jueves 27/1/22
PP
 

Huyen del diálogo, no quieren oír hablar de pacto, elogian el alboroto. Parecen ajenos al deterioro de las instituciones democráticas y banalizan la campaña de la ultraderecha contra los derechos civiles. Al PP le falta poso democrático.

Hace unos meses, en un excelente artículo bajo el título ¿Qué le pasa a la derecha?, Nicolás Sartorius recordaba que “…una versión de la derecha española nunca se había llevado bien, históricamente hablando, con la democracia”. Nunca una frase explica tan bien la trayectoria histórica de la actual derecha española, atrapada por una estrategia de oposición sin límites a las políticas del Gobierno, aun a costa de asestar un duro golpe a la propia convivencia democrática.

En una de sus muchas reflexiones, Mark Twain defendía que “Lealtad al país, siempre. Lealtad al gobierno, cuando se lo merezca”. Los dirigentes del Partido Popular no han encontrado ocasión para apoyar ni una sola de las iniciativas del gobierno, pero en su disparatada escalada de desestabilización, quizás alentada por su particular disputa con VOX para conquistar el territorio ultraconservador, el PP ha hecho pedazos cualquier proyecto de lealtad al país, agitando desde todo tipo de tribunas las banderas de la más burda indignidad institucional.

Extramuros de la democracia

La voluntad política del PP de combatir toda iniciativa de gobierno y arruinar cualquier posibilidad de consenso institucional no encuentra parangón en la conducta de la derecha conservadora europea, y solo ciertos partidos de la ultraderecha abrazan su trayectoria. Es posible que una cierta lectura de las encuestas electorales les empuje en esa dirección, pero tampoco puede ignorar un dato que ya marca su futuro: el fuerte crecimiento de Vox, que se erige en el único e imprescindible socio para una hipotética mayoría de gobierno de las derechas.

Y aquí conviene detenerse un momento. El potencial ascenso de Vox hasta los 65-70 diputados y seis millones de votos, con un ideario alejado, cuando no hostil, con los valores democráticos, revela que una parte significativa de la sociedad española, alentada por un apreciable y reconocible aparato mediático, muestra su complicidad con una forma de entender la política abiertamente autoritaria, antidemocrática e insolente. Hay que respetar el veredicto de las urnas. Es la libertad, me dirán algunos. La misma que  tengo yo para denunciar en tiempos de democracia, la  reivindicación de gobiernos, políticas y figuras de la dictadura, con su general al frente.

Por eso resulta incomprensible que la derecha conservadora española, el Partido Popular, haya elegido el camino de la buena vecindad con Vox, blanqueando sus desmanes y atropellos a los derechos democráticos, para llegar al gobierno de España. Aquí queda al descubierto la reciente historia del Partido Popular. Jalean el constitucionalismo -los fundadores del PP se abstuvieron o votaron en contra de la Constitución- evocan la transición democrática -no fue el PP, sino la UCD la que lideró en la derecha el diálogo con las izquierdas, sobre todo el PCE, los sindicatos, especialmente CCOO, y el amplio entramado progresista, para convocar las primeras elecciones libres en 40 años, elaborar una constitución y avanzar hacia la democracia-;  y recuperan la referencia a los comunistas como insulto, para desautorizar a un gobierno de coalición que encuentra su legitimidad en las urnas y en el parlamento.

No sé si llegarán al gobierno de la mano de Vox, pero la ruta por la que deambulan cada vez se parece más a la emprendida por Trump, Orbán o Boris Johnson. Quizás, como tantas otras veces, la realidad  (estabilidad institucional, política, economía, Europa) acabe poniendo las cosas en su sitio, pero estos años de Casado al frente del PP, solo pueden ser calificados como los de una derecha al borde de un ataque de derechona.

Las izquierdas

Quedan poco menos de dos años para el final de legislatura. Más pronto que tarde habrá que hablar de la idea Yolanda, en tanto que diseño para una izquierda abierta, plural, digna, programática y que no obvie la organización. Hoy el gobierno de coalición debe actuar con coraje, decisión y sentido de estado. Después del éxito de la vacunación, hay que tomar las riendas de la pandemia y dejarse de fingir y representar para acercarse al tiempo postCovid.

Dos años para consolidar la agenda social, combatir sin complejos la desigualdad, sentar las bases de una nueva fiscalidad, federalizar la política española, y acometer la transformación de la economía, aprovechando los fondos europeos, tarea esta de una enorme trascendencia. Los acuerdos de  pensiones y reforma laboral, que la ministra de Trabajo ha pilotado con acreditada solvencia, y que indican la madurez de sindicatos y organizaciones empresariales, no pueden verse enfangados por los delirios del nacionalismo identitario. Soy consciente de los equilibrios parlamentarios. Pero entra en quiebra la razón, escuchar a un dirigente independentista criticando la reforma laboral “porque el gobierno  ha hablado mucho con sindicatos y organizaciones empresariales y nada con nosotros”. ¿Acaso el empleo y el mercado de trabajo no es cosa de sindicatos y empresarios? Cansa defender lo evidente, pero el escenario político es el que es y, estando lejos la cordura, echemos mano de la paciencia para sumar la necesaria mayoría parlamentaria que estas iniciativas demandan.

Militantes de la desestabilización