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miércoles. 29.06.2022

La guerra de Ucrania ha cambiado muchas cosas no sólo en Europa, sino en todo el mundo. Eso se desprende del aparente comportamiento de los actores internacionales (estados, organismos multilaterales, entidades financieras, empresas, corrientes ideológicas y políticas y grupos de opinión y/o propaganda). 

ORIENTE MEDIO: AMIGOS HUIDIZOS

La guerra ha acercado contra pronóstico a veces o, en todo caso, más allá de lo predecible a estados que hasta ahora se mantenían en opciones estratégicas divergentes. Este juego múltiple no es nuevo en Oriente Medio y el Norte de África, pero pocas veces se había llegado a tal trastocamiento de alianzas. Israel, Arabia Saudí y los Emiratos, tradicionales socios esenciales de Estados Unidos en la región, se han desmarcado de Washington en esta crisis (1). 

Israel no ha condenado la invasión rusa de Ucrania y se ha ofrecido como mediador, después de que el primer ministro Bennett visitara a Putin en plena campaña bélica. El presidente de Ucrania ha criticado a las autoridades israelíes por negarles armamento relevante para su defensa, como el sistema de protección antimisiles. Estos días se ha sabido que Israel se negó a facilitar a Ucrania (también a Estonia) el dispositivo Pegasus, de escucha, espionaje y hackeo, después de que Moscú planteara su veto (2). Israel mantiene una colaboración militar curiosa con Rusia. Moscú permite los bombardeos israelíes periódicos de objetivos pertenecientes a la milicia chií proiraní de Hezbollah en Siria e incluso de algunas posiciones del gobierno de Damasco, aunque éste siga protegido por el Kremlin. 

Arabia Saudí no sólo no ha condenado la invasión rusa de Ucrania, ni se ha sumado a la política de sanciones con Moscú, sino que se resiste a permitir un incremento de la producción de petróleo para favorecer una bajada de los precios, en un momento de fuerte presión alcista. En este caso, el reino saudí mantiene el acuerdo que en su día negoció con el Kremlin. El príncipe heredero, Salman bin Saud, se negó incluso a contestar a una llamada de Biden. Las relaciones entre ambos dirigentes son frías, debido tres razones principales: la contención del programa nuclear iraní, las desavenencias sobre la guerra de Yemen y el asesinato del periodista Khassoggi por miembros de la seguridad saudí en Estambul (3) 

La negociación de Estados Unidos e Irán para restablecer el acuerdo nuclear está a punto de caramelo. Se ignoran los detalles y si se han acordado cambios con respecto a 2015. Pero se sabe que Rusia, parte importante del trato porque debía hacerse cargo del material radiactivo iraní, ha exigido que se eliminen ciertas sanciones sobre la venta de su petróleo. Arabia Saudí parece resignada al pacto. Pero ahora encuentra en Rusia un inesperado socio con el que dificultar su aplicación. Sólo hasta cierto punto: el Kremlin no sacrificará sus relaciones con Irán para favorecer a los saudíes. Además, el Príncipe Salman parece haber abandonado su moderación. En las últimas semanas se ha producido un incremento de la represión. Hace apenas diez días fueron ejecutadas más de 80 personas. Esto desagrada en Washington, al menos verbalmente, pero no en Moscú, donde preocupan poco o nada los ribetes más autoritarios del régimen saudí.

La convergencia de la extrema derecha europea con Putin, muy estable y evidente antes de la crisis, se ha ido tensionando en estas semanas

El pacto Abraham, que vincula a Israel con los Emiratos, Bahrein, Marruecos y Sudán, una coalición impensable hace apenas cinco años, ha celebrado este fin de semana pasado, en el desierto israelí del Neguev, una reunión de ministros de exteriores, a la que se ha sumado Egipto y, sobre todo, Washington, padrino original de la iniciativa. Una ocasión muy oportuna para evaluar el alcance de las disensiones (4).

Turquía tiene un difícil papel en esta crisis, pero es, de todos los actores más próximos al área de conflicto, el más avezado en seguir un ejercicio de equilibrismo con Rusia. El presidente Erdogan comparte los instintos autoritarios con Putin. Ambos países apoyan bandos distintos en Siria y Libia, pero han demostrado una enorme ductilidad para convencer a sus protegidos de pactar cuando es necesario. O conveniente (5).

