viernes. 12.04.2024

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En un pueblo cualquiera, el Ayuntamiento concede a una Unión Temporal de Empresas la construcción de una depuradora. La unión, compuesta por empresas conocidas, acepta un tanto por la obra y de inmediato, descontado su beneficio millonario, traspasa la ejecución a una o varias empresas de menor potencial económico y conocimiento. Tras abrir zanjas, romper aceras, calzadas, bancales y montes, el Ayuntamiento recibe la obra con una garantía de equis años, caso de haberla. Al mes de concluir las obras, la empresa subcontratada quiebra o desaparece, la depuradora no funciona y los caminos y calles reasfaltados se hunden una y otra vez. El vecino afectado por un socavón llama a la empresa subcontratista sin resultados; llama a la adjudicataria primera, le dicen que ellos pagaron su aval y delegaron todas sus competencias en la otra. Cabreados, mareados, ninguneados, escarnecidos, un grupo de ciudadanos dirigen petición al Ayuntamiento, éste dice que está negociando con la empresa que realizó la obra para que repare los daños, aunque no existe. Al final, después de muchas reuniones y promesas, el Ayuntamiento, responsable último de la obra, accede a ir desfaciendo los entuertos producidos y los que se produzcan.

Las grandes empresas constructoras, con menos trabajadores que nunca, llevan años ganando miles de millones sólo por dar la cara en primera instancia

Es decir hay una primera empresa que ha cobrado de las arcas municipales sin dar palo al agua, otra que ha dado palo al agua pero como le ha venido en gana, con materiales baratos, trabajadores inexpertos y en precario, sin pericia y que al cobrar ha puesto los pies en polvorosa. Podría esta segunda haber seguido subcontratando hasta el infinito, y así ocurre muchas veces cuando el pastel da para ello. La primera no es responsable, la segunda no existe, el Ayuntamiento ha de arreglar los desperfectos y hacerse cargo de los gastos que estos originen, o sea que está pagando dos veces por la misma cosa.

Las grandes empresas constructoras, con menos trabajadores que nunca, llevan años ganando miles de millones sólo por dar la cara en primera instancia. Las empresas subcontratistas, abaratando costes con pocos escrúpulos, también ganan, pero aparecen y desaparecen como el Guadiana. Los ciudadanos pagamos. Y es que, de un tiempo a esta parte, parece que España es una subcontrata, que la vida es una subcontrata. Subcontratamos la educación y el cuidado de nuestros hijos a terceras personas; delegamos nuestras responsabilidades más primarias: Creemos que pagando podemos traspasar nuestras obligaciones de padres o de hijos. Ocurre igual con la gran superficie a la que compramos tal electrodoméstico: Eso la casa, nosotros no sabemos nada, sólo vendemos. Pero, ¿existirá la casa cuando vayamos a reclamar o tendrá otro nombre?... Con la empresa que nos suministra el teléfono o internet que ante cualquier avatar te pone una voz grabada que te da instrucciones diabólicas para que puedas acceder a alguien que te proporcione una solución adecuada a tu problema. Todo es delegación, subcontrata. Aquí ni Dios asume responsabilidades en nada, para eso están los soldados, los ciudadanos de a pié. 

Las empresas subcontratistas, abaratando costes con pocos escrúpulos, también ganan, pero aparecen y desaparecen como el Guadiana. Los ciudadanos pagamos

Es una cultura importada, venida hace décadas de Estados Unidos, que afecta a todas las facetas de la vida y, cómo no, al mundo del trabajo, cebándose más en el sector de la construcción, sector donde la siniestrabilidad laboral –debida a la búsqueda del beneficio rápido y especulativo, al empleo precario y a las subcontratas, entre otras causas- es la más alta de Europa. En 2023 hubo 1.195.000 accidentes laborales, de los que más de la mitad cursaron baja, concluyendo 721 con la muerte del trabajador, muerte que en la mayoría de los casos se habría podido evitar. Esos son los datos según la EPA, datos que no son fríos, sino que causan dolor y necesidad a miles de familias españolas, que transcurren en el anonimato y la oscuridad, sin homenajes, sin medallas, sin minutos de silencio. Eso sí es una catástrofe y ante ella, la indiferencia de las distintas administraciones contando –según dicen los sindicatos- con una de las mejores leyes de Europa sobre prevención de riesgos laborales, pero que no se aplica. 

Es la insoportable levedad del ser, o más bien, del no ser nadie. Ya lo decía César Vallejo: “Cuando un albañil se cae del andamio: No almuerza”.

La insoportable levedad de no ser