y de la ciencia consiste en aclarar, clarificar con precisión el lenguaje, pues la mayor parte de las discusiones o disputas en cualquier tipo de confrontación, en especial, en el campo de la política están originadas por la confusión lingüística. La precisión y claridad del lenguaje es la clave para resolver los problemas, no sólo filosóficos sino de cualquier otro orden, también el político o social. Lo hemos visto en estos días cuando el Congreso de los Diputados ha dado luz verde, con 312 votos a favor y 32 en contra, los de VOX, a la iniciativa impulsada por el PSOE y el PP para reformar el artículo 49 de la Constitución al sustituir el término “disminuidos” por “personas con discapacidad”, modificación legislativa que durante décadas había sido reclamada por entidades sociales. Razón tenía Anne Carson, la escritora canadiense, Premio Princesa de Asturias de las Letras de 2020, al decir que la claridad y la precisión del lenguaje, especialmente cuando queremos comunicarnos, es algo que hay que buscar a tientas incluso en la oscuridad.

Por desgracia, la realidad política actual en España es un ejemplo evidente, de que el lenguaje ha dejado de ser un campo de comunicación, de diálogo, de explicación y de aclaración para comprender la realidad y convertirse en un instrumento de disputa y confrontación. En el actual Parlamento se valora y aplaude más la confrontación y el insulto que la reflexión constructiva y el diálogo. El mito bíblico de la “Torre de Babel” es el ejemplo de esa falta de entendimiento que sufren nuestros políticos, origen y causa de las disensiones y malentendidos entre partidos, situación ésta que les incapacita para entenderse y comprenderse; son responsables de la pérdida de oportunidades para ir, “todos a una”, en la búsqueda de aquellos intereses que importan a la mayoría de ciudadanos. El esfuerzo por entender y comprender cómo actúan los políticos, en lugar de claridad y confianza, genera en el ciudadano confusión e inseguridad: emplean las mismas o parecidas palabras y significantes, pero sus significados expresan realidades muy distintas; pronuncian los significantes no con valores unívocos sino equívocos, ambiguos o contrarios, produciendo una visión sesgada y distorsionada del pensamiento y descripción de la realidad que intentan explicar; no demuestran ningún interés por la verdad, sino “por su verdad”. Hemos entrado en el laberinto de la confusión, en ese equilibrio inestable que incapacita para la gestión tranquila entre la explicación y la comprensión.

Existe un mundo entre lo que alguien trata de decir y lo que, en realidad llega a decir; y hay otro mundo entre lo que el receptor escucha y lo que en realidad entiende. Estos dos mundos conforman un mar de confusión. Durante la conversación, ambos interlocutores mezclan las palabras que están escuchando no solo con sensaciones del momento, sino con emociones del pasado que permanecen en su memoria y en su mente sin ser digeridas; el resultado es nefasto pues la confusión no solo se produce cuando hay un intento de manipulación; también se da en toda conversación desde el momento en que cada persona da unos valores o significados diferentes a una misma palabra o significante, dependiendo de su ideología o sus experiencias previas.

En una época en la que se escribe y se habla demasiado no es infrecuente tener que desdecirse, argumentando que lo que se escribió o se dijo, ni se dijo ni se escribió

Llegar a ser capaces de transmitir lo que pensamos, lo que sentimos y lo que queremos es un fenómeno complejo; expresar los pensamientos, los sentimientos y los deseos de forma comprensible a los demás es un arte difícil que muchas veces no se consigue. Cómo vivimos la vida y cómo pensamos mientras la vivimos son realidades inseparables y expresarlo y, aún más, escribirlo, en el marco de la sinceridad, es una ardua tarea que, incluso nos resulta incomprensible a nosotros mismos, porque las palabras no bien expresadas y no bien comprendidas por quien las lee o escucha pueden dar lugar a la confusión y, confundidos, entrar en la confrontación. En una época en la que se escribe y se habla demasiado, muchas veces sin medir las consecuencias y sin cuidar el contenido y la veracidad de lo escrito o dicho, no es infrecuente tener que desdecirse, argumentando que lo que se escribió o se dijo, ni se dijo ni se escribió. Por suerte, existen las hemerotecas, razón que obliga a la prudencia y a la ética responsable.

