jueves. 29.02.2024

“Si cada español hablara solo de lo que sabe, se haría un gran silencio nacional que podríamos aprovechar para reflexionar” 
(
Manuel Azaña)


Con la muerte del polaco Zygmunt Bauman, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, se apagó una de las voces que mejor supo definir el cambio de los tiempos y la revolución social y cultural que supuso el siglo XX. La amplia obra del sociólogo polaco estuvo marcada por el término que acuñó: “modernidad líquida”, término utilizado y compartido con posterioridad por muchos autores; con él quiso expresar que en nuestra sociedad se había instaurado una nueva normalidad donde la única certeza es el cambio constante y la incertidumbre. Según Bauman nos hemos acostumbrado a un tiempo veloz, seguros de que las cosas no van a durar mucho; aparecerán nuevas oportunidades que van a devaluar las existentes, dando paso a una realidad marcada por la precariedad, el ritmo cambiante, la inestabilidad y celeridad de los acontecimientos y la tendencia al individualismo de las personas, pues la generación con la que estamos compartiendo y construyendo la historia presente es la generación de la incertidumbre; una incertidumbre por la que nunca puede uno estar seguro de lo que debe hacer y, después de actuar, tener la certeza de que lo hecho haya sido lo correcto.

Asumiendo el principio de realidad, la incertidumbre forma parte de nuestra vida y hay que aceptarla. El presente y el futuro se perciben inciertos; ello provoca desconfianza en nuestro sistema social, económico, político y en sus dirigentes. Estamos a la espera de una nueva normalidad, pero la hace imposible esta permanente confrontación en la que estamos instalados pues existe una pérdida de fe y entendimiento en el proyecto colectivo común al que llamamos España: es el viejo fantasma de la polarización; la misma con la que Miguel de Unamuno la definía con su “Me duele España”.

Según Bauman nos hemos acostumbrado a un tiempo veloz, seguros de que las cosas no van a durar mucho; aparecerán nuevas oportunidades que van a devaluar las existentes

Estamos ante un cambio de época más que en una época de cambios; el progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal. En la sociedad actual, lo que triunfa es el individualismo por encima de lo colectivo. Lo que hoy llamamos “crisis de la democracia, no es otra cosa que un colapso de confianza en los profesionales de la política, aquellos que dirigen la sociedad. Escuchando a nuestros políticos en estos tiempos de confrontación permanente, qué razón tenía Manuel Azaña quien fuera presidente de la Segunda República cuando dijo: “No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla”. Resulta descorazonador ver el denodado esfuerzo de quienes buscan soluciones a los problemas de nuestro tiempo, utilizando en exclusiva las ideas de sus propios y discutibles argumentarios y negándose al diálogo.

Con la investidura de Sánchez, ha comenzado su andadura el nuevo ejecutivo que, con diferentes proyectos internos y exigencias y tensiones externas, ha de funcionar de inmediato porque tiene sobre la mesa demasiados asuntos pendientes. Gobernar va a ser más difícil que nunca, pero no hay tiempo que perder. Con la exigencia de la ultraderecha, la oposición del Partido Popular tiene prisa por hacerse notar. Feijóo y Abascal ya han anunciado que van a ser exigentes sin tregua; no van a respetar aquella antigua norma parlamentaria de permitir que el nuevo gobierno haga su trabajo durante los primeros 100 días. Los tiempos han cambiado y el nivel de crispación es permanente. A pesar de tener ya gobierno, no es que ya no se le conceda esa norma no escrita de “los cien días”, es que ni siquiera se le ha concedido un día. Escribió hace más de 70 años Alexandre Koyré, el filósofo francés e historiador de la ciencia de origen ruso, en su reflexión sobre la función política de la mentira una sentencia hoy de total actualidad que asusta: “Nunca se ha mentido tanto como en nuestros días; ni de manera tan desvergonzada, sistemática y constante”.

El científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas Luis Miguel Miller, especializado en el estudio de la polarización, término que está en boca de todos los analistas de la actualidad política local e internacional, ante la pregunta que muchos ciudadanos nos hacemos: ¿por qué las sociedades están hoy mucho más divididas en sus creencias y preferencias políticas que hace una década?, nos da la respuesta en su libro “Polarizados, la política que nos divide”;libro al que le ha dedicado más de veinte años intentando comprender por qué España se encuentra entre los países más fragmentados del mundo. 

Estamos ante un cambio de época más que en una época de cambios; el progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos

Según Miller, una buena parte de la sociedad española está harta de la política y, efectivamente, en estos momentos, hay motivos para que ese hartazgo se manifieste y perdure en el tiempo. La tesis central de su libro es que la sociedad española se encuentra cada vez más dividida, no sólo en el plano ideológico, sino también en otros que no ocupan tanto espacio en los telediarios, pero que explican la evidencia de esta polarización: las creencias, los valores, las emociones o los deseos acerca de lo que queremos que sea la política. La ciudadanía española está dividida en bloques ideológicos cada vez más cerrados, y esto crea el caldo de cultivo para la confrontación entre las élites políticas, pero repercute cada día más también en la ciudadanía. Los malos modos en política son especialmente dañinos en situaciones donde la población está dividida en identidades políticas enfrentadas. Por desgracia, hoy la sociedad española es mucho más propensa que hace una década al conflicto entre identidades, “o eres de izquierdas o eres de derechas”; se ha difuminado el “centro”. A pesar de este serio problema, lo grave no es la competición partidista, incluso cuando esta adopta un tono bronco; si la sociedad está dividida en flujos de población y bloques homogéneos en términos ideológicos y sociales, fácilmente se compran los bulos y las fakenews sin analizar y reflexionar acerca de su veracidad; la crispación se magnifica hasta llegar al insulto personal, creando el clima adecuado para el odio materializado en “un nosotros frente a un ellos”; en un país profundamente crispado, polarizado y dividido, el objetivo de la política ya no consiste en obtener buenos resultados electorales sino en “ganar, en obtener el poder”, aunque eso tenga un coste para toda la sociedad. 

Si lo saben hasta los ciudadanos medianamente informados, con más razón lo deberían saber y aceptar los políticos, sobre todo, los parlamentarios: no se puede adaptar a conveniencia de parte las reglas de nuestra democracia parlamentaria. No gana quien más votos consigue en unas elecciones sino quien consigue más votos parlamentarios en una sesión de investidura. Núñez Feijóo no lo consiguió en su intento de ser investido; en cambio, esa sobrada mayoría la ha obtenido el ya presidente Pedro Sánchez. Quien no lo acepta y continúa con el “ruido, la descalificación y el insulto” está haciendo un flaco favor a nuestra democracia. Es ya poco profesional políticamente y poco ético desde los valores democráticos el permanente relato de Núñez Feijóo ante cualquier micrófono, con una frase repetitiva y reiterativa de “niño llorón”“Yo he ganado”. Por muy patriotas que se consideren lo líderes populares, poco les importa España al desear un mal generalizado si con el nuevo gobierno nos va peor. Es la rechazable estrategia y antipatriótica aportación que, para la historia, ya lo definió el ministro de Hacienda del Partido Popular con Mariano RajoyCristóbal Montoro en 2010 con esta frase: “Que se hunda España que ya la levantaremos nosotros”. Es este también el mantra catastrofista y la estrategia apocalíptica que en sus discursos repiten FeijóoGamarraAznarAyusoBendodo, y ahora, el nuevo portavoz popular, Miguel Tellado, pues de Gamarra el PP ha optado por “un macarra”, con un zurrón cargado de insultos y descalificaciones contra Sánchez, a quien como presidente le considera “producto de un auténtico fraude electoral”. Y se consideran “constitucionalistas”. ¡Oír para creer!

