martes 19.11.2019

El voto antisistema

Para saber quienes son los antisistema de nuestros días, es preciso definir cómo es ese sistema. En la actualidad vivimos en un sistema capitalista depredador globalmente interconectado que somete a los gobiernos estatales y les obliga a implementar medidas cada vez más antisociales y, por tanto, más antidemocráticas, puesto que es imposible que se llame democrático a un régimen que legisla contra el pueblo y que constantemente avisa de nuevos recortes cuando no han terminado los últimos. En ese sentido, creo, todos deberíamos ser antisistema y disponernos a montar barricadas en cada esquina para que la democracia vuelva a ser lo que esencialmente es, el gobierno del pueblo.

Sin embargo, desde que el sistema capitalista mundial decidió penalizar todas los instrumentos de redistribución de la riqueza que existían en unas cuantas democracias, desde que hemos asumido que se puede ser muy patriota de una determinada nación teniendo a un 40% de la población viviendo en la pobreza extrema o en puertas de ella, desde que llegamos a aceptar que los que más ganan no tienen que contribuir con nada -así es, los más ricos apenas pagan un 2% de sus ingresos al Erario- a la patria de la que agitan banderas y odios, desde que aprendimos a contemplar en silencio cómo esos mismos ricos comenzaban a dinamitar el sistema de protección social democrático para convertirlo en un botín, desde que nos enseñaron a encandilarnos con el lujo y el despilfarro que gastan los patanes millonarios que a diario nos enseñan en la prensa, la radio, la televisión e internet, desde que nos dijeron, y los creímos, que el que triunfa económicamente es porque es un gran tipo y se lo merece, aquí vivimos en el reino de sálvese quien pueda y las respuestas antisistema son individuales e insolidarias.

Durante las últimas algaradas sucedidas en Cataluña, se ha comenzado a atisbar un movimiento que puede ir bastante más allá de la reivindicación independentista de la las clases medias burguesas, siempre tan pacíficas como crédulas. La quema de contenedores, bancos, jardineras y otros muebles urbanos fue vista con buenos ojos por los dirigentes derechistas del asunto, pero puede que ahí esté el germen de algo mucho más profundo que la búsqueda de la identidad perdida: El comienzo de un estallido social -hasta ahora castrado por el Procés- de los antisistema, es decir, de aquellos a los que el sistema vigente ha dejado sin esperanzas de futuro, de los que no tienen casi nada que perder porque en cuanto desparezcan sus padres y sus pensiones se verán con una mano delante y otra atrás. Sería la reacción lógica a tanto abuso y tanta inmoralidad pública y privada. No se puede estar constantemente oyendo hablar de millones de euros robados, malgastados, desaparecidos, birlados mientras se cierran las puertas a los jóvenes, a los más preparados y a los menos preparados, que todos tienen derecho a una vida digna y en libertad. Mientras el sistema implanta maquinaria que prescinde de mano de obra a raudales, a nadie se le ocurre convocar un foro internacional para rebajar la jornada laboral o obligar a que esas máquinas de la era digital coticen a la seguridad social como si fuesen un trabajador. No hay casas, ni pisos, ni apartamentos para que los jóvenes puedan comenzar a hacer su vida, pero sí hay más de tres millones de viviendas vacías a las que nadie penaliza fiscalmente para que salgan al mercado del alquiler, del mismo modo que ningún gobierno autonómico ha puesto en marcha un plan de choque para crear parques de viviendas municipales como los existentes en Francia, Alemania, Austria o Dinamarca. De momento, la respuesta es incipiente, pero lo normal sería que fuese a más y se extendiese a todos los rincones de España porque en todos los rincones del país -en los más pobres más todavía- la situación es insostenible y pone de manifiesto que aquí no se gobierna para el pueblo, sino para las élites económicas, para las oligarquías.

Todos deberíamos ser antisistema y disponernos a montar barricadas en cada esquina para que la democracia vuelva a ser lo que esencialmente es, el gobierno del pueblo

Por otra parte, hay otro segmento de la población que también es antisistema, pero de otra manera. Son aquellas personas que votan a partidos de extrema derecha, partidos fascistas que insultan constantemente a las mujeres, que se mofan de las víctimas del fascismo y que anuncian a las claras su intención de acabar con los sistemas públicos de salud, educación y pensiones mientras se disponen a introducir la caza y los toros en las escuelas. No soy partidario de prohibir la existencia de ninguna opción política, pero cuando un dirigente de Vox amenaza a otro del PNV con ilegalizarlo y no pasa nada, es que los mecanismos de control democrático no funcionan. En ese sector se engloban los franquistas de toda la vida, quienes ganaron la guerra y la posguerra a base de asesinar, robar, torturar, desaparecer y exiliar, y sus secretarios, aquellos que recibieron prebendas clientelares por su fidelidad al jefecillo de turno. Son muchos, porque aquello duró mucho, pero es que además a ellos se les ha sumado el lumpen, formado por aquellos que creían pertenecer a eso que llaman clase media y se han visto degradados por las sucesivas crisis, por los que ya no tienen oportunidad de trabajo por edad o falta absoluta de cualificación, por los que viven de sueldos o pensiones ridículas que apenas si les permiten afrontar los gastos corrientes. Es decir, por una gran masa de individuos que se ven atraídos por las banderas, los himnos, la patria como última esperanza, que no creen en promesas electorales de ningún tipo y sólo les interesa el trazo grueso, el puñetazo en la mesa, el que pase algo, lo que sea, que se van a enterar.

Cuando un país alcanza un cierto grado de bienestar económico, y España lo consiguió durante veinte años, los que van desde 1985 a 2008, es muy difícil que quien ha vivido con un poco de holgura acepte bajar, o volver, a los infiernos. Y eso está pasando desde hace años sin que nadie se haya preocupado del fenómeno. El crecimiento de las opciones fascistas en toda Europa está encontrando en esa “clase social” desclasada su caldo de cultivo ideal y está subiendo como la espuma mientras crece la desilusión en quienes quieren un mundo mejor para todos por las constantes mentiras de los gobernantes y el incumplimiento de sus programas.

Estamos a las puertas de unas elecciones que no deberían haberse convocado nunca. Estamos también a las puertas de un desastre colosal si quienes quieren un mundo mejor, o al menos no el peor de los posibles, se quedan en su casa y no salen en masa a votar. Un gobierno formado por el Partido Popular, lo restos de Ciudadanos y Vox sería una catástrofe de tal envergadura que difícilmente podemos aquilatar. Hoy más que nunca votar es una obligación.

El voto antisistema