lunes. 20.05.2024
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La ciudad es, sobre todo, una cantidad residencial
Manuel de Solà Morales


La ciudad, esa naturaleza artificial creada por el ser humano como espacio seguro y acogedor donde vivir en comunidad, se manifiesta como una construcción arquitectónica. Y así la vemos cuando volamos en un avión, lejana bajo nuestros pies, o desfilando veloz ante nuestros ojos cuando en tren o en coche la atravesamos o bordeamos. Un artefacto físico tridimensional asentado en el paisaje.

Una nueva geografía, habitada por hombres y mujeres de muy distinta condición, en la que se desarrolla cada día un continuo tejer de gentes y de oficios, en un intenso intercambio de ideas y bienes materiales, manifestación de su  compleja constitución. Complejidad y diversidad de sus edificios, desde la catedral al kiosco de periódicos o la estación del metro. Complejidad y densidad de relaciones entre las distintas actividades de sus habitantes, más que densidad medida en  metros cúbicos de hormigón por metro cuadrado de suelo.

Es la vivienda la trama que, sobre la urdimbre de calles, avenidas y plazas, construye el tejido urbano

Pero si intentamos diferenciar y dimensionar las distintas tipologías de edificación y de actividades que encierra la ciudad, descubriremos que son los edificios residenciales los que dominan y configuran el artefacto que llamamos ciudad y son sus moradores los que inundan sus calles cada día y dan vida a las múltiples y diversas actividades propias de la vida urbana. Es la vivienda la trama que, sobre la urdimbre de calles, avenidas y plazas, construye el tejido urbano. Por eso, tenía razón Manuel de Solá Morales cuando sentenciaba: "la ciudad es, sobre todo, una cantidad residencial".

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Si la ciudad alberga y da vida a la vivienda, cabe afirmar que es la vivienda el material más preciado para construir la ciudad.

En estos momentos en los que desde el Gobierno se anuncia una decidida política de vivienda, amparada por un nueva Ley y se prometen miles y miles de viviendas de promoción publica, se presenta la ocasión de complementar su prioritario destino social, con su potencial como el material más idóneo para sustentar una política urbanística, en la que estas promociones sirvan para reparar y completar nuestras ciudades. Para ello es necesario superar las políticas cuantitativas y agregadas sobre el territorio estatal o autonómico, dimensionando prudentemente el tamaño de cada promoción y seleccionando los lugares más adecuados para su implantación, de tal forma que se inserten en el tejido urbano existente, ofreciendo no solo cobijo, sino integración social y sentido de vecindad a sus nuevos ocupantes. Una red de promociones de pequeña y mediana dimensión y ágil gestión que difundan en el conjunto de la ciudad su capacidad recualificadora del entorno urbano, al tiempo que se garantizaría una mejor y más rápida integración en el paisaje físico y social de la ciudad. Una voluntaria dispersión que ayudará a mitigar las desigualdad y fomentar  la integración de clases sociales.

No nos olvidemos de que, aunque definamos la ciudad como “una cantidad residencial”, con este aserto no se impone que solo sea la vivienda el único material para construir ciudad o barrio, porque “no hay nada más desolador que esos “barrios residenciales” sin talleres, sin artesanos, sin ferreterías, sin comercios de las cosa más extrañas”. Incluso de chucherías para los niños.

Son momentos oportunos para renovar la cultura y la práctica urbanística de este país, tan degradada, cuando no prostituida, en los últimos decenios, dominados por el poder del mercado inmobiliario, bajo las directrices de un capitalismo globalizado. Aprovechemos para esta tarea el gran impulso que supone el simple anuncio de este ambicioso programa de vivienda pública y la movilización de recursos económicos, materiales y administrativos que va a exigir su materialización. Esperemos que este ardor político no se enfríe, ni que la terrible burocracia administrativa lo paralice y adultere. O, más dramático, que una nueva “crisis”, de las que ya nos tiene acostumbrados el capitalismo, nos arruine.

No hay política de vivienda pública eficaz, si no va ligada a una política de suelo coherente en cantidad, localización y precio con la vivienda

Cabe señalar dos amenazas en el inicio de este ambicioso proyecto de Estado. Uno, el más inmediato, es la proliferación arbitraria de promociones dispersas por distintos territorios y municipios, debida a la oportunidad que ofrecen  los suelos ya disponibles, dada su titularidad pública y una vez desafectadas las actividades que hoy los ocupan, sean de la SAREB o de cualquier organismo público. Dispersión también por la legitima pero insana competencia de los municipios para captar los recursos estatales o autonómicos y enarbolarlos como un triunfo político. Por el contrario, otro riesgo es la megalomanía de las grandes promociones, los antiguos "polígonos" rebrotados con este riego de millones de euros, que acaban encomendadas a grandes constructoras, y sirven como cartel electoral, dejando en el olvido las perversas consecuencias sociales y económicas de experiencias pasadas, como "les grands ensambles" franceses, o más próximos Bellvitge, en Barcelona, Las Tres Mil Viviendas en Sevilla, o San Blas en Madrid, que dejaron tras ellos una triste y costosa herencia territorial, social y económica. Aún hoy perduran las huellas de aquellas promociones públicas, como alveolos marginales y segregados, y constituyen una cara hipoteca a la hora de acometer la rehabilitación de las áreas más deprimidas y degradadas de nuestras ciudades.

Las dos amenazas antes denunciadas pueden justificarse por una mal entendida urgencia, para la que se buscan los grandes vacíos periféricos o los alveolos del tejido urbano consolidado. Bien está la urgencia para enfrentarse a un lacerante problema social, que demanda respuestas urgentes, pero no respondamos solo con grandes números, olvidando que no hay política de vivienda pública eficaz, si no va ligada a una política de suelo coherente en cantidad, localización y precio con la vivienda. Aprovechemos la oportunidad para hacer realidad el nuevo y acertado paradigma de “hacer ciudad en la ciudad y con la ciudad”.

Como profesionales del urbanismo y la arquitectura, apoyemos esta iniciativa del Gobierno de Coalición y ofrezcamos criterios sólidos para conseguir la conjunción de dos objetivos irrenunciables: la promoción de viviendas dignas en alquiler accesible, dignas por su diseño y ejecución y dignas por el lugar que ocupen en la ciudad. Y que al mismo tiempo sean estas nuevas promociones las que dignifiquen una ciudad más justa.

Vivienda y ciudad