martes. 28.05.2024
Fotografía del libro 'La calle es nuestra: la transición en el País Vasco (1973-1982)'
Fotografía del libro 'La calle es nuestra: la transición en el País Vasco (1973-1982)'

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Los destinos de la dictadura franquista y el terrorismo etarra parecen condenados a entrelazarse más que nunca, porque así parece exigirlo el guion de una parva mercadería política que recurre al revisionismo histórico para hacer olvidar sus propias naderías. Cada partido político se contenta con no perder a sus adeptos más incombustibles y modula sus mensajes para ese consumo interno, dando por perdida de antemano la batalla por captar nuevas incorporaciones a su electorado. Esto convierte a las campañas electorales en un absurdo cruce de reproches donde solo cuenta denigrar al adversario, en vez de intentar involucrarlo para hacer un frente común con miras a resolver los auténticos y perentorios problemas que padece la ciudadanía. 

Tampoco ayudan mucho ciertos medios de información, empeñados en cazar un titular a cualquier precio. Lejos de confrontarse cosmovisiones económico-sociales o ideas políticas, todo acaba reduciéndose al presunto pelaje de aquellos con quien te juntas o puedes asociarte, como si el peso del pasado fuera un lastre insuperable que impidiese cualquier navegación conjunta, como la que se hizo durante la Transición española o se ha verificado por doquier en otros momentos históricos particularmente complicados. La diferencia es que los conservadores tienden a entenderse con sus escisiones, mientras que la izquierda suele dividirse hasta el infinito y más allá. 

La dictadura franquista y el terrorismo etarra perdieron sus respectivas contiendas, al margen del oportunista ensalzamiento que puedan prodigarles algunos mercachifles políticos o sus corifeos 

Cuando escribo estas líneas, están abiertas las urnas en Euskadi. Aunque pierda parte de su apoyo hegemónico, el PNV conservará el gobierno gracias al sostén del PSE, mientras el PP salvará los muebles a costa de Vox, desapareciendo del escenario Sumar y Podemos en parte por el ajuste de cuentas que se infligen ambas formaciones políticas. Lo suyo sería que se notara un viraje hacia el centro izquierda, pero hay tabúes que lo impiden. Es cierto que los peneuvistas muestran siempre un pragmatismo fuera de lo común y eso les permite negociar a derecha e izquierda. Pero en la campaña se ha colado una vez más ETA y de paso Franco

Se nos dice que Franco no dio un golpe de Estado, traicionando al gobierno que confió en su lealtad, sino que se limitó a poner orden tras un autogolpe de la República. Paralelamente se define a ETA como una organización armada y una larga trayectoria. Eufemismos políticos que paradójicamente suenan fatal. Como si la dictadura franquista y la banda terrorista etarra pudieran quedar blanqueados con juegos de palabras. No deja de ser un juego muy peligroso, este de almibarar a conveniencia ciertos episodios históricos absolutamente contrastables y que no permiten verse maquillados con arreglo al gusto de unos u otros -con la “h” de Unamuno.

Hubo una cruzada del nacional-catolicismo falangista contra cuanto sonase a lo despectivamente calificado como rojerío, y reconocerlo no santifica en absoluto a la II República española, que por supuesto cometió sus errores y se vio mal posicionada en pleno auge del fascismo europeo. Los viles asesinatos etarras tampoco pueden justificarse con la generalización del sufrimiento ni apelando a un etéreo conflicto. Puestos a matizar, el tardofranquismo tuvo que mostrar una cara mucho más amable tras conseguir su inmerecido reconocimiento internacional y en sus inicios ETA seleccionaba sus víctimas entre presuntos verdugos, como fuera el caso de Carrero Blanco, cuya figura por cierto no parecía contar con mucha simpatía entre sus propias filas, a la vista de lo que se va sabiendo medio siglo después del magnicidio. 