Alfred North Whitehead, matemático y filósofo inglés, ha sido la figura que define a la escuela filosófica conocida como la filosofía del proceso, aplicada en nuestros días a una gran variedad de disciplinas. En oposición al modelo clásico de cambio como ilusorio, como pensaba Parménides, o accidental según Aristóteles, la filosofía del proceso considera el cambio como la piedra angular de la realidad, la piedra angular de ser considerada como un devenir. Se le atribuye una rotunda frase, que no carece de sentido, como exaltación del platonismo al considerar que “toda la historia de la filosofía occidental es una nota a pie de página de la obra de Platón”. Con esta frase nos viene a decir que las grandes preguntas fueron formuladas hace ya 2500 años y que el devenir de la filosofía es seguir buscando respuestas. De forma parecida, pero sin poner nombre al conocimiento, será Goethe, al liderar el movimiento “Sturm und Drang”, (tormenta e ímpetu) desarrollado en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII, y promover la libertad de expresión, en contraposición a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la Ilustración, quien afirmó que “Todo lo que es importante ya ha sido pensado. Se trata de volver a pensarlo de nuevo”.

En estos tiempos de incertidumbre, ignorar el pasado y perder olfato y clarividencia inteligente sobre el presente es un mal augurio de futuro. De ahí que, recurriendo a la exaltación que Whitehead hace de Platón, recordar una de sus más brillantes obras, tal vez la más conocida: “La República”, en la que expresa su concepción del arte, la política, la sociedad, la justicia, la inmortalidad, la virtud, el bien y el mal, es una sabia reflexión contemporánea sobre la dualidad de nuestra realidad; y lo hace a través de un diálogo en el cual Sócrates, su maestro, conversa con uno de sus discípulos sobre la importancia del conocimiento en la forma en la que cada uno de nosotros percibe la realidad. La alegoría o “el mito de la caverna”, como es conocido, se encuentra en el libro VII de su obra; es una reflexión que nos ayuda a preguntarnos sobre aquellas cosas que nos atan y nos impiden ver la realidad tal cual es. La conclusión de Platón en la lógica del mito es que el paso de la ignorancia, las sombras, al mundo de la realidad, las ideas, es posible solo si, al estar encadenados, nos liberamos de nuestras ataduras perceptivas y buscamos el conocimiento a partir de la reflexión intelectual, saliendo a la luz de la ética de la verdad. El mito de la caverna nos permite entender de qué manera este filósofo percibía el mundo; nos hace patente la ignorancia como esa realidad que se vuelve incómoda cuando empezamos a ser conscientes de su presencia y ante la posibilidad de que haya otra posible visión de la realidad; la experiencia dice que nuestra inercia nos empuja a derribarla por considerarla una amenaza para la sombra de realidad que nos hemos forjado.

Platón usa esta figura alegórica para explicar la difícil tarea del filósofo de intentar guiar hacia el conocimiento verdadero pues, según la alegoría, la gente puede llegar a sentirse cómoda en su ignorancia y a rechazar cualquier posible mirada liberadora de buscar y reconocer la verdad. Y esta es la pregunta: ¿es la realidad tal como la percibimos? Por una parte, tenemos la realidad tal cual es, y, por otra, nos encontramos con una realidad de ficción donde nuestras creencias y prejuicios toman protagonismo: creer que las sombras proyectadas son la realidad. Para conocer la realidad, sin dejarse vencer por la confusión ni entregarse a los errores del miedo, hay que salir de la caverna. El paso de la ignorancia, el mundo de las sombras, al mundo de las ideas, sólo es posible si existe la férrea voluntad de buscar el conocimiento y el deseo honesto de buscar la verdad y salir de la ignorancia. Existe una tendencia a la pereza intelectual y en esa tendencia los medios de comunicación y las redes sociales tienen enorme responsabilidad, con las consecuencias de que, en nuestra política, los políticos caen en ella o, lo que es peor, contribuyen a ella.

