miércoles 22.01.2020

Franco, el franquismo y los profanadores de tumbas

Sacar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos para que repose en la Almudena es un penoso sarcasmo pero que radiografía muy bien la génesis y los entresijos del régimen del 78

En el transcurso de la Revolución Francesa, se debatía ardorosamente en la Asamblea Nacional la oportunidad de juzgar al rey, Luis XVI. En medio del apasionamiento dialéctico y oratorio tomó la palabra Robespierre para advertirle a la cámara que si los diputados votaban mayoritariamente a favor de juzgar al Borbón, tendrían que hacerle un juicio justo y ello implicaba la posibilidad de que fuera absuelto, es más, por la presunción de inocencia ya se debería de considerar al rey destronado como libre de culpa y si eso ocurría la revolución quedaría reducida a un simple motín y los revolucionarios a una banda de sediciosos. Por lo tanto, concluía Robespierre, el juicio era extemporáneo por cuanto el hecho de la misma revolución suponía la condena por el pueblo y la historia del monarca. Sin  embargo, nadie advirtió al gobierno de Sánchez, al contrario que en el caso de Luis XVI, que ni la historia ni el pueblo había juzgado de facto al franquismo y que el hecho de que la Transición se sustanciara en pasar de la legalidad a la legalidad suponía dejar intacto al Estado nacido el 18 de julio, sin que, por tanto, fuera abolido, ni refutado, ni sus capilaridades psicológicas y sociológicas legalmente censuradas. No hubo depuraciones ni en la judicatura franquista, ni en la policía, ni en ningún órgano estatal de la dictadura y la misma jefatura del Estado lo fue por designación directa de Franco.

Al no ser el franquismo abolido, ni juzgado, ni condenado, y ser, como consecuencia, el régimen nacido de la Transición el franquismo reformado, el gobierno socialista carece de resortes legales para conseguir lo que en realidad racionalmente se pretende: que la tumba del dictador no sea un icono para la manifestación y peregrinación panegírica de su figura. Sacar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos para que repose en la catedral de la Almudena, en el centro de Madrid, además con honores militares, es un penoso sarcasmo pero que radiografía muy bien la génesis y los entresijos del régimen del 78. Francisco Franco Bahamonde murió conservando todos los honores, distinciones, grados, prerrogativas, canonjías y demás privilegios de su caudillaje sin que antes o después de su extinción biológica sufrieran el menor menoscabo legal. Esa anomalía histórica llamada Transición ha producido que sea muy difícil combatir la iconografía del franquismo desde un régimen nacido del franquismo sin Franco.

Todo ello produce destellos esquizoides pero que son axiales en el contexto de la lógica del sistema. Las declaraciones del general Monzón, en la reserva, afirmando que Franco no era ningún genocida y no asesinó a nadie ya que durante la Guerra Civil y al término de la misma, la legalidad penal militar condenó de muerte a los que se lo merecían, y que dichas palabras no tengan ningún tipo de repercusión legal mientras que hacer un chiste sobre Carrero Blanco conlleve tres años de cárcel, es una prueba manifiesta de la vigencia del franquismo en la vertebración del Estado de la Transición. ¿Alguien puede imaginarse a un general retirado alemán o italiano afirmando que los asesinados por Hitler o Mussolini se lo merecían? Es parte de la anomalía española ya que en nuestro país la posguerra mundial se vivió, por la vigencia de la dictadura filofascista de Franco, como si hubieran triunfado las fuerzas del Eje, hasta los niños de la época leyendo el comic “Hazañas bélicas” podían tener como héroes, inimaginable en los niños del resto de Europa, a los soldados de las SS combatiendo a las hordas rojas en el frente del Este.

Por todo ello, al igual que si Luis XVI era inocente, la Revolución hubiera quedado en un simple motín, si Franco sólo fue vencido por la biología, los que trasladen su cadáver pueden quedar reducidos a profanadores de tumbas. Primero hay que sacar a Franco del Estado.

Franco, el franquismo y los profanadores de tumbas