En Ucrania es distinto. El mar Negro ha sido un escenario emblemático de la ancestral rivalidad entre ambas potencias imperiales: sultanes contra zares. El componente étnico complicaba la ecuación. Los tártaros de Crimea recibieron asilo y apoyo de las autoridad otomanas. Después de la segunda guerra mundial, Stalin estuvo a punto de amputar territorio turco en Cáucaso, hasta que Estados Unidos intervino con la “doctrina Truman” y dio comienzo a la “guerra fría” que enterró las esperanzas de una nueva armonía internacional tras la derrota nazi y nipona.

Ahora, Turquía apoya la integridad territorial de Ucrania, de la misma forma que se negó a reconocer la anexión de Crimea a Rusia en 2014 y el intento secesionista en el Donbás. Pero Erdogan no quiere romper los lazos con Rusia, no se suma a las sanciones y, para consolidar los puentes, ha albergado algunas de las rondas de negociación entre agredido y agresor. Para el presidente turco, este camino sobre campo de minas es arriesgado pero prometedor. Si la guerra acaba pronto, recuperaría parte del crédito perdido en Occidente (6).

NORTE DE ÁFRICA: ENTRE DOS AGUAS

En el Norte de África, Rusia ha encontrado una comprensión en parte inesperada. Egipto, clave del apoyo norteamericano en la zona desde el giro de Sadat hace ahora cincuenta años, juega al caliente y al frío. Escarmentados por lo que consideraron deslealtad de Washington durante la revuelta que provocó la caída de Mubarak, los militares que acabaron luego con el islamismo moderado de los Hermanos musulmanes impusieron un régimen aún más represivo que el anterior. Pese a un acercamiento en tiempos de Trump, el general-presidente Al Sisi juega con dos barajas, la rusa (en Libia y en Siria) y la occidental (en Palestina, con matices, o en Irán). Egipto necesita el trigo ruso y ucraniano para dar de comer a sus 120 millones de bocas. Antes de la guerra, el régimen defendió los intereses legítimos de Rusia y ahora se ha desmarcado de las sanciones (7).

Túnez, enclave occidental sólido desde hace décadas, sigue atrapado en un proceso de inestabilidad crónico, menos sangriento que el su vecino libio, pero igual de incierto. Tras la experiencia islamista moderada y el regreso de las vieja élite camuflada, el ensayo laico y personalista del jurista Saïd es cada vez más autoritario y menos convincente. En Occidente recibieron con alivio su victoria electoral, como habían hecho con el golpe egipcio, pero ya empiezan a darse cuenta de la verdadera naturaleza de la rectificación. Ahora, Saïd no ha tenido problemas para mostrarse comprensivo y hasta caluroso con el nuevo embajador ruso, para enorme irritación de Washington. El trigo ruso es esencial para alimentar a la población.

Más significativo es el caso de Marruecos, el único país de la vertiente sur del Mediterráneo integrado en el mencionado esquema Abraham. Israel le ha brindado el reconocimiento de su soberanía sobre el Sahara Occidental. A su vez, el Reino alauí le compra a Rusia carbón, petróleo y productos químicos por valor muy superior a los mil millones de dólares. Pero sobre todo, está interesado en que la ambiciosa industria de armamentos rusa no llegue al Frente Polisario, bien de forma directa  más bien a través de la mediación de Argelia, que es un socio tradicional de Moscú en la región. Marruecos no acudió a la votación de la Asamblea General de la ONU sobre la invasión y ha mantenido un perfil más que bajo en el baile diplomático (8).

LA SORPRESA VENEZOLANA

Venezuela es un caso aparte por lo inesperado y singular del viraje. Después de años de hostigamiento al régimen bolivariano, Estados Unidos ha decidido acercarse al régimen de Caracas para explorar la posibilidad de una cooperación petrolera que alivie la presión energética occidental. Una delegación norteamericana de alto nivel acabar de visitar Venezuela y parecen reactivarse las conversaciones de México entre el gobierno y la oposición. Un malhumorado Guaidó ha escrito un carta a Biden, manifestando su inquietud. No parece que sea ya el hombre de Washington, o al menos no el único.

De momento, Maduro recupera respetabilidad. Veremos cuánta y hasta cuándo. De momento, el presidente venezolano ha favorecido sin reservas este acercamiento casi como un regalo del cielo. Maduro se ha abstenido de apoyar expresamente la agresión rusa en Ucrania. Desde Moscú se ha reclamado a Caracas una revisión de las relaciones bilaterales (9).

