martes. 05.03.2024

Lo normal para la gente es que no sea, nunca, ministro o ministra. Si se trata de una mujer, y de izquierdas, es, ligerísimamente, más fácil que pueda serlo que si es hombre. Pero, en todo caso, la probabilidad del hecho no sobrepasa el 0,00005% cada cuatro años. Lo dicho, es muy difícil para la gente llegar a ministro/a.

Si se llega, es porque el presidente del Gobierno te nombra. Es la única posibilidad de acceder a la mesa ovalada del Consejo de Ministros. Puedes, por tus méritos propios, acceder a otras dignidades, como el Premio Cervantes, el Best Chef Award, el Oscar a mejor actor o actriz o, incluso, el Nobel de Medicina. Pero, lo que es a un ministerio, como no te nombre el presidente, no llegarás jamás. Por muy inteligente que seas o muchos conocimientos que tengas sobre la materia en cuestión. Conviene que quede claro, dependes del nombramiento de una, una sola, persona. Con matices, por los compromisos que, a su vez, tenga esa persona, pero, constitucionalmente hablando, es así.

Cuando llega alguien a jurar o prometer el cargo, debe saber que, cuatro años después, como mucho, va a reproducirse ese acto

La permanencia máxima en ese ministerio viene dada por la duración del cargo de quién te ha nombrado. En el mejor de los casos, son cuatro años, el plazo máximo de una legislatura. Cuando llega alguien a jurar o prometer el cargo, debe saber que, cuatro años después, como mucho, va a reproducirse ese acto donde un nuevo protagonista repita esa promesa o juramento. Incluso, si alguien reincide en el cargo, tiene que volver a jurar o prometer porque no se considera que se trate de una continuación sino de un nuevo nombramiento, exactamente igual que los, o las, que llegan de nuevo.

Sin embargo hay quien piensa que la llegada al Gobierno es como ganar una oposición de funcionario público, para siempre, y no un empleo temporal. Y, claro, cuando se da de bruces con la realidad, no la acepta y piensa que alguien le ha expropiado su cargo. Precisamente quien le ha nombrado, como si se tratara de un cese a mitad de mandato. Pero, incluso en ese caso, resulta un poco injusto, aunque natural, no reconocer el derecho de cesarte a quien tenía el de nombrarte. Hay, sin embargo, en ambos casos, una gran diferencia: el cese es un cese y el final del mandato, no. Contractualmente es la diferencia entre una rescisión y una finalización.

También resulta comprensible que un componente de la casta considere como propio cualquier cargo público, pero resulta más extraño que alguien que pertenece a la gente pueda tener esa sensación de pertenencia. A no ser que, en algún momento, haya pasado de ser gente a convertirse en casta.

Hace falta tener un gran carácter, un sentido generoso del servicio público y una esperanza en el más allá del ministerio, para despedirse con pundonor del cargo

Pero, ¿en qué momento se produce la metamorfosis de gente a casta? En realidad, como en el holometabolismo de gusano a mariposa, se trata de un proceso en varias etapas que podrían resumirse como: designación por el presidente, nombramiento en el BOE, aparición en la foto del Gobierno en las escalinatas de la Moncloa y ocupación del asiento en la sala del Consejo de Ministros. La consolidación del proceso es cuando se sienta en el Audi A8. En ese momento, el personaje en cuestión pasa de pensar que está de ministro, o ministra, a creer que es ministro, o ministra.

Desalojar así al afectado/a, cuando llega el final de su nombramiento, puede precisar no solo del empleo de agua caliente sino de antidisturbios como en los más violentos desahucios de viviendas. Se ha llegado, en algunos casos, a descubrirse arañazos en las paredes del despacho, producto de haberse agarrado desesperadamente en un intento de evitar la expropiación.

En situaciones así, el comportamiento de los afectados/as puede llegar a situaciones, y sobre todo declaraciones, ridículas, pero hay que ponerse en la piel de quien se ha considerado injustamente despojado de su dignidad. Hace falta tener un gran carácter, un sentido generoso del servicio público y una esperanza en el más allá del ministerio, para despedirse con pundonor del cargo. Además de un cierto pudor. Y no siempre se tienen esas características.

Ahora queda comprobar si era el sillón el que determinaba la conciencia o esta puede seguir dirigiendo el sentido del voto en los próximos tiempos tal como se había producido hasta ahora.

Veremos.

Como se expropia un ministerio