viernes. 12.04.2024

Dos hechos de la máxima gravedad han marcado el nivel más alto al que han llegado las aguas fecales de las alcantarillas de los poderes fácticos, después de la cota a la que las llevó el intento de golpe de Estado del 23-F.

El primer hecho lo ha capitaneado Alberto Núñez Feijóo, acompañado de su séquito de la calle Génova, y apoyado por una caterva de jueces o magistrados que representan la tendencia más conservadora (y en algunos casos retrógrada) y que está sosteniendo, o ambientando, el motín de los nueve magistrados conservadores del CGPJ contra la ley aprobada por las Cortes Generales sobre el nombramiento de los dos vocales del TC a cargo del CGPJ. Y no sólo contra la ley, sino en turbias maniobras para mantener los intereses políticos que defienden, tanto dentro de la judicatura como del Tribunal de Garantías.

El segundo lo ha perpetrado González-Trevijano, presidente caducado del Tribunal Constitucional, que ha llegado a admitir lo que claramente es un golpe contra la única institución que representa con plenos poderes la Soberanía popular, que es el arco de bóveda que -según nuestra Constitución- soporta la legitimidad democrática de nuestro Estado de Derecho: Las Cortes Generales.

Núñez Feijóo ha pretendido detener el libre funcionamiento de nuestra Democracia, pidiendo unas imposibles medidas cautelarísimas para detener el proceso legislativo en marcha

El Partido Popular de Núñez Feijóo ha demostrado que profesa un constitucionalismo “de boquilla” (dime de qué presumes y te diré de qué careces: ayer nos lo dijo él mismo con sus hechos). Porque, no contento con haber secuestrado durante cuatro años el poder judicial, ha pretendido, con su recurso ante el TC, paralizar el funcionamiento de las Cortes Generales, que son las únicas que tienen el mandato soberano para legislar, y para -como bien justifica Javier Pérez Royo en un artículo en eldiario.es- interpretar en primera instancia la Constitución. Teniendo en cuenta que el Tribunal de Garantías sólo puede interpretar en última instancia lo que en primera han interpretado y aplicado las Cortes Generales.

Núñez Feijóo ha pretendido detener el libre funcionamiento de nuestra Democracia, pidiendo unas imposibles (a pesar de lo que diga el lunes el pleno de un TC, que es parte, y que ha quedado contaminado con la actuación de su presidente) medidas cautelarísimas para detener el proceso legislativo en marcha: y eso es un atentado contra la representación popular. Es decir: Núñez Feijóo ha levantado la mano contra la España Democrática misma.

Y se ha atrevido a hacerlo porque piensa que está apoyado por unos poderes fácticos, de los que forma parte una red de connivencias más que sospechosas con una ya caducada amalgama de jueces o magistrados que ocupa instituciones judiciales y jurídicas, gracias al bloqueo que el Partido popular viene practicando de modo no inocente desde hace cuatro años.

Feijóo pone en evidencia el gatuperio que tienen armado con jueces conservadores para secuestrar el CGPJ y el Tribunal de Garantías, con objeto de obstruir el funcionamiento democrático

A su vez, el presidente del TC, González-Trevijano, con su pertenencia al Tribunal ya caducada, adopta una serie de medidas sin precedentes, demostrando una especie de desesperación preocupante, o una falta de compromiso con la legalidad democrática. En primer lugar, convoca de inmediato y de urgencia el pleno del TC “inaudita parte”: es decir, sin permitir a la parte recurrida que aporte su razonamiento o alegaciones. Otra forma de levantar la mano contra la Institución de la Soberanía, que es la parte recurrida, asumiendo una facultad que no le corresponde, al admitir la injerencia en las tareas legislativas de las Cortes Generales, y la posibilidad de llegar a detener esas tareas.

Promueve, además, la intervención de parte, ya que lo que se está dirimiendo es el método de renovar un tercio de los miembros del TC; tercio del que él mismo forma parte. Ni siquiera tiene el decoro de considerarse parte y abstenerse, pasando el tema al vicepresidente. Y además convoca el pleno conociendo el criterio en contra de los letrados del propio Tribunal.

En fin: una desvergüenza más a añadir a la dudosa andadura de González-Trevijano: recordemos el polémico acceso a su cátedra en la Universidad Rey Juan Carlos y su ilegal tercer mandato como rector de dicha Universidad. Pero una desgracia también a añadir a la interesada posición política de Feijóo y de su PP, que con este episodio dan un paso más en su dudosa constitucionalidad.

Ha habido juego sucio -lo está habiendo- por parte del PP de Núñez Feijóo, por parte de González-Trevijano del Tribunal Constitucional

Con su actuación, Feijóo pone en evidencia el gatuperio que tienen armado con jueces conservadores para secuestrar el CGPJ y el Tribunal de Garantías, con objeto de obstruir el funcionamiento democrático, y muy posiblemente de obtener tratos de favor en los juicios por corrupción que el PP tiene que pasar en el Tribunal Supremo, y en los recursos que tiene planteados ante el Tribunal Constitucional contra leyes importantes aprobadas en esta legislatura.

Ha habido juego sucio -lo está habiendo- por parte del PP de Núñez Feijóo, por parte de González-Trevijano del TC, en paralelo con el juego sucio de los nueve magistrados conservadores del Consejo General del Poder Judicial, que el martes pretenden dar otro golpe antidemocrático.

Juego Sucio que no podemos admitir de ninguna manera. Y que quienes critican al Gobierno por actuaciones en las que quizá tendría que haber sido más prudente, deberían entender que esas actuaciones arriesgadas y no ejemplares (me refiero a la malversación) tal vez -visto lo visto- hayan sido un mal menor para mantener un bien mayor que es el funcionamiento democrático y estable de las Cortes Generales. Una estabilidad democrática que España necesita. Y como se ha visto en el pleno del Congreso de los Diputados del jueves 15, un mecanismo para abrir brechas en el independentismo catalán, que aún debe restañar las propias heridas de su mal paso de 2017.

Y muchos de los críticos con el Gobierno -amigos personales muchos de ellos, y conocidos otros- por su propia experiencia saben perfectamente que el arte de gobernar no es tarea sencilla que quepa en unas cuadrículas objetivamente milimetradas.

Hasta aquí hemos llegado