viernes 30/10/20

Marcos Ana y nuestra triste realidad histórica

En un país verdaderamente democrático, la muerte del hombre que más tiempo ha pasado en las cárceles de la dictadura, del preso político más pisoteado y resistente, sería motivo de convulsión nacional, de homenajes institucionales, de obligado agradecimiento

Personalmente no tengo nada contra Rita Barberá, Alcaldesa de Valencia y senadora recientemente fallecida, siento su muerte del mismo modo que la de cualquier otro ser humano desconocido, aunque menos que la de aquellos que nacieron para morir por decisión del Mercado y de quienes le sirven. Políticamente sí, porque Rita Barberá fue una de las caras más visibles del Partido Popular valenciano durante los lustros en que ese partido monopolizó el poder en ese País con los resultados éticos de todos conocidos. Creo por tanto que los familiares de Rita Barberá merecen todo el respeto y solidaridad con su dolor y que han demostrado gran sensatez al dedicarle un funeral privado, pero que la Senadora no es acreedora de ningún homenaje en el sitio donde reside la Soberanía Popular, salvo que esta haya sido sustituida por un clan familiar ajeno a lo que significa la palabra Democracia y a lo que en verdad es el interés general. Sin embargo, pese a lo que uno piense o deje de pensar, los medios de comunicación del régimen, escritos, sonoros o visuales han prestado una atención tan desmesurada a su desaparición que además de rozar el esperpento nos pone delante de un ejercicio tan brutal de hipocresía como de falseamiento histórico: Rita Barberá fue invitada expresamente a abandonar su partido por destacados miembros del mismo por temor a que su caso les estallase en las manos.

A los pocos días del óbito de la senadora por Valencia, concretamente ayer, falleció Fernando Macarro Castillo, más conocido por quienes le conocemos –que somos una inmensa minoría- por Marcos Ana. Ningún minuto de silencio, ningún emotivo homenaje institucional, ninguna escuadra mediática ha salido a encomiar la vida de un hombre ejemplar al que el franquismo torturó, acusó falsamente y condenó a muerte, siendo, tras la conmutación de esta última pena, el preso que más tiempo estuvo en las cárceles de la dictadura, veintitrés años. Marcos Ana tenía dieciséis años cuando se alistó al ejército republicano para defender la democracia. Debido a su corta edad fue dado de baja y enviado a Alcalá de Henares, donde residía su familia. Militó entonces en las Juventudes Socialistas Unificadas y en el Partido Comunista de España, partido que no abandonaría jamás. Enrolado de nuevo en el ejército leal en 1938, tuvo poco tiempo de combatir y cuando se aproximaba el final de la contienda buscó salida hacia la libertad por el puerto de Alicante, sin que pudiese subir al Stanbrook ni a ningún otro barco de los pocos que el bloque marítimo franquista dejó partir de las costas lucentinas. Franco quería sangre, sangre fresca y allí, en las inmediaciones del puerto de Alicante la encontró a mansalva. Marcos Ana, como tantos miles de republicanos, fue internado en el Campo de concentración de los Almendros, luego en el de Albatera, fue torturado, apaleado y, finalmente, acusado de cometer tres asesinatos que jamás cometió y por los que fueron fusilados otros muchos republicanos. Condenado a la pena capital, le fue conmutada por la de sesenta años de prisión, que pasó entre las cárceles de Porlier, Ocaña y Burgos, hasta que en 1961, gracias a una campaña promovida por Amnistía Internacional y apoyada por Pablo Neruda, Rafael Alberti, Yves Montand o Jean Paul Sartre fue puesto en libertad y enviado al exilio francés.

Marcos Ana había comenzado a trabajar siendo un adolescente para ayudar a la economía familiar, apenas había tenido tiempo de ir a la escuela, pero tenía curiosidad, avidez de saber y en sus cortos ratos de descanso, robando horas al sueño, se entregó a la lectura, a leer cualquier cosa que cayese en sus manos sin maestro que le aconsejase. Fue en la cárcel, gracias a las recomendaciones de Miguel Hernández, Javier Bueno, Buero Vallejo, que comenzó a leer a los clásicos, enamorándose de Don Quijote de la Mancha, ese personaje único de la literatura universal cuyo creador murió hace cuatrocientos años sin que se haya producido todavía el gran homenaje estatal imprescindible que nos hiciese sentir como miembros de un gran país. Entre paliza y paliza, Marcos Ana siguió leyendo, y encontró a los hombres del veintisiete, a Alberti, Lorca, Cernuda, Garfias, Hernández, luego a Neruda, y comenzó a escribir sin papel, en las hojillas de liar tabaco, en pequeños cartones, en trozos de estraza, hasta construir un hermosísimo poemario ignoto para la mayoría de los españoles que sí saben de las bondades de Rita Barberá, Eduardo Zaplana, Francisco Camps o Carlos Fabra, prohombres de esta democracia dirigida por personajes de guiñol que piensan que esto consiste en implementar la ignorancia como instrumento perfecto de dominio.

Es difícil pensar que un hombre al que han torturado decenas de veces y al que mantuvieron encerrado durante veintitrés años, no se dedicase a llenar su alma de rencor, sí es difícil, muy difícil, pero es posible, y ahí está Marcos Ana para demostrárnoslo a todos. Sin abandonar jamás sus ideas, sin renunciar a luchar por la justicia, la fraternidad y la libertad, Marcos Ana llenó su alma de amor y de ambición de concordia dibujando en su cara una expresión de bondad y serenidad tan admirable que hoy, al conocer su muerte, nos llena de admiración. "Con Marcos Ana –escribió Saramago- vengo sintiendo desde hace tanto tiempo que la memoria se confunde. Una vez escribí que a Antonio Machado lo conocía sin conocerlo cuando, siendo un adolescente perplejo, miraba la guerra de España en un mapa que me había fabricado y en el que ponía banderitas de papel según iba avanzando el ejército de Franco, que ganaba siempre, o al menos eso decían las radios de la dictadura de mi país. Entonces también debí de conocer a Marcos Ana porque ya ambos estábamos en el mismo lugar. Luego, mucho más tarde, cuando supe que Marcos Ana preguntaba, y no a gritos, sino directamente a nuestros corazones, tal vez al mío, cómo es un árbol, he de reconocer que no pude decírselo aunque quizá él me oyera y diera por buena la respuesta de que un árbol, amigo mío, es lo que estamos haciendo para que salgas de la cárcel, para que no haya presos políticos, para poder ser, en tu país y en el mío, a pleno pulmón, militantes de todos los partidos, ya sin miedos y sin complejo, seres libres gozando de árboles que crezcan con nosotros, que nos pongan sombra al caer la tarde y nosotros los regaremos cada mañana para que el mundo no se acabe…”. Y sí, eso fue lo que hizo Marcos Ana, plantar un árbol de grandeza humana en el que poder mirarnos todos.

En un país verdaderamente democrático, la muerte del hombre que más tiempo ha pasado en las cárceles de la dictadura, del preso político más pisoteado y resistente, sería motivo de convulsión nacional, de homenajes institucionales, de obligado agradecimiento. Aquí seguirán hablando de la Alcaldesa y Senadora Rita Barberá, de su ejemplaridad. Es la triste realidad histórica de España.

Marcos Ana y nuestra triste realidad histórica