miércoles 08.07.2020

¿Quién teme un Gobierno en proceso? (yo, sin ir más lejos)

Pedro Sánchez ha optado por la modernidad más radical en la adopción de un estilo de liderazgo y se lanza a un gobierno en proceso, no en proceso de constitución del mismo, sino a un modelo de gobernanza basado en el desarrollo procesual de la acción de gobierno

Hace tiempo que analistas y pensadores plantean que lo esencial en la vida no es su acabado, sino su proceso continuado. Nada que merezca la pena se debe a un diseño o logro totalmente definido y cerrado, sino a un propósito en perpetua construcción abierto a sucesivas mejoras.

Los amantes de las artes y de la ingeniería reconocerán la similitud entre un gobierno en proceso con las propuestas de work in process popularizado por el arte-acción, la tecnología y la innovación tan característico del cambio de siglo. El work-in-process es una suerte de filosofía que entiende el devenir exitoso de la civilización como un constante desarrollo en el que lo determinante no son los resultados de la acción, sino su fluir. Esta manera de interpretar el mundo, próxima a Heráclito, tiene su reflejo en la modernidad en la tesis de la sociedad líquida de Bauman que, lógicamente, empapa toda lectura de los hechos sociales y políticos de este voluble siglo XXI.

Las motivaciones inscritas en la acción (sea política, sea artística o científica) es cosa sujeta a  debate expuesta en las teorías estéticas, la fenomenología política y la epistemología de la ciencia. Cosa de eruditos. Lo que importa es destacar que toda esa parafernalia teórica coincide en apuntar al cambio permanente como  estrategia de éxito. La agilidad de movimientos y la cintura para esquivar golpes y adaptarse a los acontecimientos lleva a muchos a proclamar su excelencia definitiva, y al propio Bruce a Lee decirnos desde la pantalla de televisión be water my friend, a defender la maleabilidad como postulado vital.

Yo no lo tengo claro, desde luego que aprecio el valor de lo intangible, de lo inacabado, de lo modulable y resultado de todo ello, lo eternamente perfectible. Tiene valor, como esas casas incompletas del “tercer mundo”, siempre listas para ensancharse con un piso o una sala más. Es lo bueno de no tener un fin prefijado, de estar en un proceso continuo: mañana más. Lo que no tengo tan claro es que el proceso se conduzca precisamente por la perfectibilidad, que el proceso se dirija inexorablemente a un fin superior. Insisto en que no lo tengo claro y me da un poco de pavor, porque quizás estemos hablando sin darnos cuenta de lo eternamente descomprometido. Si la acción no tiene una finalidad objetiva y reconocible, cómo se pueden pedir cuentas por no haber logrado llegar hasta allí o dar bandazos imprevistos.

Lo cierto es que parece que Pedro Sánchez ha optado por la modernidad más radical en la adopción de un estilo de liderazgo y se lanza a un gobierno en proceso, no en proceso de constitución del mismo, sino a un modelo de gobernanza basado en el desarrollo procesual de la acción de gobierno, hoy por aquí, mañana por allá. Hasta aquí bien, por qué no, ya he expresado con anterioridad que asumo con naturalidad el que todo fluye y que lo esencial de todo es el cambio, algo que podría ser el blasón de toda institución de progreso, incluido un gobierno progre.

Pero ¿cómo asegurarnos de que la libertad de movimientos de la acción de gobierno nos acerca a una realidad plena de logros expresados tácitamente en el voto del 28A? La cosa no debe estar tan clara cuando el grito de guerra ha sido y es: con Rivera NO. Es como si muchos albergaran las mismas dudas que he querido exponer en lo relativo al proceso de trabajo en el arte y la ciencia. En estos campos la teoría estética y el hallazgo probado se encargan de validar el camino de la obra, tanto del arte como de la ciencia. Pero ¿qué o quién va realizar la labor de enjuiciamiento de la acción de gobierno? En una modalidad en proceso, como a la que parece que opta el futuro gobierno del PSOE ¿cómo tendremos garantías de que la orientación de la acción es la adecuada? ¿Y si sobre la marcha, porque estamos en marcha, alguien descubre que la acción del gobierno puede y debe contravenir lo expresado en las urnas y las plazas?  ¿Y si las fuerzas reaccionarias pugnan con una virulencia infravalorada? La banca no es como dios, desde luego que está en todas partes, pero a diferencia de éste cuando aprieta, lo hace hasta que te ahoga ¡Al loro!

No es que me ponga en lo peor, pero recomiendo escuchar de nuevo cuervo ingenuo de Krahe antes de llamarme alarmista



Para disponer de algún sistema de garantías no sé si lo mejor es compartir responsabilidades mediante un gobierno coaligado con otras fuerzas de progreso o  un gobierno encadenado a un pacto perfectamente descrito, pero algo habremos de hacer al respecto. No soy partidario de provocar un proceso al gobierno, y menos aún antes de que arranque su tarea, pero me provoca estrés convivir con un gobierno en estado de continuo proceso.

Yo ya no fumar la pipa de la paz ni con mi padre.

¿Quién teme un Gobierno en proceso? (yo, sin ir más lejos)