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domingo. 14.08.2022

Cuenta Rousseau en sus Confesiones que, al querer escribir un tratado sobre ética, que pensó titular Moral sensitiva del sabio, quería tener en cuenta todas las circunstancias que nos configuran como seres humanos, incluyendo cosas tales como el clima o la nutrición. Sin embargo, pronto advirtió que todos los caminos le hacían arribar siempre al mismo destino: la política. Por eso desechó la mayor parte de sus borradores y conservó lo que daría lugar a su Contrato Social, completándolo con un ensayo educativo: el Emilio.

Kant decidió tomar buena nota del itinerario recorrido por su admirado Rousseau y toda su obra supone un tránsito que se corona con la política. Esta es la verdadera clave de bóveda del sistema kantiano. Según el autor de Idea universal en clave cosmopolita, la tarea más ardua del género humano, aquella que le costará más consumar, es lograr una constitución política que preserve nuestra libertad y conjure las desigualdades. A su juicio la política nos hace tal como somos y no como algunos creen que deberían ser. De ahí que sólo sea eficaz transformar cuanto somos y el orden de cosas existente interviniendo en las reglas del juego político. 

Al contrario que Rousseau, Kant desconfía de nuestra bondad natural, quizá porque su análisis parte del ser humano ya civilizado y alejado por tanto de la hipótesis rousseauniana del buen salvaje originario. La filosofía política de Kant sólo se pliega en sus últimos escritos, no porque le concediera menor importancia, sino porque justifica su peinado de lo práctico. En Teoría y práctica nos dice que, si una premisa teórica no sirve para la praxis, se debe a una teorización deficitaria.

La política no es el negocio de algunos, por muy electos y representativos que puedan ser

A su juicio no hay empresas de orden práctico que sean imposibles. No cabe descartar el que las cosas debieran ser de otro modo, porque no lo hayan sido hasta entonces. Siempre podemos proponer al menos cómo las cosas no debieran ser jamás -por utilizar la expresión tantas veces reiterada por Javier Muguerza y Concha Roldan. Por eso la genuina política requiere de políticos morales y no de moralistas políticos, tal como Kant proclama en Hacia la paz perpetua. Leyendo las tesis mantenidas en este ameno ensayo kantiana, cuesta poco imaginar lo que Kant le hubiera podido decir a Putin sobre la invasión de Ucrania.

Sólo una constitución política cuyas leyes puedan ser suscritas autónomamente y sin paternalismos por sus destinatarios recibirá el nombre de republicana. Bajo el principio jurídico de una publicidad que aborrezca del secretismo, la legislación resultante velará por los intereses del pueblo soberano y no por los de una elite minoritaria. Esas coordenadas políticas a través de una educación pública que fomente sobre todo el pensar por cuenta propia, son las condiciones de posibilidad que precisamos para forjar un carácter moral propenso a respetar la libertad ajena y conjugarla con la propia.

Si la política nos hace tal cual somos, tal como pensaron entre otros Kant y Rousseau, es el cincel que modela en definitiva, cómo deben ser las cosas y, por lo tanto, no debemos dejar que nos arrebaten ese primordial instrumento quienes lo acaparan como si fuese algo de uso privativo. La política no es el negocio de algunos, por muy electos y representativos que puedan ser. Es algo de lo que no podemos desentendernos y cuyo escamoteo no debe consentirse, al ser la matriz de nuestro talante y lo que posibilita u obstaculiza el despliegue de nuestros talentos.

En El conflicto de las Facultades, Kant asegura que los malos gobernantes pueden tener mucho éxito como augures, al vaticinar los fracasos que propician sus políticas: “Aseguran -escribe- que se ha de tomar a los seres humanos tal como son y no como los pedantes ajenos al mundo o los soñadores bienintencionados imaginan que deben ser. Pero ese como son viene a significar en realidad lo que nosotros hemos hecho de ellos merced a una coacción injusta y mediante alevosas maquinaciones inspiradas al gobierno, esto es, testarudos y proclives a la rebelión. Así las cosas, por supuesto que, si aflojan un poco las riendas, acontecen trágicas consecuencias que cumplen los vaticinios de aquellos estadistas presuntamente perspicaces”.

Lo que la política hace de nosotros