La ciudadanía española está dividida en bloques ideológicos cada vez más cerrados, y esto crea el caldo de cultivo para la confrontación entre las élites políticas

Existe una máxima latina que Santo Tomás de Aquino, principal representante de la escolástica​ y una de las mayores figuras de la teología sistemática, utilizaba como aforismo filosófico: “quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur”(lo que se recibe es recibido según el modo de ser del recipiente), es decir, que lo que se recibe, lo que se conoce, lo que se adquiere, toma la forma del que lo recibe, conoce o adquiere; es una perspectiva, una configuración hecha desde el sujeto que da forma e interpreta los datos recibidos a conveniencia. Y si nuestra mente está cargada de prejuicios, motivaciones, inquietudes o experiencias previas, lo recibido, lo conocido estará condicionado por estas configuraciones previas. Como dice el refrán castellano, “cada uno lleva el agua a su molino”, es decir, dirige lo que escucha siempre en el sentido que más le favorece. Analizando el contenido del lenguaje que está utilizando la mayoría de políticos estos últimos meses, está cargado de frivolidad, banalidad y vacuidad, es decir, un lenguaje crispado, polarizado y destructivo: todo vale para desacreditar al contrario.

Sabemos que el lenguaje es el instrumento con el que construimos el pensamiento; un lenguaje empobrecido comporta también un pensamiento empobrecido y un uso incorrecto del mismo en cualquiera de sus niveles (morfológico, semántico o sintáctico) entorpece el pensamiento riguroso y hace que la expresión sea ambigua, incorrecta, dificultando su comprensión. En la comunicación entre hablantes, donde la claridad del lenguaje tiene una importancia capital, si su empleo no es correcto ni preciso, difícilmente se llega a transmitir un mensaje comprensible. 

Con la finalidad de construir un discurso riguroso al hablar o al debatir en público, ya Platón en su diálogo Protágoras, para destacar la importancia del uso adecuado y preciso de cada término, pone en boca de Pródico el siguiente razonamiento: “Conviene que quienes asisten a estas disputas presten a ambos disputantes atención común, pero no igual; porque no es lo mismo: conviene escuchar en común, pero no apreciar por igual a cada uno, sino más al más sabio y menos al más ignorante. Los amigos, pueden disentir, pero lo hacen con benevolencia; en cambio los enemigos, los adversarios, riñen enfurecidos”. Estas reflexiones de Platón reflejan a la perfección lo que está sucediendo en nuestra actual situación política; y la palabra clave, o la disculpa justificativa para el enfrentamiento, es la “amnistía”. El lenguaje, como medio eficaz para transmitir la información y poderosa forma de comunicación entre los seres humanos, no solamente está construido para “decir”, sino también con la finalidad de que, quien escucha, “entienda” lo que decimos. De cara a la comunicación, utilizar el lenguaje de forma correcta, con una estrategia adecuada, tiene consecuencias, ya positivas ya negativas. Una de las características más precisas del lenguaje es la diferencia existente entre lo que realmente decimos y lo que queremos decir, es decir, la manera en la que las personas procesamos lo que nos dicen y cómo inferimos las intenciones de nuestro interlocutor. 

La claridad del lenguaje tiene una importancia capital, si su empleo no es correcto ni preciso, difícilmente se llega a transmitir un mensaje comprensible

Según las circunstancias por las que estamos atravesando estos días, nadie ignora la importancia que ha adquirido la palabra “amnistía”. Sería pertinente, necesario incluso, que quienes con tanto odio se oponen a ella o con tanta pasión la defienden, nos ofrecieran sólidos argumentos sobre cuál es su alternativa política para gestionar una situación que afecta directamente a la gobernabilidad del Estado. A los que no somos juristas se nos hace de difícil comprensión escuchar a solventes catedráticos de derecho constitucional y juristas de prestigio con argumentos encontrados, defender unos la constitucionalidad de la amnistía mientras otros la niegan. De centrarnos en el “aquí y el ahora”, la historia nos ha ido enseñando que, en momentos conflictivos y situaciones de difícil encaje legal, son escasas las salidas disponibles para gestionar, con el menor daño institucional posible, una situación política enconada; el hecho de que existan muchos ciudadanos o políticos o juristas que consideren que no hay otras soluciones o salidas, no es porque no existan, sino porque quizás o no saben hacer las cosas de otro modo, o porque, teniendo claro que en el diálogo y el acuerdo se pueden buscar y encontrar, prefieren secuestrar el relato y mantenerse en el conflicto, en el estercolero del insulto por “fastidiar”. Este argumento debería bastar para zanjar la cuestión de la constitucionalidad.

