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domingo. 14.08.2022
Estatua original de Marco Aurelio, en el interior del Museo Capitolino

 “No hay que esperar que los reyes filosofen o los filósofos devengan reyes, pero tampoco hay que desearlo, porque la posesión del poder daña inexorablemente el libre juicio de la razón” (Immanuel Kant, Hacia la paz perpetua)


Rudyar Kipling tiene una novela titulada El hombre que pudo reinar, adaptada por John Houston para el cine. Hay un personaje histórico que protagoniza el papel inverso al interpretado en la gran pantalla por Sean Connery. Se trata de un rey al que le hubiera gustado renunciar a la corona para ser filosofo. Antes de acceder al trono publica con Voltaire un Antimaquiavelo. También escribe poemas y cultiva el ensayo. Incluso compone música que interpreta tocando la flauta. Firma sus publicaciones como el filósofo de Sans Souci.

Así es como Federico II de Prusia decide llamar a su residencia predilecta, situada en Potsdam para rehuir los fastos de la corte berlinesa. En el jardín una sencilla losa de piedra cobija sus restos y está flanqueada por otras donde había enterrado a sus perros. Sobre la tumba suele haber unas patatas que rememoran su estratagema para imponerlas en la dieta germana. Tras comprobar que no servía de nada ofrecerlas a la población sin más, por el el día hacia custodiar los patatales y a la noche los lugareños las robaban como si se tratara de un tesoro. 

Junto al palacio se conserva un molino de viento. El monarca puso un pleito quejándose del ruido que perturbaba su tranquilidad y los tribunales fallaron a favor del molinero contra el rey, lo cual testimonia una envidiable independencia del poder judicial que ya quisiéramos para nuestros días. En ¿Qué es la Ilustración? Kant celebra habitar un país cuyo monarca no impone credo religioso alguno e identifica esa libertad confesional como un indicio de la época ilustrada. Pocos años después quien sucede a Federico en el trono le amonestará por publicar su obra sobre la religión.

El tirón icónico de Federico el Grande llegó a ser utilizado por la propaganda nazi, que alineaba su efigie con las de Bismarck y el propio Hitler, para conferir al régimen del siniestro Tercer Reich un trasfondo de grandeza histórica

Federico termina pasando a la historia con el apodo del Grande por sus victorias miliares, aunque hubiera preferido dejar muy otra impronta. Pese a reconocer que no podía conservar un talante honesto, atrapado como estaba en el gran torbellino de las potencias europeas, confiaba en que la posteridad acertase a “distinguir al filósofo del príncipe y al hombre honesto del político” (sic). Sin embargo, los filósofos ilustrados no lograron hacer esa distinción en modo alguno. “Pronto se vio -sentencia en sus Memorias Voltaire- que Federico II, rey de Prusia, no era tan enemigo de Maquiavelo como el príncipe heredero había parecido serlo”. 

Rousseau por su parte le dedica este díptico “Su gloria y su provecho, he ahí su Dios y su Ley; pues piensa como filósofo y se comporta como Rey”. En sus Páginas inéditas contra un tirano Diderot anota: “Dios nos libre de un soberano que se asemeje a este tipo de filósofo”. Tal como señala Kant en su Artículo Secreto de Hacia la paz perpetua no parece posible simultanear ambos quehaceres y no tiene sentido aspirar a que los filósofos devengan reyes o lo contrario, porque detentar el poder impide criticar y asesorar a quienes lo ejercen.

En realidad, el tirón icónico de Federico llegó a ser utilizado por la propaganda nazi, que alineaba su efigie con las de Bismarck y el propio Hitler, para conferir al régimen del siniestro Tercer Reich un trasfondo de grandeza histórica. Y al búnker de la Cancillería sólo se bajó el retrato del monarca prusiano, a quien Hitler veía como su predecesor mientras anhelaba que unas armas milagrosas le concedieran una inesperada victoria.

Con todo, en su Ensayo sobre las formas de gobierno y los deberes de los soberanos, Federico II de Prusia escribe una frase muchas veces citada como símbolo del despotismo ilustrado: “El príncipe sólo es el primer servidor del Estado, viéndose obligado por ello a comportarse con toda probidad, prudencia y sumo desinterés, como si a cada paso debiera rendir cuentas de su administración a los ciudadanos”.

Siendo muy joven el príncipe heredero quiso rehuir un destino predeterminado por su cuna y planeó fugarse con un compañero de armas a quien profesaba gran estima. El padre de Federico, apodado el Rey Sargento, hizo que su hijo asistiese al ajusticiamiento del amigo condenado a la pena capital por alta traición. Curtido por semejante pedagogía le tocó renunciar a su vocación filosófica y gobernar el reino de Prusia, demostrando que la pretensión platónica de convertir a los filósofos en reyes o viceversa es tan sólo una quimera.

¿Acaso puede un rey ejercer como filósofo, o viceversa?