viernes 3/12/21

Uno de los eslóganes que más se corean en manifestaciones y actos antitaurinos es el siguiente: “No es cultura, es tortura”. Sobre la segunda parte de la frase no cabe objeción posible: en la mal llamada “fiesta nacional” se tortura hasta la muerte a un animal: Sin embargo, en cuanto su calificación, o no, como cultura, sí deben realizarse algunas consideraciones.

¿Cómo puede ser denominado cultura el hacer del sufrimiento animal; de la sangre y la muerte, un espectáculo y, además, ¿un espectáculo “apto para todos los públicos”?  En este sentido, recordemos los talleres para el fomento de la tauromaquia que han tenido lugar en Andalucía, Madrid  u otras comunidades. De igual manera, en nuestro país no hay limitación alguna en cuanto a edad para la entrada a los espectáculos taurinos, pese a las recomendaciones de la ONU en este sentido. La propia existencia de la tauromaquia se justifica en nombre de la tradición; una tradición que hay que preservar y para ello, nada mejor que “fomentar la afición desde las edades más tempranas”.

Pudiéramos preguntarnos: ¿qué valores se les está inculcando a estos niños – en este caso, el plural inclusivo en cuanto a géneros es descriptivo de estos valores de masculinidad propio de los toros-  que asisten a talleres o espectáculos taurinos? Si tenemos en cuenta la afirmación que construye el titular, esta pregunta sería retórica. ¿No debe ser la cultura promocionada desde las primeras edades? Máxime si dicha manifestación cultural es parte del patrimonio identitario nacional.

El problema no es en sí la calificación como cultura, si no qué representa la misma; es decir: cuáles son sus valores subyacentes. Además, dada su calificación como fiesta nacional, sus valores formarían parte de la identidad de los habitantes del solar patrio. La identificación de tauromaquia y fiesta nacional es, de nuevo, una apropiación indebida de símbolos y conceptos por una ideología, convirtiéndolos en patrimonio propio. Así ha pasado con la bandera, el himno, la patria o el mismo nombre de España: las ideologías conservadores y ultraconservadoras se han apoderado de todo ello, identificándolo con su manera de pensar y la de sus seguidores. Tanto es así que, una destacada líder del PP, Esperanza Aguirre, afirmó: los antitaurinos son antiespañoles; y continúa: que lo son porque saben muy bien que los Toros simbolizan mejor que nada la esencia misma de nuestro ser español

Como se desprende las palabras de la expresidenta de la Comunidad de Madrid, detrás de “los toros” hay una ideología muy bien definida; una ideología que está presente, ya no en “la plaza”, si no mucho antes: en la dehesa, donde se cría el ganado bravo. La existencia de esta ganadería está vinculada a una estructura de propiedad muy determinada: el latifundio. La citada estructura económica conlleva una estructura social muy jerarquizada, con grandes brechas entre los diversos grupos; por cierto, algo bastante acorde con el pensamiento conservador y ultraconservador citado.

El hispanista Ian Gibson, en una entrevista publicada por el diario ABC (22-05-95) hablaba del carácter progresista de la cultura, al estar relacionada con la solidaridad y la felicidad de la comunidad; es decir: estar basada en valores éticos positivos. Esta es la acepción de cultura que manejamos cuando decimos que los toros no son cultura.

Si, con Malinowski, entre otros, entendemos la cultura como el conjunto de ideas, creencias, costumbres o tradiciones, propias de grupo social, que generan una serie de productos.  Entonces los toros sí serían cultura, pues suponen un producto detrás del cual hay unas ideas y creencias muy precisas: una ideología –una cultura- que se explicita en la frase supuestamente pronunciada por el General Millán-Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936: muera la inteligencia; viva la muerte, increpando a Unamuno; casualmente, una personalidad de marcado acento antitaurino. Es la misma una cultura del sufrimiento, del dolor, de la sangre y, en definitiva, de la muerte. Por cierto, una cultura muy coherente con el pensamiento del General fundador de la Legión, los acontecimientos que se desarrollaron en España de los años 1936 al 39 y los casi cuarenta años siguientes de dictadura del General Franco, quien afirmo en una entrevista originalmente publicada en News Chronicle (Londres, 29 de julio de 1936): salvaré España del marxismo, cueste lo que cueste", ante lo cual el periodista le pregunta sorprendido: - ¿Eso significa que tendrá que matar a la mitad de España? El futuro dictador respondió sin ambages: - Repito, cueste lo que cueste.

Las frases de Milán Astray y el propio Franco explican suficientemente la calificación de la tauromaquia como “fiesta nacional”, su calificación como cultura y su defensa a ultranza por quienes miran con nostalgia el oscuro periodo Franquista. La ideología o la cultura del sufrimiento y la muerte está detrás de todo ello. Es lo que el historiador Rafael Núñez Florencio (2014) llama cultura de lo macabro.

Hablar de las vinculaciones entre derecha e Iglesia sería redundante. ¿Y, entre Iglesia y  tauromaquia, las hay? Si habláramos del montón de estampas, escapularios y demás parafernalia que utilizan los toreros, caeríamos en lo anecdótico. Por el contrario, al observar la imaginería religiosa que llena iglesias y museos o recorre las calles en Semana Santa, veremos un uso y abuso de la sangre; como uso y abuso de la sangre hay en una corrida de toros. Durante siglos, la iglesia ha utilizado la denominada pedagogía del sufrimiento para explicar y difundir sus dogmas.  La diferencia es que, en la primera, dicha sangre es pintada y en la segunda, es real; pero, ambas comparten esa cultura del dolor y el sufrimiento de la que venimos hablando.

Los defensores de la tauromaquia hablan del carácter estético de la “corridas de toros” y, en este sentido, podría compararse con el carácter estético de los martirologios de la iconografía religiosa. Hay una diferencia importante: las esculturas son de madera u otros materiales; los cuadros de tela y el toro no; de la misma forma que la sangre de los espectáculos taurinos, no es precisamente pintada. Pero, aunque los toros no son de madera, los protaurinos, basándose en informes pseudocientíficos, han extendido algo muy propio de la derecha: una fake news. Los toros no sufren. Como chiste, no está mal. Por ese motivo y para hacerlo aún más gracioso la Fundación Franz Weber (FFW) y la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal (AVATMA), han completado el mismo: los toros no sufren y las vacas vuelan. Así, han diseñado una campaña con este lema para responder científicamente, -en la web de dicha campaña pueden encontrarse informes científicos de calado sobre el tema -pero con humor, a tamaña falacia.

En los tiempos más agudos de la pandemia publicábamos en este mismo medio un artículo titulado: Solo la cultura puede salvarnos. En él, abogábamos por la cultura de lo público, de lo social y colectivo, frente a la cultura del individualismo y lo privado. Retomamos dicho título para afirmar que, frente a la cultura del sufrimiento, la tortura y la sangre, debe alzarse, como proclama la voz cada vez más clamorosa del movimiento antitaurino, la cultura de los derechos; en este caso, la cultura de los derechos de los animales. Además, siempre será más fácil que un defensor de los derechos de los animales defienda el derecho de las personas, que un defensor del maltrato animal lo haga. Finalmente, la defensa o no de la tauromaquia es un tema de derechos.

La tauromaquia sí es cultura