¿Existe algún conocimiento en el mundo que pueda ser tan cierto que ningún hombre razonable pueda dudar de él? Esta pregunta, que a primera vista puede parecer fácil, es realmente una de las más complicadas que se puede hacer. Cuando nos damos cuenta de los obstáculos que hay para dar una respuesta directa y confiable a esta pregunta, estamos ya en el camino reflexivo, en la búsqueda de la solución: es la filosofía de la sensatez, porque la filosofía intenta dar respuesta a ese tipo de preguntas, críticamente, sin premura y sin dogmatismos. En la vida diaria tomamos como ciertas muchas cosas que, después de un análisis riguroso, las encontramos tan llenas de aparentes contradicciones que sólo una reflexión sensata, sin pasiones, y con mirada positiva, nos puede aclarar si hemos acertado realmente o no.

Hace días, en la Cadena SER, en el programa “Hoy por Hoy”, Nicolás Sartorius, el que fuera uno de los rostros más visibles de la izquierda en los primeros años de la democracia, con una amplísima trayectoria como político, cofundador de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras y diputado del PCE e IU hasta 1993, reflexionaba sobre las razones jurídicas y políticas que darían encaje a una posible amnistía, rebatiendo uno a uno los argumentos en contra de la misma. “No es ningún desastre ni se va a romper nada. Algún ilustre jurista dice que es un fraude tomar medidas que no has llevado en tu programa. Sin conocer el proyecto de ley, sin haber leído cómo se justifica, ni cuál es la exposición de motivos, ni cómo se plantea, etc…, es imposible decir si es constitucional o no. No se puede olvidar, la historia lo enseña, que todas las reformas siempre se hacen porque otros lo piden. Es la lógica de la negociación... Decir amnistía sí o amnistía no es una trampa. Es lógico que tengan que existir medidas de gracia para superar el problema que suscitó el procès. Yo pienso que es positivo. Decir que la amnistía no cabe en la Constitución es muy atrevido. El exvicepresidente Alfonso Guerra dijo hace unos días que la amnistía rompía el pacto de la Transición. No puedo estar más en desacuerdo con esa afirmación. La amnistía fue uno de los ejes fundamentales de la transición, símbolo de la reconciliación nacional. ¿Cómo pueden decir que se carga la Transición, cuando la clave de la Transición se basó en la reconciliación? Lo que me preocupa es que este debate ha entrado en una fase en la que ya no se atiende a argumentos, sino a la fase visceral de la crispación. Y cuando entramos en esa fase, malo”.

Por otra parte, el lunes 27, en un artículo en el diario El País titulado Las virtudes de la necesidad, el propio Sartorius ayuda a reflexionar sobre la conveniencia de la amnistía, utilizando el estoicismo de Pedro Sánchez: “hacer de la necesidad virtud”, para expresar que de una situación sin aparente salida se alcanza un resultado virtuoso. “Como en política casi siempre se está en estado de necesidad, prefiero hablar de las virtudes de la necesidad. ¿Acaso no practicamos otro virtuosismo durante nuestra alabada Transición? ¿O es que no hicimos virtuosas las necesidades, por ejemplo, de legalizar al PCE, de aprobar la amnistía de 1977, los pactos de La Moncloa o incluso la propia Constitución de 1978?” Había, pues, que encarar el espinoso tema de la amnistía. Si la primera cuestión a dilucidar es sobre la constitucionalidad o no de la misma, dejemos el asunto en manos del Tribunal Constitucional, que para eso existe, pero por lo estudiado en la proposición de ley presentada creo que contiene un muy sólido fundamento capaz de superar el examen. Es cierto que no se incluyó en la Ley Fundamental, pero tampoco se excluyó, como sí se hizo con los indultos generales. No tenía sentido que el mismo Congreso, plenamente democrático, que había otorgado una amnistía en octubre de 1977 la prohibiese unos meses después al redactar la Constitución.

