martes 22/9/20

La globalización y el fascismo que viene

El neoliberalismo no habría triunfado del modo que lo ha hecho sin la aparición de las nuevas tecnologías que, por primera vez en la historia y de verdad, permiten a los multimillonarios dueños de la producción mundial no tener patria, que su patria sea, en este caso sí, el mundo

Si el hombre hubiese evolucionado tanto como la tecnología, hoy no sería necesario hablar del impacto negativo que tienen los nuevos descubrimientos sobre nuestras vidas. Si eso hubiese sucedido la jornada laboral habría sido reducida de forma drástica, se habrían creado millones de empleos en atender a discapacitados, viejos y personas con dificultades vitales y las nuevas tecnologías se habrían empleado en aumentar el bienestar de las personas. No ha sido así como nunca lo fue. 

A principios de la revolución industrial, las máquinas sustituían a los artesanos en las grandes ciudades abocándolos al paro y la miseria. Las fábricas sustituían a los talleres y los patronos a los maestros de los gremios, centrando la producción en grandes fábricas normalmente situadas en el extrarradio. Los descubrimientos de aquellos primeros años del siglo XIX se aplicaron sobre todo a los transportes -motores de vapor- y a los telares, inventos que no se podían rechazar puesto que bien aplicados venían a hacer más llevadero el trabajo y más productivo. Sin embargo, los capitalistas no compraban las máquinas para hacer más agradable la faena a los trabajadores, sino para maximizar beneficios. En su mentalidad el currante era sólo un número, un animal de carga al que exprimir al máximo por el menor dinero posible. Sin cauces de negociación, usando la policía para reprimir cualquier protesta, aquella primera gran irrupción de las máquinas en la manufactura se saldó en muchos lugares de Europa con la quema de fábricas y la muerte de miles de obreros. Fue el fenómeno conocido como ludismo, que nació en la Inglaterra industrial de la segunda década del XIX y pasó después a otros países, entre otros a España donde hubo grandes protestas ludistas en ciudades como Alcoy.

El nacimiento del socialismo utópico, luego del científico y del anarquismo, consiguieron que los obreros se organizasen haciendo ver a empresarios y gobiernos -eran una misma cosa- que si no cambiaban las relaciones de producción, no habría producción. Dos siglos de luchas, de conflictos, de asesinatos masivos lograron imponer a a patronos y gobiernos la jornada de ocho horas, la prohibición de trabajar a niños y embarazadas, la jubilación, las vacaciones, los seguros de enfermedad, la educación y la sanidad públicas, llegándose en algunos países de Europa a algo parecido al socialismo democrático, un sistema en el que contribuían más al Erario quienes más tenían para crear un sistema de distribución de la riqueza que limase las desigualdades y garantizase derechos esenciales para toda la ciudadanía, independientemente de su origen social, su capacidad intelectual, el color de su piel, sus ideas y creencias o estado de salud. La caída del muro de Berlín y el hundimiento de la URSS -que no tenía ya ningún influjo sobre la izquierda occidental-, dieron carta blanca a los partidarios del neoliberalismo o, en palabras de Clara Valverde, el necroliberalismo, que es un sistema económico que pretende eliminar a todas aquellas personas que no son útiles económicamente al sistema mediante un exterminio lento y silencioso. 

Sin embargo, el neoliberalismo no habría triunfado del modo que lo ha hecho sin la aparición de las nuevas tecnologías que, por primera vez en la historia y de verdad, permiten a los multimillonarios dueños de la producción mundial no tener patria, que su patria sea, en este caso sí, el mundo. Y esa es la parte que parece que no ha entendido la izquierda ni los movimientos sociales de protesta que un día surgen en España, otros en Francia, en Italia o en Grecia hasta desgastarse por ocurrir en un solo lugar cuando el mundo del dinero está absolutamente globalizado y le importa una figa producir y especular en Cataluña o en Singapur. Ese es a mi juicio el problema más importante al que tiene que enfrentarse la izquierda si quiere volver a ocupar un lugar relevante en el devenir de los acontecimientos futuros: Hoy más que nunca no existen soluciones parciales, territoriales, ni el sálvese quien pueda que parece recorrer Europa como el fantasma que una vez anunció Marx y que han arrinconado cuando más falta hace.