Pero el abultado parque de vivienda social del último franquismo no hace bueno al Movimiento Nacional franquista. Franco ganó una Guerra Civil, que se inició por su derrocamiento del gobierno legítimo, con ayuda de Hitler y Mussolini. La depuración y represión de sus primeras dos décadas no desaparecen como por ensalmo, pese a esa propaganda que nos quiso vender Veinticinco Años de Paz. De igual modo, el asesinato del sucesor natural de Franco no anula una ciega e indiscriminada barbarie, como la perpetrada por ETA contra un sistema democrático, aunque a Ternera no le guste su alias bélico e intente justificarlo todo desde una inquietante psicopatología que solo cree su propio relato. 

Es hora de pasar página, pero esto no puede hacerse sin llamar a las cosas por su nombre y recordar fidedignamente unos u otros hechos. Hay un destino que comparten Franco y ETA. En ambos casos perdieron sus respectivas contiendas políticas. A pesar de su sorprendente y esperemos que pasajero renacimiento, el franquismo en cuanto tal no sobrevivió al Caudillo. Este se conformó con disfrutar vitaliciamente de la Jefatura del Estado conquistada por las armas y el tablero internacional forzó una transición hacia la democracia. Tampoco logró en absoluto sus objetivos ETA, que fue derrotada por la democracia, tras hacer añicos ella misma su idílica imagen de guerrilla insurgente, dando lugar a una mafia que no toleraba las disidencias internas, como nos recuerdan los casos de Yoyes o del propio Pertur. 

Tener que optar entre Franco y ETA es un falso dilema, que solo se plantea cuando quienes protagonizan el debate político se quedan sin ideas

No hay que ser filo-etarra para condenar al franquismo, ni tampoco hay que tener nostalgia del régimen franquista para poner en su sitio a los defensores de una organización terrorista. Este maniqueísmo es lo más preocupante. Nos obligan a tomarlo todo en bloque y optar por uno de los extremos, como si no cupiese matizar posturas y propiciar acercamientos. Lo malo es que también ocurre a nivel internacional. Si muestras tu rechazo al genocidio palestino, te conviertes en un antisemita que defiende a los terroristas. Impresiona que un dirigente judío no recuerde las nefastas consecuencias de una propaganda tan simplista, cuya receta mágica sería exterminar al chivo expiatorio de turno. 

Quienes veíamos el NO-DO de chiquitines nos encontrábamos constantemente con un anciano inofensivo que pescaba o inauguraba pantanos. Pero este caballero compartía el ideario del nazismo y el fascismo italiano. Resucitar la grandeza del imperio español a golpe de cruz y espada era su meta, homologable el dominio de una raza superior o recuperar una Roma imperial. El Movimiento Vasco de Liberación Nacional, como le denominó Aznar en una ocasión siendo presidente del gobierno español, pretendía imponer un modelo social estalinista donde las élites debían tutelar al pueblo y unificar políticamente a todas las comarcas donde por fortuna sigue viva la cultura euskaldun, con su lengua milenaria y unas tradiciones a reverenciar, cual sería por ejemplo el caso de su faceta culinaria y el considerar la palabra dada como algo sagrado.

Tener que optar entre Franco y ETA es un falso dilema, que solo se plantea cuando quienes protagonizan el debate político se quedan sin ideas. Algo que por desgracia ocurre a todas horas en los últimos tiempos aquí y acullá. Dejemos a lo historiadores hacer su trabajo y no consintamos que nos distraigan semejantes cortinas de humo. Los rodeos lingüísticos no van a ninguna parte y los revisionismos históricos pueden conducirnos al abismo de la inmovilidad. Atendamos a las desigualdades y la precariedad, el cambio climático y los rearmes belicistas. Negar los problemas o difuminarlos con engañifas no los disuelve y siguen ahí, perturbando nuestra vida cotidiana y nuestras expectativas vitales en cuanto integrantes de una comunidad sociopolítica. Las historias políticas no pueden ser cuentos en boca de vociferantes idiotas enfurecidos, pese a lo que diga el Machbeth de Schakespeare.

El franquismo y ETA fueron derrotados por la democracia en ambos casos