sábado 24/10/20

Primero de Mayo. Ulan Bator 1984

A fecha de hoy no me he aventurado aún mas allá de Orión; no he visto, pues, arder naves espaciales. Pero he estado en Mongolia y allí he presenciado como ardía medio rebaño de ovejas.  

Viajé a Mongolia desde el Baikal en 1984 cuando la bandera roja ondeaba en la tercera parte del planeta. Supuse, un iluso al cabo, que el bimotor de Aeroflot sería razonablemente confortable y en 3 horas llegaría a Ulan Bator. Empece a sospechar cuando el aeroplano iba espantando caballos, camellos, ovejas y gentes. Mi imaginación sostiene hasta hoy que viajé en el avión de los Picapiedra, que los pilotos simulaban la conducción y que eramos transportados a hombros del baloncestista Tachenko. Las 3 horas fueron 7; el amigo Tachenko aprovecho para conocer el desierto de Gobi.

El viento atroz batía la plaza principal donde me hospedaron, un Intercontinental que limitaba con la estatua enorme de Temuujin (Genghis Khan), con la severa fachada del Gobierno y, al frente, con la mole del Partido.Como sostiene Torrente Ballester sobre la plaza del Obradoiro de Santiago: la lluvia (aquí la nieve y el viento) ha unificado los dispares estilos arquitectónicos.El ascensor de mi hotel había cesado la misma tarde de su deficiente instalación y el maletero que también ejercía de gerente, de chef y de camarero de habitaciones no había podido venir ese día; 9 pisos de nada.La temperatura del agua de la ducha oscilaba sin término medio entre la Antártida y las calderas de Pedro Botero; no había compañía femenina, no hubo ducha. Los legendarios sabañones, en cambio, estuvieron amenazando mis pantorrillas.

En la recepción que siguió a mi llegada el secretario general de la zona (parecía disfrutar de un ducha similar a la mía) dejó las cosas claras:  "Los chinos, tovarich Casaus, alzaron su Gran Muralla para separarnos de la dinamita.Los idiotas no imaginaban que 7 siglos después tendríamos a nuestra disposición la energía atómica de los queridos vecinos soviéticos.Que no nos toquen mucho los cojones...". Parece mentira pero tras los discursos sirvieron un vino español, en realidad una docena de botellas de whisky DYC.  A morro; el plan quinquenal de vidrio no se había cumplido.Siguiendo el estricto protocolo me tocó beber el quinto y el culín. Con un ingenio de mi invención dispuse mis labios y lengua de modo que solo hubiera pasillo para un hilo. El matarratas segoviano había trabado amistad (y aroma y retrogusto ad nauseam) con las babas y los restos de la carne de caballo encebollado que habían servido antes. Sólo me libré de ese sabor visitando a mi vuelta y a diario Boadas y Del Diego.

Celebramos el Primero de Mayo en los alrededores de Ulan Bator en una fiesta multitudinaria a donde nos dirigimos a pezuña de caballo. Yo, no; el tordillo que me asignaron no soportaba la carga de forasteros y lo lleve hasta allí cogido del ramal y temiendo un mordisco o una coz. En el camino hice amistad con cierto campeón de halterofilia, Tsakhiagiin, que había sido oro olímpico en Moscú-80. Su caballo retaco no soportaba tantos kilos y también iba a pié. Lo volví a encontrar en Seúl-88 intentando cambiar el oro olímpico que había vuelto a conquistar por unas gafas para su hermana medio ciega. La mas emotiva historia del deporte terminó bien; aún existía la Unión Soviética y su hermana fue operada en Irkusk y jamás se puso gafas.

Llegados a la inmensidad de la estepa encendieron una hoguera de tales dimensiones y altura que las alfombras de la corte celestial quedaron expuestas a las llamas. Allí mismo unos matarifes hicieron su trabajo sobre unos centenares de ovejas veteranas. Las llamas había cedido unos metros y todos los cadáveres ovinos fueron arrojados allí para gozo de los presentes. El pestazo a lana no hizo reblar al bersolari (*). Temí el recitado de algunas tontadas de Buda o unas máximas de Lenin mas acordes con la fecha. Supe por mi perivoche (traductora) que se trataba de versos de José Hernández, de su indómito Martín Fierro. Gran contento y griterío acogieron una estrofa de gauchos épicos que parecía escrita para mis valientes caballistas mongoles:"Ni la víbora me pica ni quema mi frente el sol".

Embotadas las reses por el fuego apareció el cuadro de Las Lanzas de Velázquez para pincharlas y esparcir sus tripas por las brasas. El alcalde dio pista libre al festín cogiendo y devorando los primeros bocados de oveja. La nostalgia (**) se apoderó de mí y los ojos se humedecieron por la emoción (y por la humareda y por las quemaduras) al coger la carne (sic) mas cercana que, naturalmente, se hizo bolo en la boca. Con aquello en mis fauces busque una letrina en las proximidades. La encontré tapizada por hierba rala, tenía el tamaño de un océano seco y ahí dejé el bolo. Volví al festejo y los huesos mas grandes hacían de testigos de la merendola; el buen criterio de perros y hienas había imitado mi excusa.    El éxito no acompaña mi afán de colocar en el Celler de Can Roca la peculiar receta de "Oveja con su pareja y su lana, abrasada en brutal fogata y presentada al carbono 14 con algunos tizones". Generosamente me dicen no disponer de infraestructura para atreverse con ese plato. He sabido que, en realidad, temen perder el edificio.   

José Luis Casaus Lambea . El Bombardero de Detroit

Mayo 2013

(*)   Becado y graduado en la afamada Escuela de Bersolaris de Arrigorriaga.

(**)  El lechal (cordero del catecismo) de la carnicería Maribel en Sacramenia (Segovia) asaltó mi memoria y provocó mi ataque agudo de nostalgia.

Primero de Mayo. Ulan Bator 1984