Metidos en “nuestra caverna”, corremos el riesgo de considerar sólo como verdadero y llegar a creer aquello que reafirma las propias convicciones

Es importante tener claro cómo esta visión que nos ofrece el mito de la caverna puede trasladarse a la actualidad ya que muchas de nuestras certezas absolutas las hemos hecho nuestras sin pararnos a cuestionarlas, sin plantearnos si de verdad el mundo que percibimos está muy cerca o muy lejos de ser así. Metidos en “nuestra caverna”, corremos el riesgo de considerar sólo como verdadero y llegar a creer aquello que reafirma las propias convicciones. Es el insano dogmatismo de considerar sólo lícita una libertad y una verdad: la propia. Según Platón, quien decide liberarse de las cadenas que lo aprisionan saliendo al exterior, ha optado por una decisión difícil; tal decisión, lejos de ser apreciada por sus compañeros, puede ser considerada como un acto de locura, de rebeldía.

Existe una seguridad que comparte la mayor parte de la ciudadanía y es que gobernar implica dudar, de ahí la necesaria reflexión y el diálogo plural. Cabe, entonces, preguntarse si en una situación de tanta confrontación política como está viviendo el conjunto de la sociedad y de cuyo desenlace depende en gran medida la estabilidad política, económica y social de la ciudadanía, deben prevalecer los intereses de la ambición de poder personal por parte de los protagonistas de nuestra coyuntura política o si se debe imponer el compromiso de la responsabilidad debida a los ciudadanos que les hemos votado. Ante este dilema de fácil solución conceptual, pero de difícil solución práctica, la pregunta es: ¿qué razones de orden objetivo, qué motivaciones y qué fundamentos éticos exhiben quienes se consideran con derecho a imponer su voluntad partidista sobre la voluntad colectiva de la ciudadanía?, ¿por qué y para qué utilizan ese poder que persiguen con tanto ahínco?

Se atribuye a Albert Einstein la frase de que “en Occidente hemos construido un precioso gran barco. Tiene todas las comodidades. Pero le falta una cosa: no tiene brújula y no sabe adónde va”. Esto es lo que está sucediendo en España, todos apostamos por la democracia, pero somos conscientes de que la realidad de nuestra actual democracia, hermosa palabra de complicada y compleja gestión, está llena de ironías. Se da la paradoja de que a algunos que lideran los partidos políticos se les puede definir hoy, no por sus ideas, sino por su rencor y su odio; confunden ganar con gritar. Abundan los profesionales de la confrontación y el insulto, pertrechados de profecías apocalípticas, convencidos de que el fin justifica los miedos y contagiados por la ambición de poder. Y quien tiene este mal, quien ambiciona el poder no puede ser buen líder. Los malos líderes no tienen visión, se conforman con el esfuerzo mínimo de cada integrante del grupo. Los malos líderes no colaboran y no sienten jamás pasión por lo que hacen. Los malos líderes no dan seguimiento a sus proyectos, pueden tener buenas ideas, pero no las llevan nunca a cabo. Los malos líderes son egoístas y se adjudican el éxito de los proyectos del equipo que conducen. Los malos líderes no aceptan críticas; aunque errar es humano, ellos jamás aceptarán que se han equivocado; se adjudican el éxito; pero cuando las cosas salen mal la responsabilidad es de los demás. Los malos líderes son inflexibles; carecen de inteligencia creativa y son incapaces de adivinar las vías por las que conducir un futuro de progreso.

