martes. 16.04.2024

En la novela Fahrenheit 451, Ray Bradbury nos habla de una sociedad donde era delito conducir despacio y fijarse en el paisaje. Ello supone una criminalización del criterio, es decir, convertir en delincuente a quien observa y saca consecuencias de lo que ve. No existe otra mirada que la mirada del poder y esa mirada, además, es ley. Una ley que sumariamente impone la igualdad que definía Anatole France cuando afirmaba: "En su majestuosa igualdad, la ley prohíbe tanto a los ricos como a los pobres dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar panes".

Una derecha radical y poco centrada que utiliza goebbelianamente la mendacidad como estrategia política sin pudor alguno

En España hay jueces y fiscales que ven terrorismo en una manifestación cívica y son incapaces de averiguar quién era M. Rajoy en los papeles de Bárcenas; donde existe una comisión de ética de los jueces que concluye que no se incumple nada, porque jueces y magistrados se manifiesten en la vía pública como tales contra la posibilidad de que el Congreso, sede de la soberanía popular, apruebe una ley sin que haya injerencia del poder judicial en el legislativo ni ánimo de coartar la potestad del Parlamento; un Consejo del Poder Judicial que lleva cinco años caducado mientras sus miembros siguen cobrando sus sustanciosos salarios contraviniendo la constitución, mientras el presidente del Poder Judicial afirma una y otras vez: que se les deje en paz; un monarca que malpara el poder arbitral del Estado con actitudes hostiles a la autonomía del Parlamento y a la mayoría que lo configura y manifiesta animadversión a partidos democráticos nacionalistas o de izquierda; una derecha radical y poco centrada que utiliza goebbelianamente la mendacidad como estrategia política sin pudor alguno. Todo ello supone que el postfranquismo ha conseguido que sus paradigmas ideológicos se conviertan en obviedades. La realidad ya no supone un espacio complejo sino una simplificación de lo parcial y excluyente.

En este contexto, ¿es posible una democracia plena más allá del agipro postfranquista y el largo aliento de los tentáculos fácticos del poder real que no necesita ser escrutado para influir e imponer sus intereses? Es muy forzado tener una respuesta afirmativa a esta pregunta. Por ello, el espacio de lo posible queda muy limitado y, como consecuencia, la rigidez del sistema se hace marcadamente estructural. Porque la verdadera política no es el arte de lo posible sino al contrario, el arte de lo imposible, ya que consiste en cambiar los parámetros de lo que se considera “posible” en la constelación existente.

Un franquismo que no ha terminado nunca de morir y una Transición que no supuso la reorientación del verdadero poder fáctico

El acto político, por tanto, no radica en gestionar administrativamente con eficacia las relaciones de poder existentes, sino al contrario, modificar el contexto que determina lo que es o no es posible, en metáfora de Azaña, gobernar no es desplegar las velas al viento que sople, sino contrariar al viento, es decir, navegar. Para los intereses fácticos y los conservadores, la educación o la sanidad pública no son posibles porque entorpecen las condiciones de la ganancia de las minorías económicas y financieras.

Los interregnos eran periodos entre el gobierno de un monarca y el siguiente, y como carecían de líderes fuertes y legitimados, esos espacios de tiempo solían ser inestables e impetuosos. Desde una mirada contemporánea, un interregno es un período en el que un régimen político se encuentra en una profunda crisis, pero no existe un proyecto regenerador que cauterice su deterioro o la eclosión de otro nuevo que ocupe su lugar. Sin embargo, igual que sucedía en el pasado, esos períodos acostumbran a ser volátiles y caracterizarse por los desórdenes identitarios y materiales. O, como dijo de forma más poética Antonio Gramsci, reflexionando desde la cárcel en que se encontraba en 1930, en referencia a por qué el fascismo, en lugar de la izquierda, había salido beneficiado de la crisis del capitalismo en Italia: durante los interregnos “aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”.

La degradación de instituciones como la monarquía, como el poder judicial o como la propia prensa, tarde o temprano, tendrá consecuencias

Lo que debería ser un interregno crítico, se ha convertido en la consolidación de unos prejuicios culturales y protocolos excluyentes derivados de un franquismo que no ha terminado nunca de morir y una Transición que no supuso la reorientación del verdadero poder fáctico que mediante una tesis de “desorden ordenado” –la expresión es de Mérimée- pretende por esa vía que la desigualdad se haga impersonal, es decir, constitucional. Es una vertebración estructural de la política que amiseria la vida pública hasta el delirio de la gusanera. “Sigan al dinero” les recomendó William Mark Felt (Garganta Profunda) a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein en el caso Watergate; sigan al verdadero poder, habría que decir con referencia al Régimen del 78.

Un poder judicial completamente desprestigiado que sea visto básicamente como una herramienta política reaccionaria estaría perdiendo una de las bases más importantes de su poder: la legitimidad. La degradación de instituciones como la monarquía, como el poder judicial o como la propia prensa, tarde o temprano, tendrá consecuencias. 

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¿Derrotar al franquismo es posible?