miércoles. 24.04.2024

Parece que el ser humano tiene y mantiene una tendencia hacia la repetición de las muestras de crueldad que nos hace, además de previsibles, monótonos en las manifestaciones del horror que somos capaces de crear. Uno de esos espantos, que nos ha acompañado siempre desde que somos conscientes de nuestra existencia, es la guerra: la misma guerra que cambia de sitios y de pueblos pero que pervive como uno de los más sanos y activos de los famosos jinetes del Apocalipsis

Compartimos esa desgraciada actividad con nuestros primos los chimpancés quienes, a diferencia de los bonobos que lo arreglan todo a base de mucho sexo, manifiestan la misma tendencia que nosotros a la hora de guerrear conta los vecinos en busca de lo que los alemanes de principios del Siglo XX  denominaban “espacio vital” (Lebensraum ) Lo que Hitler hizo gracias a la palabreja es de sobra conocido. 

Y en esa guerra eterna, perenne, cruel y destructiva, los horrores se repiten con una monótona asiduidad. Repasar los actos de crueldad bélica es adentrarse en esas oscuras entrañas del alma humana que no nos atrevemos a reconocer como existentes y que, sin embargo, se manifiestan en todo su esplendor en cuanto les damos la más mínima oportunidad. ¿Te horrorizan las imágenes de Ucrania? ¿No sabes cómo es posible que el ser humano llegue a cometer esas atrocidades? Mira a tu vecino, a tu compañero de trabajo, al tendero donde compras la fruta o a la panadera que tan bien te trata: ellos son los que, sin ningún problema, harían lo mismo en iguales circunstancias. Y no te apresures a negarlo: entre el soldado ruso que le pega un tiro en la nuca a un paisano maniatado y ese tendero de tu calle sólo hay una diferencia, una sola. Esa diferencia se llama guerra.

Ha pasado siempre, allí y aquí: nuestras cunetas están llenas de esos mismos cadáveres que hoy resucitan en las calles de cualquier ciudad de Ucrania. Las fosas de Katin se han vaciado para que sus muertos salgan de nuevo a la luz y los hornos de Dachau, Torgau o Auschwitz parecen querer encenderse de nuevo celebrando que, por fin, se acuerden de ellos. Y cuidado: esos mismos cadáveres podrían, sin ningún problema, pertenecer a ucranianos colaboracionistas con los rusos que se han quedado frente al odio y el rencor de los que han sufrido los mismos espantos en sus familiares. Ya ha pasado y está hoy pasando en muchos lugares de los que ya casi nadie se acuerda.

El mundo se desangra en guerras huérfanas de titulares y televisiones, pero un repaso nos pone frente a nuestra desidia mental: Boko Haram, Siria,Palestina, Sáhara, Somalia, Sudán, Kurdistán, Sri Lanka, Yemen, Birmania, Malí, Nigeria, Afganistan…..y otras escaramuzas que destruyen las vidas de los niños soldados, los guerrilleros colombianos y generaciones enteras que han crecido y protagonizado las imágenes que hoy vemos en Ucrania y que podemos encontrar en otros muchos países ausentes de la atención de esta guerra.

La tortura de prisioneros, la violación de mujeres, la cosificación del enemigo y el uso de la degradación física y mental del vencido parecen pertenecer a nuestra esencia vital, por mucho que una ligera pátina de leve civilización quiera reivindicar lo contrario. Ucrania hoy y hace dos días todo el follón de Yugoslavia, nos ha puesto, como europeos, ante una posibilidad real que creíamos imposible: la guerra, hoy, no sólo es posible, sino que podría estar muy cerca. No es el pasado, no se ha ido; está aquí llamando a nuestras puertas y no se ha dejado olvidado ninguno de sus espantosos aditamentos: hambre, saqueo, tortura, especulación, bandidaje, rapiña, crueldad, violación, miseria….no se ha dejado ningún adorno de sus mejores galas olvidado encima del piano.

No arruguemos la nariz; no nos olvidemos de que esto que vemos hoy es lo mismo que vieron todas las generaciones humanas que nos han precedido y es lo mismo que nunca aprendemos y que siempre olvidamos: homo homini lupus.

Sin duda ninguna, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Malo.

Maldad aburrida