En la historia se dan épocas en las que los ciudadanos parecen encontrarse identificados con el mundo político, económico, social y cultural que les toca vivir y épocas, en cambio, en las que se sienten desconcertados, como si se encontrasen “a la intemperie de la incertidumbre, sin llegar a entender a los políticos”. Esta crisis de incertidumbre e inseguridad se acentúa más, si cabe, cuando se ha confiado demasiado en las instituciones y en los que las representan al contemplar el ruido que se escucha en el Parlamento Nacional, en algunos parlamentos de las Comunidades o de los Ayuntamientos, en los que abundan algunos representantes de los ciudadanos profesionales de la confrontación y el insulto, pertrechados de profecías apocalípticas, convencidos de que el fin justifica los miedos; en lugar de tener parlamentarios de una oratoria sensata por concitar acuerdos, prima el insulto y la confrontación, dejando manifiesta la escasa valía humana de ciertos representantes de la política y la judicatura, “tal vez, muy doctos”, pero muy esquinados ideológicamente.

El desencuentro y la confrontación que existe en la política se debe a que la sociedad ha abandonado lo que fue el inicio de la democracia política: la reflexión filosófica y, por tanto, el compromiso ético con la ciudadanía

Los datos no son opiniones. Es un hecho comprobado: hagas lo que hagas, siempre tendrás cerca a alguien dispuesto a opinar y, como las abejas, son capaces de fabricar enjambres de opciones. Pero cuando la opinión viene marcada por la espiral del odio o la ira, llegamos a creer que solo nuestras propuestas e ideas permiten avanzar, mientras fuera de ellas imperan los intereses, las mentiras y las turbias complicidades. Como decía Gilles Lipovetsky, con estas actitudes se entra en la sociedad de la decepción. Tenemos sobrada experiencia de que, en la confrontación, somos nosotros los que tenemos ideas; los demás, sólo ideología. El acuerdo y la convergencia hacen posible que ninguna posición política ni ningún grupo político se imponga sobre los otros ya que el objetivo de un diálogo constructivo consiste en la búsqueda de consensos capaces de valorar, incluso, asumir, las distintas opciones. El diálogo es cooperativo, en cambio, la confrontación y el enfrentamiento son competitivos; en el diálogo el objetivo es la búsqueda de un espacio común de entendimiento, en la confrontación el objetivo es ganar imponiéndose al otro; el diálogo es reflexión sobre las propias posiciones, la confrontación, en cambio, es ciega negación a la posición de los otros; el diálogo abre las mentes, la confrontación las cierra; el diálogo busca acuerdos básicos, la confrontación se ofusca en las diferencias; el diálogo permanece siempre abierto a encontrar soluciones, la confrontación se cierra sin llegar a resolver los problemas. En síntesis, el diálogo implica voluntad para razonar y, a su vez, si existen razones mejores, llegar a convencer.

Se dice que quien tiene el poder controla el progreso. Daren Acemoglu y Simon Johnson, en su libro titulado Poder y progreso, llevan a cabo un relato histórico global de cómo la tecnología ha llevado a la humanidad hacia adelante en términos de niveles de vida, pero también a menudo ha creado miseria, pobreza y una mayor desigualdad. No me considero un optimista que piensa que al final todo se va a arreglar y va a ir a mejor; será así si en lugar de la confrontación funciona el compromiso de la corresponsabilidad, afrontando los retos del día a día en el tiempo que nos ha tocado vivir y exigiendo a los que hemos elegido para que nos gobiernen, ya en el poder, ya en la oposición que estén dispuestos a poner todos los medios y los recursos suficientes para resolver los problemas sobre todo, de los que más lo necesitan, es decir, pasando de la confrontación al compromiso. Desde mi visión profesional, el desencuentro y la confrontación que existe en la política se debe a que la sociedad, nuestra sociedad, ha abandonado lo que fue el inicio de la democracia política: la reflexión filosófica y, por tanto, el compromiso ético con la ciudadanía.

 

Reflexiones: de la confrontación al compromiso