martes. 23.04.2024

A nuestra flaca memoria le cuesta recordar los aplausos que se prodigaban al personal sanitario desde los balcones en los albores de la pandemia. Demostraron una vocación a prueba de bomba y en ocasiones llegaron a sacrificar sus vidas, de una u otra forma, por cuidarnos haciendo frente a un peligro del que se ignoraba todo, salvo que podía matarnos con suma facilidad y era tremendamente contagioso. Este civismo heroico no tardaría mucho en verse denigrado por cierta politiquería de baja estofa que decidió presentar a los profesionales del mundo sanitario como unos holgazanes que acaparaban privilegios.

Con la ciencia sucedió algo similar. De repente los políticos decían consultar a expertos cuyo asesoramiento debía orientar sus difíciles decisiones. Las vacunas que nos hicieron capear el temporal eran fruto de los avances científicos y el reconocimiento a la investigación científica ganó muchos enteros en poco tiempo. Era una partida en la que invertir y los laboratorios cobraron un prestigio inusitado. El futuro parecía mejor contando con esa labor que pasaba inadvertida socialmente. Pero todo puede cambiar en un instante, como sucedió con los profesionales de la sanidad.

Si una publicación es muy consultada y citada con suma frecuencia en principio debería ser interesante al gozar de tal reconocimiento

Algunos investigadores de mucho pedigrí han incurrido en malas prácticas y esto parece salpicar a todo el colectivo. No habría que confundir las cosas, pero sobre todo habría que aprovechar el tirón mediático del escandalo viral para replantearnos cosas muy elementales. El actual sistema de promoción para hacer una carrera universitaria e investigadora responde a una premisa muy discutible, según la cual el número de citas obtenidas por un trabajo define su calidad y su carácter innovador. En efecto, si una publicación es muy consultada y citada con suma frecuencia en principio debería ser interesante al gozar de tal reconocimiento.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. No hay que confundir el destello de los oropeles con lo más valioso en términos absolutos. Todos recordamos a maestros de primaria que lograron suscitar nuestra curiosidad y que afortunadamente desempeñaban su meritoria labor sin someterse a evaluaciones absurdas. En la universidad había profesores que descuidaban su propia carrera por su extraordinaria labor docente y el dedicar su tiempo a despertar la vocación del estudio continuo entre sus alumnos, mientras que sus colegas medraban por su servilismo hacia el mandarín académico de turno. Hay ágrafos que han dejado en quienes tuvieron la suerte de tratar con ellos una impronta imborrable.

Para seleccionar de un modo presuntamente más objetivo se recurrió a las clasificaciones del medio donde se publica, premiando igualmente liderar grupos y ocupar cargos. De nuevo nada que objetar. Quien dedicaba su tiempo a la gestión de los asuntos comunes, custodiando la buena marcha de centros o equipos debía tener su reconocimiento. Cualquiera de uno u otro gremio sabía perfectamente quién aportaba su empeño en este sentido. El problema vino cuando se balizó las trayectorias con unas hormas muy determinadas. 

Tus publicaciones debían ser preferentemente artículos de revistas, en lugar de libros o ediciones críticas

Para conseguir un primer contrato con el que hacer una tesis doctoral debías contactar con algún grupo bien valorado y luego tenías que atenerte a unas reglas de juego un tanto perversas. Tus publicaciones debían ser preferentemente artículos de revistas, en lugar de libros o ediciones críticas, porque incluso las humanidades debían parecerse a un método más propio de la investigación experimental. En este último campo sí puede tener pleno sentido avanzar un resumen que tenga cierta repercusión y cuyo proceso de lugar a una patente. Sin embargo, imponer este modelo en otros ámbitos era una traslación escasamente rentable. 

La transferencia en humanidades no suele comportar ningún tipo de retorno económico. Se trata de hacer llegar sus resultados a la sociedad. Por eso es tan importante lo que se denomina despectivamente como divulgación. Lejos de reparar en estas obviedades, nos hemos dejado llevar por el papanatismo del culto a las cifras. Cuanto más abultado sea el índice de impacto, tanto mayor será la recompensa.

Siempre cabe desconfiar de las clasificaciones y sobre todo de su presunta objetividad. La valoración de las publicaciones académicas y científicas dependen ahora totalmente de ciertos rankings. Pero, ¿quién los elabora? Las grandes corporaciones editoriales que dominan el cotarro. Esto produce un efecto mateo indeseable. Quienes disponen de dinero para publicar en ciertos medios conseguirán optimizar su difusión. En estos momentos la ciencia en abierto se financia con fondos públicos y beneficios privados como tantas otras cosas.

El desafío es conseguir poner en marcha editoriales y revistas europeas respaldadas por instituciones que no tengan ánimo de lucro

El desafío es conseguir poner en marcha editoriales y revistas europeas respaldadas por instituciones que no tengan ánimo de lucro. Los presupuestos dedicados por universidades y organismos de investigación a publicar en los medios privados podrían tener otro destino, como el de gratificar las evaluaciones del doble ciego y dar apoyo técnico a las revistas de instituciones públicas, además de paliar la precariedad que impera entre su personal en perpetua formación.

¿Es normal que alguien presuma de publicar un artículo cada tres días o que su adscripción a una u otra universidad, aunque sea ficticia contra una remuneración irregular, altere la clasificación de las universidades concernidas? ¿Esto es lo que rinde mayor servicio a su entorno social? ¿Qué misión debería tener la ciencia pública? ¿Emular a la iniciativa privada para conseguir beneficios económicos o atender a los problemas de la ciudadanía?

Estamos ante uno de los muchos debates que no se pueden dirimir durante una campaña electoral y a golpe de titular periodístico, porque necesita de una reflexión serena que mire a largo plazo. Bienvenida sea la ocasión para rediseñar nuestra política y ética científicas, fijando unas prioridades que orienten muy de otro modo nuestros objetivos científicos con repercusión social y tracen una hoja de ruta más razonables para quienes decidan dedicar su tiempo a la investigación, pese a las muchas renuncias personales que suele conllevar. Hay cosas que no tienen precio y son valiosas de suyo, como la ciencia.

¿Cuál debería ser la misión de una investigación científica financiada con recursos...