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lunes 23/5/22

Un ridículo patriotismo

Escuchar lo que los medios de persuasión llaman noticias es cada día llevarse un disgusto en España, y en importante medida en casi toda Europa, pero lo que cuentan estos medios sobre el “conflicto” entre España y Argentina por causa de unos rumores sobre una posible nacionalización de la empresa YPF controlada en su mayoría por la española REPSOL, ya raya el absurdo y es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos.

Escuchar lo que los medios de persuasión llaman noticias es cada día llevarse un disgusto en España, y en importante medida en casi toda Europa, pero lo que cuentan estos medios sobre el “conflicto” entre España y Argentina por causa de unos rumores sobre una posible nacionalización de la empresa YPF controlada en su mayoría por la española REPSOL, ya raya el absurdo y es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Si es cierto lo que dicen los medios, las gruesas declaraciones de ministros del gobierno del PP y de otros altos cargos son un despropósito. Son declaraciones más bien propias de tabernas entre parroquianos ya muy avinados o pasados por aguardiente, que se alejan de aquellas regidas por la prudencia que deberían ser las propias de los gestores de la cosa pública. El hecho de que este tipo de declaraciones y actitudes también se den en muchos otros países no exime del rotundo rechazo. Cuando se irrumpe en los medios de esta manera cabe pensar si no es fruto de un cálculo para desviar la atención de otros asuntos que realmente afectan a la mayoría de la población. Esto lleva una segunda cuestión cual es el disparate de identificar el interés común con el interés de una singular empresa, por muy grande que esta sea. Cuando un Gobierno se pone al servicio del interés privado está procediendo a degradar lo público para confundirlo con el interés de unos pocos. Esto no quiere decir que los Gobiernos deban desentenderse de la suerte de sus representados (en este caso los accionistas de Repsol y otros grupos de interés) pero dentro de la mesura y el respeto a puntos de vista de otras partes implicadas.

Ese respeto a otro punto de vista lleva a una consideración sobre el fondo del asunto. Parece que solo enunciar la palabra nacionalizar es hoy incurrir en anatema. Y sin embargo el periodo en el que se dio el gran salto en Europa para dejar atrás injusticias y pobreza de mucha de su población, los “años dorados” posteriores a la segunda guerra mundial en los que el crecimiento económico fue de la mano de una mayor redistribución de rentas y mayores avances en igualdad y en democracia, se hizo con una política muy intensa de nacionalizaciones, de fortalecimiento del sector público. La ofensiva neoliberal que se inició a finales de los años 70 se ha llevado por delante todo aquello y ahora la situación es la que es. No parece que sea un disparate el control por el poder público de todo aquello que condiciona de manera determinante la vida de los ciudadanos como la energía, las comunicaciones, el sistema financiero, la educación, la atención de la salud o la garantía de la subsistencia frente a los estados de necesidad. En todos esos supuestos y en otros más, la desigualdad entre el que ofrece la prestación y el que la necesita es tan grande que no es posible un acuerdo justo y por eso es bastante razonable que ciertos bienes deban estar fuera del comercio. Tal vez por este lado haya que buscar las razones de la virulencia de los medios de persuasión dominados por capitales oligárquicos. En todo este desdichado asunto es particularmente deplorable la llamada a las bajas pasiones que el patriotismo de pacotilla puede despertar entre partes implicadas. Oponerse a ese chabacano patriotismo es colocarse a un paso de ser reo de un delito de traición, pero afortunadamente en este caso no habría espacio suficiente por muy ancha que sea Castilla y mucho más la Patagonia, donde encerrar a tanto antipatriota. Para mucha gente se hace cada vez más evidente que, como alguien dijo, en estos casos el patriotismo es uno de los últimos reductos de los canallas.

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