miércoles 11.12.2019

Cuando la política también se volvió tóxica

El año 2011 parecía que había sido el annus horribilis en el que habíamos tocado fondo, pero las medidas que se están planteando para el 2012 parecen augurar otro vía crucis para la mayoría de la población. Nuestros gobernantes anuncian el consabido y conocido método de “sangre sudor y lágrimas”, fruto de su incapacidad para ofrecer una respuesta coordinada, audaz y creativa.

El año 2011 parecía que había sido el annus horribilis en el que habíamos tocado fondo, pero las medidas que se están planteando para el 2012 parecen augurar otro vía crucis para la mayoría de la población. Nuestros gobernantes anuncian el consabido y conocido método de “sangre sudor y lágrimas”, fruto de su incapacidad para ofrecer una respuesta coordinada, audaz y creativa. Medidas que constituyen la derrota definitiva de la política y de las instituciones democráticas frente a los mercados. La política como las finanzas y los mercados, también se volvió tóxica, penetrada hasta el tuétano por el virus del sálvese quien pueda. Ya queda poco de la ejemplaridad pública, de la ética, e incluso muy poco de la estética.

La democracia es un organismo vivo más bien frágil, que hay que alimentar, nutrir y dinamizar constantemente. Los ciudadanos estamos siempre en inferior de condiciones ante la tentación de las élites de tomar las decisiones que mejor nos convienen a todos, sin perder tiempo y dinero en absurdas deliberaciones públicas. Hoy más que nunca debemos plantearnos el eterno debate y el precario equilibrio entre eficacia y democracia. No está en juego solo la economía, también nuestro modelo democrático. Así, hemos visto cómo la sacro santa e intocable Constitución española se reformaba en apenas quince días de forma express para dar satisfacción a nuestros supuestos acreedores y a la mano invisible de los mercados. El llamado Grupo de Franckfurt impone du diktat. Es más importante hoy contentar a los mercados que responder ante los ciudadanos. Ante los primeros sumisión, ante los segundos más presión. Una presión que viene recetada en forma de miedo. Y es que una vez que el mercado y el sector financiero ha sido rescatado con el dinero de todos, la propia Comisión Europea lo cifra en un 13% del PIB europeo, pretenden someternos ahora con el miedo a un programa de reformas y ajustes muy dolorosos.

El miedo ha sido siempre un fiel aliado de los poderosos. Una extraordinaria arma para la dominación política y el control social, la herramienta perfecta para la destrucción masiva de la movilización ciudadana. Cuando consiguen meternos miedo, nos paralizamos aceptando como irremediables los cambios que se nos imponen, como muy bien explica en su nuevo libro “La economía del miedo” el periodista Joaquín Estefanía. El temor ciudadano al paro o al empobrecimiento, contribuye a la nueva dominación de los mercados sobre la política y los ciudadanos, en el que los tecnócratas han dado un paso adelante para salvarnos de los males que nos acechan. Aquellos que en buena parte crearon y se lucraron con los chiriguitos y productos financieros tóxicos, vienen ahora a reformar los Estados, el zorro en el gallinero, el drama social está servido.

Otro de los elementos característicos de que la política se ha vuelto tóxica, lo constituye el uso constante de la mentira como método de gobierno. Asistimos atónitos al lamentable espectáculo de la justificación de las duras medidas de recortes y ajustes ante el descontrol del déficit público, que se anuncia entorno al 8% para el 2011 cuando debía ser del 6%. Una desviación de 20.000 millones de euros, principalmente a causa del incumplimiento del déficit por parte de las Comunidades Autónomas. Nos mintió el gobierno saliente, que aseguró que el déficit del Estado estaría entorno al 6%, cuando sabía que no sería así, y nos miente el gobierno entrante, ya que sabía que no se cumpliría. El equipo económico del PP trabajaba ya desde el mes de octubre con esa cifra. En definitiva, un ritual lamentable que hace que los programas electorales sean papel mojado y la política se desacredite a sí misma a pasos agigantados. ¿Podemos creer en alguien?.

En España estamos abocados a un ajuste durísimo de consecuencias imprevisibles. Algo por lo que otros ya han transitado sin mucho éxito. El premier británico David Cameron ensayó una fórmula similar en cuanto llegó al gobierno en Reino Unido. Tras su intento, ha reconocido que la economía no se ha recuperado, siendo necesario volver a invertir en infraestructuras para estimular el crecimiento y mitigar el paro, aunque ello signifique retrasar más de lo previsto el saneamiento de las cuentas del Estado. Cameron ha experimentado que los recortes no pueden ser el único plato del menú del 2012. Pero en España nos disponemos a transitar por ese camino ya conocido, veremos cómo sale el invento y a qué coste social. Los datos macroeconómicos quizás mejorarán algo a medio plazo, pero gobernar no es simplemente un ejercicio de gestión de la cuenta de resultados. Los gobiernos no solo se rigen por matemáticas, tienen que tener alma y hacerse cargo del estado emocional de la gente, de la situación de las personas, es decir garantizar una mínima cohesión social. Pero para ello necesitamos unas élites políticas menos tóxicas, saneadas y renovadas, con un nuevo relato, con nuevas actitudes y nuevas aptitudes. Personas que vuelvan a hacernos creer que la política es posibilidad, que es posible construir nuevas coherencias en un mundo complejo. En el gobierno sabemos lo que tenemos y que intereses defienden, pero en la izquierda, las incógnitas son muchas todavía. El PSOE se dispone a renovar su equipo y esperemos que también que renueva a fondo el instrumento. Sin embargo es triste observar la falta de ambición colectiva. Parece conformarse con elegir como dice el dicho entre “Guatemala o Guatepeor”.

Cuando la política también se volvió tóxica
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