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miércoles. 28.09.2022

El ruido (2)

Hay quienes aseguran que inteligencia y ruido son incompatibles. Que entre ambos se da una relación inversa. Que es imposible que unas meninges bien dotadas...

Hay quienes aseguran que inteligencia y ruido son incompatibles. Que entre ambos se da una relación inversa.

Que es imposible que unas meninges bien dotadas caigan en la tentación de gritar, vociferar y chillar como cualquier homínido de la especie.

Que es imposible que una persona, capaz de entender a la primera la ley de la entropía, escandalice a medio barrio con sus aullidos contra su mujer a las dos de la madrugada.

Sin embargo, la vida demuestra que tal relación de incompatibilidad no es verdadera, ni se ajusta a los hechos que pasan en la calle.

¿Por qué?

Porque se puede estar adornado por el cerebro mejor amueblado del cosmos mundial y ser, al mismo tiempo, un sujeto impresentable en muchos aspectos de la vida.

La inteligencia no nos exime perpetrar, incluso con premeditación y alevosía, cualquiera de las burradas con que se ve envuelta la crónica negra de sucesos de una ciudad, llámese Madrid o Londres.

Nadie, por muy elevado que sea su coeficiente mental, está libre de cometer una infamia, más o menos ruidosa.

La estupidez, tanto individual como colectiva, afecta tanto al pelotón de los tontos como de los inteligentes.

Probablemente, el padre del ruido sea la estupidez.

De ahí, la dificultad de erradicar ambos, al padre y al hijo.

El ruido (2)