lunes 01.06.2020

Conductores sin ojos, ni memoria, ni aventura

El GPS es un ejemplo más de los grandes avances en la tecnología de la información y la comunicación. También una gran amenaza...

El GPS es un ejemplo más de los grandes avances en la tecnología de la información y la comunicación. Sin duda por su gran atractivo y probada utilidad, se incorpora cada vez de forma más universal como un equipamiento más de cualquier vehículo de transporte, camión, autobús, ambulancia o coche privado. Cantemos primero una alabanza a este ingenio. Nos permite situarnos en el mapa, nos indica el camino más corto, más rápido e, incluso, mas barato para ir desde nuestra casa a cualquier punto del mundo. Nos ahorra el montón de guías y mapas que nos acompañaban en cualquier viaje no cotidiano y repetido y cuya consulta era necesaria antes de iniciar el viaje o cada vez que parábamos para comprobar si estábamos en la buena dirección. Nos libera de un continuo esfuerzo para orientarnos y no perdernos. Una gran conquista.

También una gran amenaza, un empobrecimiento cuando la tecnología viene a sustituir a la reflexión personal y continua, el esfuerzo intelectual que suponen elegir el buen camino en cada cruce de carreteras o calles.

Es fantástico. Introduces en el aparato las señas de tu casa o el punto de origen y el punto de destino de un viaje, corto o largo, urbano o campestre, y basta con mirar de vez en cuando una flecha en una pantalla de plasma para mantener la dirección correcta, el itinerario más ventajoso. O ni siquiera mirar la flecha. Una voz un tanto misteriosa va ordenando lo que debes hacer: “a doscientos metros, gire a la derecha”, “en la rotonda, tome la tercera salida”… Con un instrumento así, regalo de nuestros hijos, hicimos sin perdernos el viaje desde nuestra casa a la Casa de la Música en Oporto. ¡Magnífico! Pero rebajé o anulé mi atención al paisaje, a las curvas, las arboledas, los puentes, los pueblos y edificaciones que bordean las carreteras y las calles. Es decir, renuncié a construir y grabar en la memoria mi propio mapa, mi propio itinerario, las necesarias referencias para un próximo viaje. Renuncié a mi capacidad de orientarme.

(Nota de Natalia: afortunadamente el invento dejó de funcionar en la Casa de la Música, y cualquier trayecto posterior empezaba y acababa en Oporto)

En la ciudad, en  la propia o en la que visitas por primera vez, fijas en tu memoria la iglesia de ladrillo, el McDonalds de la esquina, el general a caballo, el anuncio fluorescente, etc. para recorrerlas cada vez con mayor seguridad y, casi me atrevo a decir, con mayor intimidad. Si usas el GPS sobran ojos y memoria y los semáforos se transforman en enemigos en lugar de encontrar en ellos una pausa, del rojo al verde, donde repensarte a ti en relación con tu ciudad, reconstruir de forma continuada tu propio mapa. Oriol Bohigas comentaba en una conversación intrascendente que los semáforos son lo más civilizado que podemos encontrar en el acelerado tráfico cotidiano. Marcan la pauta y el tiempo para observar a tus vecinos al volante o a la chica rubia del asiento trasero (?????), para mirar la cornisa de los edificios que te flanquean, para encender un cigarrillo…

Someterse al dictado del GPS puede acabar con uno  de los placeres que te permite gozar del coche privado: la aventura, pequeña pero revitalizadora, como bien escribe Jordi Soler en El País (26-10-14) “el conductor, con el volante entre las manos, tiene la libertad de ir al cine, a la playa o a París, (…)puede optar por diversos caminos, por autopistas, carreteras secundarias o caminos vecinales, puede detenerse en pueblos a comprar quesos o vinos y, (…) puede tardar un día o cinco en llegar a su destino”.

Siendo todo lo dicho una advertencia de los riegos que encierra el sometimiento a una magnífica tecnología, lo cierto es que no tenemos porqué usarla obligatoriamente. Fue Ortega (leído hace muchos años) el que ya advertía que la creciente capacidad de hacer que te permiten los avances de la técnica no te obliga a hacerlo. Todavía eres tú quien elige el camino seguro y trillado o la senda sinuosa pero enriquecedora. La incertidumbre muchas veces es un atractivo que, además, exige afilar tu mente.

Conductores sin ojos, ni memoria, ni aventura