Hace unos días Intermon Oxfam publicó su informe sobre la situación económica mundial. En todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres está batiendo todas las marcas conocidas mientras el trabajo se precariza exponencialmente y pone en riesgo de colapso a la democracia, sistema político que de momento, por haberse separado demasiado de los problemas reales de la gente debido a su sumisión a los grandes poderes económicos globales, no es capaz de ofrecer soluciones que pongan coto a este nuevo tipo de barbarie que responde al patrón más viejo de la existencia humana, ese que mueven la codicia y el egoísmo, la ausencia total de empatía hacia el que sufre y el supremacismo de los privilegiados. En el caso de España, el informe de Intermón -como el de otros organismos con las mismas conclusiones pero no el FMI que sigue exigiendo recortes y recortes donde no hay nada que recortar- da una cifras de pobreza y exclusión que directamente nos llevan a la década de los cincuenta, asegurando que el 10% de la población acumula tanta riqueza como el 90% restante. ¿Se puede mantener una sociedad con esa desigualdad? Es más, ¿es una sociedad cohesionada, un país, una comunidad justa la que permite que tales desigualdades se permitan y no paren de aumentar cada año? No, de ninguna manera, cuando las desigualdades llegan a ese punto estamos ante sociedades en franca decadencia y retroceso que a medio plazo sólo podrán sostenerse mediante el uso de la violencia, terreno que ya se encargan los medios de abonar intentando hacer ver a los ciudadanos que la inseguridad es la delincuencia común y no la precariedad laboral, la explotación, la incertidumbre, el paro o la interinidad permanente.

Por primera vez en la historia, la globalización y las nuevas tecnologías permiten mover el dinero de uno a otro confín en nanosegundos, llevarse la producción de un país a otro en cuestión de horas, lanzar bulos constantes, millones de noticias falsas que intoxican la opinión y la llevan hacia los derroteros por ellos diseñados. Ante esta situación, Europa -que mantiene una estructura política al servicio de los grandes intereses globales que deberá ser sustituida por otra al servicio del interés general si quiere subsistir-, los europeos, reaccionan como un pollo sin cabeza. Sintiéndose amenazados confunden al enemigo y si en Gran Bretaña consideran que es la Unión Europea, en Cataluña creen que es España, en Italia que Nápoles y Sicilia, en Bélgica quienes hablan francés, en Francia quienes suben el precio del gasoil y en todas partes, gracias a la propaganda mediática y los bulos, el extranjero, el que viene de fuera a hacer los trabajos que los autóctonos no quieren hacer y no harán jamás. En unos sitios se afilian al Brexit, en otros al Procès, en el de más allá a los chalecos amarillos, en casi todos a la extrema derecha. Y el problema es otro, el enemigo es otro, estamos en plena lucha de clases a escala mundial, los de arriba están perfectamente unidos y actúan globalmente sabiendo de la libertad que le dan los medios de que disponen y la parálisis y somentimiento de los gobiernos, utilizando a su antojo los pequeños conflictos territoriales que les hacen el juego y tienen entretenidos a los pueblos. Sin embargo, cuanto más tiempo se tarde en Gran Bretaña, Estados Unidos, China, Cataluña, Italia o España de que el enemigo es el capitalismo, más fuerte será y más difícil de derrotar, porque a lo que nos enfrentamos ahora mismo, de la mano de la globalización y las nuevas tecnologías -que tan útiles habrían sido y serán para todos- es al nuevo fascismo mundial, sin complejos y ante el despiste generalizado de todos.

La globalización y el fascismo que viene