No tenía sentido que el mismo Congreso que había otorgado una amnistía en octubre de 1977 la prohibiese unos meses después al redactar la Constitución

No se entiende que muchos medios de comunicación y todos los políticos populares, los de VOX y todos los que se manifiestan indignados contra la amnistía, incluido parte del poder judicial, sigan hablando de la ley de amnistía, pues por ahora, tal ley no existe, es un proyecto de ley, que no es lo mismo; falta un largo proceso legislativo y ya veremos cómo queda redactada y aprobada... Si otros países han utilizado la amnistía, si en otros momentos anteriores gobiernos de España también la han utilizado, sin deslealtad institucional, por qué, en el marco de la legalidad, después de la tramitación correcta de la ley presentada en el Congreso, estudiando fórmulas para desjudicializarla y a la espera del juicio que sobre ella decida el Tribunal Constitucional, ¿por qué mientras tanto no pueden callarse tantos agoreros de mal augurio? Cubiertos todos los pasos que marca la ley, será el Tribunal Constitucional el que diga si cumple o no cumple la legalidad, si es constitucional o no. Entonces, ¿por qué el Partido Popular y VOX, han llevado al Parlamento Europeo para que se pronuncie sobre algo que aún no ha elaborado el parlamento español? Además de absurdo, han hecho el ridículo. Por más que lo deseen Feijoo y Abascal y sus conmilitones, la amnistía española no será nunca una pesadilla para la Comisión, ni para el Parlamento Europeo ni para el Consejo ni para el Tribunal de Justicia de la UE, sencillamente porque no es un asunto en absoluto sobre el que se tenga que pronunciar ninguna institución europea. Pero la ley de amnistía española nunca podrá ser considerada una infracción al Derecho comunitario sencillamente porque el Derecho comunitario no contiene ni una frase que diga que un Estado miembro no puede acordar una amnistía. La amnistía es una medida que se ha aplicado decenas de veces en múltiples países democráticos y nadie se ha encrespado por ello. Sin olvidar que, gobernando el Partido Popular, se han concedido más de 1.440 amnistías, y entonces todo era legal. La diferencia de ahora es que la derecha ultra del PP y la ultraderecha de Vox no aceptan los resultados de las urnas. En vez de ser una palanca de normalización democrática que se espera de un partido con vocación de gobierno, el PP ha optado por una retórica apocalíptica que presenta los pactos del PSOE como un punto de no retorno en nuestra democracia a cuya narrativa se han unido algunas declaraciones de un poder judicial con mandato caducado y con una mayoría de jueces conservadores que afirman que la ley de amnistía -que aún no conocen porque no existe- podría conducir “a la degradación, si no a la abolición, del Estado de derecho en España”. 

La verdad puede eclipsarse durante algún tiempo, pero no puede extinguirse para siempre, esta es la tarea del historiador. Para llegar a conocer lo sucedido, la función de los historiadores es ir analizando el pasado y llegar a mostrar unas conclusiones verídicas procurando convencernos con sus argumentos. Con el paso del tiempo, lejanas ya estas permanentes protestas, alentadas desde intereses espurios, en las que el atrincheramiento de ideas y opiniones encontradas da miedo y que no se ha querido evitar, veremos el resultado; y la historia, que nunca se para, dejará constancia en la memoria colectiva por el daño, el enfrentamiento y el odio que ha causado en la convivencia del país, una convivencia cargada de mentiras y rencores. La crispación creada por el Partido Popular y por VOX, cuando menos, es preocupante. No hay insulto en el diccionario que no se le haya atribuido al ya presidente del Gobierno Pedro Sánchez. La lista de líderes populares, de VOX, de medios de comunicación afines a la derecha, incluidos algunos jueces, es interminable. Incluso algunas descalificaciones han sido apoyadas por antiguos pero muy destacados cargos socialistas de la Transición, como Felipe González o Alfonso Guerra, quienes, tras pilotar con acierto, aunque con algunas sombras, la mayor transformación modernizadora y democratizadora de nuestra Historia contemporánea, no han soportado la pérdida de esa influencia, no han sabido ver que éste ya no es su tiempo y reaccionan contra quienes los han relegado con un rencor que ya hemos visto antes en casos similares.

