TRIBUNA POLÍTICA

La civilización judeocristiana

Estamos asistiendo en directo al mayor ataque contra las libertades y los derechos humanos desde los años treinta del siglo XX.

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Prometo que pese a mi educación nacionalcatólica en una escuela estatal del franquismo donde aprendí todos rezos habidos y por haber, jamás me hablaron en aquellos días de la civilización judeocristiana de la que tanto hablan ahora Donald Trump, Josep María Aznar e Isabel Díaz Ayuso. Esa civilización era anatema, tanto que uno de los peores insultos que nos podíamos dedicar los críos de entonces era llamarnos judíos, si te llamaban judío era algo similar a mentarte a la madre o a tus muertos, había que pasar a las manos. Los judíos eran una raza despreciable que entre otras muchas maldades habían asesinado a Jesús de Galilea, dado que este señor se había, o eso dicen, enfrentado con el Sanedrín, con la nomenclatura de los sacerdotes judíos. No lo sé, ni estaba allí ni consta en los libros, sólo en algún episodio del Nuevo Testamento, de la Biblia, recopilación de ancestrales historias orientales que hoy está más de actualidad que nunca al preconizar el Presidente de la nación más poderosa del mundo que la única política válida es la de la fuerza del más bruto, la de la venganza, la destrucción, el odio y el exterminio, cuestiones éstas muy estudiadas y difundidas por las Sagradas Escrituras.

La civilización Judeo-Cristiana de que habla la extrema derecha española y mundial, hunde sus cimientos en la Biblia, uno de los libros más salvajes de los escritos por el hombre

Dios no se esmeró demasiado al crear la Tierra, teniendo todo el tiempo del mundo antes de que existiera el tiempo, decidió crearla en seis días porque al séptimo tenía que ir a misa. No existían entonces los días, pero el quiso acotar el tiempo y meternos la prisa ya desde un principio, total que le salió una birria. Creó al hombre y luego a la mujer y les dijo que estaban en el Paraíso, que todo estaba a su disposición, pero que no hiciesen preguntas y se limitasen a retozar y a cantar canciones pastoriles. Aburridos se atrevieron a manosear el árbol de la ciencia y la jodieron. Dios se enfureció y los maldijo condenándolos al trabajo y al sufrimiento, declarándolos pecadores e insumisos, malas personas y comunistas. Le he dado muchas vueltas al asunto, pero lego como soy en cuestiones teológicas nunca entendí como le pudo salir algo tan mal a quien tenía poder y tiempo omnímodo para hacer las cosas como le hubiese parecido, más cuando Él mismo afirmaba haber creado al hombre a su imagen y semejanza. ¿Si lo creó a su imagen y semejanza quiere decir que, al contrario de lo que pensaba Rousseau, Dios hizo al hombre malo adrede, lo que implicaría que el mismo Dios es una criatura diabólica? Creo que hay mucho de propaganda en esa afirmación porque Dios se cansó muy pronto de la Creación y después del primer día fue haciendo las cosas con muy poca gana. Sea como fuere es que tal como cuenta la Biblia, Dios no estuvo nunca satisfecho con su obra y anduvo siempre buscando hombres, familias y pueblos que se encargasen de eliminar a los que le caían mal, a los indisciplinados, a los que pensaban de manera diferente a él. 

Estando Sansón en guerra con los Filisteos, que debían ser de lo peor, decidió arrasar sus cosechas atando antorchas gigantes a las colas de trescientas zorras que salieron despavoridas dejando aquellos campos sin un grano de trigo. No hay piedad, no hay la más mínima dosis de humanidad en aquellos pasajes que a lo largo de todo el libro que adoran cristianos y judíos muestran como era su Dios de sanguinario, de bruto, de irascible, de brutal. Sin saber por qué razón, un día se despierta de su letargo -estaba días sin aparecer- y llama a uno de sus fieles conocido como Abraham, con voz de cántaro, dura y profunda, le dijo que a la mayor brevedad cogiese a su hijo, lo llevase al monte y allí, en mitad de una piedra le cortara la yugular. Abraham dudó unos momentos de lo que había oído, pero pasados los primeros segundos supo con certeza, sin atisbo de duda que debía obedecer a su Señor y hacer lo que le había ordenado. Ya en el monte, con la daga en una mano y la cabeza del hijo en la otra, a punto de segar la vida del muchacho espantado, Dios apareció de nuevo para decirle a Abraham que sólo había sido una prueba, que tenía que estar seguro de su fidelidad, que no matase a su hijo. Pero, ¿se puede seguir a alguien que te ordena matar a tu hijo, que siendo omnisciente juega contigo para ponerte en el límite de los soportable? Luego vino aquello de las plagas de Egipto, lo de abrir las aguas y lo de Lot, que merece mención aparte.

Cuando la comunidad internacional es capaz de consentir lo que Estados Unidos e Israel están haciendo en Gaza, volvemos a estar en tiempos del Antiguo Testamento

Huía Lot con su mujer y dos hijas de Sodoma, condenada por Dios a la destrucción por la vida depravada de sus habitantes. Dios, como Israel y Estados Unidos en nuestros días, advirtió a Lot de que no mirasen atrás so riesgo de convertirse en estatua de sal, tal como había pasado a casi todos los habitantes de la ciudad. Sin poderlo remediar, su mujer volvió la vista atrás quedando de inmediato convertida en piedra de sodio. Lot conminó a sus hijas a correr y así lo hicieron durante semanas hasta dar con una cueva donde decidieron refugiarse. Pasado un tiempo, y al comprobar que no había hombres por ningún lado, las hijas de Lot decidieron emborrachar al padre con el fin de acostarse con él y procrear. Amén.

La civilización Judeo-Cristiana de que habla la extrema derecha española y mundial, la que quiere encabezar Trump al modo que Hitler quiso hacer con el III Reich y el Nuevo Orden, hunde sus cimientos en la Biblia, uno de los libros más salvajes de los escritos por el hombre, un libro de un tiempo en el que la mayoría de los habitantes del planeta siquiera habían llegado a la mínima categoría de seres humanos, un libro para leer y ya está, sin más trascendencia, pero que las mentes más primitivas de nuestro tiempo vuelven a convertir en instrumento para una de las mayores regresiones de la historia, la que nos lleva a lo más oscuro de la Edad Media pero con tecnologías capaces de controlar cada uno de los movimientos, acciones y pensamientos de cada uno de los individuos que habitamos el mundo. Nunca tan pocos tuvieron tantísimo poder, nunca tantísima gente estuvo no sólo dispuesta a ser controlada y manipulada, sino a inmolarse voluntariamente en el silencio y la alienación de una sanguinaria dictadura global anunciada. 

Estamos asistiendo en directo al mayor ataque contra las libertades y los derechos humanos desde los años treinta del siglo XX. Cuando la comunidad internacional es capaz de consentir lo que Estados Unidos e Israel están haciendo en Gaza, es decir cuando se es complaciente con el exterminio y la destrucción de un pueblo sin que hasta hace unos días nadie hubiese sido capaz de alzar la voz, cuando lo atroz se convierte en cotidiano sin alterar la vida ni el sueño de los no afectados, cuando Hitler ha ocupado la Casa Blanca y la Unión Europea se arrodilla con la indignidad de las ocasiones más lamentables de su pasado, volvemos a estar en tiempos del Antiguo Testamento, del tiempo en que la venganza y el ensañamiento eran ley. ¿Llaman a eso civilización judeocristiana? Será necesario acabar con ella como en su día se acabó con el viejo nazi-fascismo hoy reverdecido.