Algunos de quienes mantenían una postura crítica con la OTAN, o incluso con la UE, se evaden de rechazar el sistema político autoritario y represivo de Putin

ENCUENTRO DE EXTREMOS

La guerra ha alterado también ciertos alineamientos ideológicos. La convergencia de la extrema derecha europea con Putin, muy estable y evidente antes de la crisis, se ha ido tensionando en estas semanas. En Francia, Marine Le Pen ha sido la primera en alejarse del líder ruso y rechazar la invasión. El otro candidato ultra, Eric Zemmour, ha sido más circunspecto. En Italia, Salvini ha seguido los pasos de Le Pen e incluso ha tratado de borrar las huellas de su relación con el Kremlin. Los nacional-identitarios europeos adoptaron una posición de neutralidad, primero, para acentuar luego su compromiso con la OTAN. 

En los partidos/formaciones a la izquierda de la socialdemocracia, se detecta una cierta esquizofrenia. Aunque se admite en voz baja que Putin no pretende restaurar la grandeza de la Unión Soviética, resulta atractiva su enemistad hacia la OTAN. A los canales de propaganda rusos se les otorga patente de solvencia informativa, como contrapeso a la intoxicación que atribuyen a los medios liberales occidentales.

En Estados Unidos, los medios más ultraderechistas reproducen la narrativa rusa, incluyendo los bulos más increíbles o los tópicos empleados por Putin para justificar la invasión. Casi todos los líderes de opinión que se alinearon con Trump y su confusa y nunca explicada relación con Putin, son ahora los que reproducen con curiosa exactitud los argumentos de la narrativa del Kremlin, antes y durante la guerra (10). 

A esta paradójica convergencia de extremos opuestos se añade la posición monolítica que han adoptado los gobiernos, medios y fuerzas políticas del llamado consenso centrista europeo o del modelo bipartidista norteamericano. El rechazo y condena de la agresión rusa es un factor de polarización y unidad evidente. Pero a medida que se incrementa la brutalidad de las operaciones militares en Ucrania, se ha tendido a olvidar o ignorar las razones que causaron el conflicto y las erradas y/o interesadas políticas de seguridad occidentales. Como ha ocurrido en otras ocasiones, la guerra tiende a eliminar los matices, a culpabilizar las disidencias. Se descalifica y hasta se criminaliza cualquier visión no alineada incondicionalmente con la posición occidental mayoritaria, a la que se le cuelga a veces el sambenito de justificar a Rusia.

En sentido contrario, algunos de quienes mantenían una postura crítica con la OTAN, o incluso con la UE, se evaden de rechazar el sistema político autoritario y represivo de Putin, por la aprensión a que eso pueda contribuir a legitimar la estrategia norteamericana que consiste, para ellos, en reforzar su control sobre Europa y la creciente militarización del continente. 


NOTAS

(1) “What the Russian war in Ukraine means for the Middle East”. VARIOS AUTORES, CARNEGIE, 24 de marzo.
(2) “Israel, fearing Russia reaction, blocker spyware for Ukraine and Estonia”. THE NEW YORK TIMES, 23 de marzo.
(3) “La guerre en Ukraine révèle au grand jour le divorce Washington-Ryad”. COURRIER INTERNATIONAL, 18 de marzo.
(4) “Blinken to press Mideast Allies for stronger support for Ukraine”. LARA JAKES. THE NEW YORK TIMES, 27 de marzo.
(5) “How far Will Turkey go to support Ukraine? Erdogan won´t sacrifice a strong, stable working relationship with Russia”. ERIN O’BRIEN. FOREIGN POLICY, 17 de febrero;
(6) “Can the Russia-Ukraine crisis offer an opportunity to re-anchor Turkey in NATO? KEMAL KIRISCI. BROOKINGS, 16 de febrero.
(7) “How the invasion of Ukraine will spread hunger in the Middle East and Africa”. THE ECONOMIST, 8 de marzo; “L’Afrique paie déjà le prix de la guerre en Ukraine”. MARIE DE VERGÈS. LE MONDE, 22 de marzo.
(8) “Ukraine’s invasion ushers in Algeria’s return”. GEOFF PORTER. THE WASHINGTON INSTITUTE NEAR EAST POLICY, 28 de marzo.
(9) “Un giro en Caracas. ¿Hora de descongelar las relaciones entre Venezuela y EE.UU.? PHIL GUNSON. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 16 de marzo; “U.S. weighs engagement with Venezuela, a Russia foothold in America's backyard”. ANTHONY FAIOLA. THE WASHINGTON POST, 25 de marzo.
(10) “How Russia and Right-wing America converged on war in Ukraine”. THE NEW YORK TIMES, 23 de marzo; “The friend of our enemy is not a ‘traitor’”. PETER BEINART. THE NEW YORK TIMES, 28 de marzo.

Ucrania: extraños compañeros de viaje