La historia, que nunca se para, dejará constancia en la memoria colectiva por el daño, el enfrentamiento y el odio que ha causado en la convivencia del país

Pero quien, desde su “Olimpo personal”, quien se cree el salvador de todas las Españas, quien permanentemente, esté donde esté, se considera protagonista, quien se proclamó el “milagro de España”, el expresidente del Gobierno José María Aznar López, hace apenas una semana, en un acto junto al líder del PP, Alberto Núñez Feijoo en la Universidad Francisco de Vitoria, con tono de pontífice infalible, pero con un contenido intelectual hueco, acusaba a Sánchez de ser un peligro para la democracia constitucional española. “Ante una situación así, se podrán hacer muchas cosas menos una: inhibirse. Con una ley de amnistía de los delitos del procès se trata en realidad de liquidar la Constitución. Y en esta situación la inhibición no tiene hueco. ¿Qué se puede hacer? El que pueda hablar que hable, el que pueda hacer que haga, el que pueda moverse que se mueva, cada uno en su responsabilidad tiene que ser consciente de la situación”, ha exhortado a toda la sociedad. “Liquidar la Constitución es abrir una crisis constitucional sin precedentes y apelar a la responsabilidad es extraordinariamente importante”, ha reiterado Aznar.

La ignorancia o desmemoria de algunos políticos es a veces asombrosa. Se imponen un “alzheimer voluntario” para librarse u olvidarse de demasiadas palabras y hechos de su incómodo pasado. Aznar, con su soberbia narcisista, es uno de ellos. Se olvida que, a finales de 2010, la prestigiosa publicación estadounidense Foreign Policy, revista bimestral especializada en asuntos de política internacional y temas globales, elaboró un ranking de los dirigentes ya no activos en política y lo destacara como uno de los cinco peores ex mandatarios del planeta, que peor se habían adaptado a su condición de ex y que menos colaboraban en el objetivo del bienestar general de su país. Recuerdo esa jugosa crónica escrita por el ínclito Manuel Vázquez Montalbán titulada “La aznaridad: por el imperio hacia dios o por dios hacia el imperio”; es un relato mordaz de la transformación sufrida por un joven inspector de Hacienda hasta situarse en la primera fila de la derecha europea, en la presidencia del gobierno español y en la cúpula imperial de George W. Bush y protagonista del trío de las Azores. Aznar sigue aprovechando cualquier oportunidad para ocupar foco político, ocupar portadas e inmiscuirse en la política nacional desde posiciones, además, muy derechistas; se ha convertido en un hooligan furibundo de la causa antisocialista y lo hace metiendo en vena de la sociedad, altas dosis de rencor, crispación y odio hacia los socialistas y, muy especialmente, contra Pedro Sánchez. En una reciente entrevista en Trece TV en ‘El Cascabel’ considera “una declaración de guerra” el discurso de investidura de Pedro Sánchez; insistiendo en que España se encamina a “democracias iliberales”, que son aquellas en las que “el Estado de derecho y la separación de poderes desaparecen” y llama a la acción cívica frente a la amnistía porque con Sánchez “se han cruzado todas las líneas rojas”.

Concluyo recurriendo a una autoridad indiscutible. Bertrand Russell aseguraba que cuando la necesaria humildad no está presente en una persona imbuida de poder, ésta se encamina hacia un cierto tipo de locura: “la embriaguez del poder”; para Russell, la soberbia, la desmesura y la huida de la realidad, son los males que suelen invadir a los políticos iluminados y Aznar, desde sus intervenciones de contenido político e intelectual hueco, es de los que, como dice Russell, se cree embriagado de poder. Alguien tendría que aconsejarle aquella máxima de Mark Twain que enmarca el valor del silencio y su significado: “Es mejor estar callado y parecer tonto que abrir la boca y disipar la duda”.

Lenguaje crispado y polarizado