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martes. 09.08.2022
ACTO DE CANONIZACIÓN

Santos Papas

Por José M. Roca | Dos papas santos de una tacada, ahí es nada, para unirse a los ochenta que ya lucen en el santoral. 

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El Papa Francisco en el acto de canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II.

Con menos relumbrón del que acostumbra pero con la pompa requerida por la circunstancia, la Santa Sede ha celebrado el excepcional acto de canonizar a dos papas, evidentemente muertos, con la insólita asistencia de dos papas evidentemente vivos, Francisco I, el papa reinante, y Benedicto XVI, el papa cesante. Póker de papas.

En una ceremonia concelebrada por 150 cardenales y 700 obispos, el Papa Francisco ha llevado a los altares a Juan XXIII y a Juan Pablo II, en presencia autoridades civiles, veinticuatro jefes de Estado, entre ellos los reyes de España, y numeroso público.

Dos papas santos de una tacada, ahí es nada, para unirse a los ochenta que ya lucen en el santoral. Sin embargo, se percibe en la decisión no poco cálculo -molta finezza- del Papa Francisco, que según propia confesión no es de derechas y queda señalado por este acto como un papa de centro. La simultánea canonización es un gesto diplomático para satisfacer a dos sectores distantes de la feligresía, que puede tener formal expresión en los altares, cada uno en su peana o los dos en la misma hornacina, o quedar para siempre asociados como otros santos -Justa y Rufina, Cosme y Damián o Justo y Pastor-, pero doctrinalmente revela una síntesis imposible, pues existen evidentes contradicciones en los pontificados de estos santos varones.

Juan XXIII fue un papa renovador y Juan Pablo II fue un papa reaccionario. No conservador, como se le ha tildado, porque conservar hubiera sido defender lo que existía, que era la doctrina del Concilio Vaticano II, pero, asistido por el cardenal Ratzinger como gran inquisidor, empleó su pontificado en deshacer el legado del papa Roncalli. Pertenecían a épocas distintas y, cada uno a su manera, fueron fieles a ellas.

Juan XXIII fue un papa sensible al clima político de los años sesenta, los años de la descolonización, de las revueltas juveniles, del hippismo, de los derechos civiles, de la desestalinización y de la coexistencia pacífica. La encíclica Pacem in Terris fue una llamada al mundo entero tras la crisis de los misiles en Cuba, en 1962. El papa bueno coincidió temporalmente con Kennedy y con Jruschev, cuando parecía que la política podía llevar al mundo por otros derroteros. 

Con el aggiornamento o puesta al día, el Concilio Vaticano II (1962-1965) sacudió la modorra de las curias más recalcitrantes de la época, entre ellas la polaca y la española, de tal modo que el cardenal Tarancón dijo que el concilio sentó como una pedrada a los obispos españoles.

Era una Iglesia que se abrió al mundo y a la izquierda, que facilitó el diálogo entre cristianos y marxistas, en España animó el sentido social y el compromiso político contra la dictadura de los militantes cristianos de la JOC, la JEC y la HOAC, y produjo el fenómeno de los curas comunistas, de los curas obreros y guerrilleros (Camilo Torres, Domingo Laín, Manuel Pérez). Y en su estela se entiende la labor de Ignacio Ellacuría y de sus compañeros asesinados en El Salvador, de Jon Sobrino, Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez y otros teóricos de la Teología de la Liberación, la doctrina cristiana desde y para los pobres y los oprimidos (por los ricos del mundo y por los ricos locales), más cercana al espíritu del fundador, el hijo hippie de un carpintero de Nazaret.

El pontificado de Juan Pablo II responde a otra época, al giro a la derecha del mundo desde los años ochenta, cuando la llamada “revolución conservadora” impulsada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher era una reacción ante el vendaval libertario de los años sesenta, que halló en Karol Woygtila un valedor.

Tomando como ejemplo a la archicatólica Polonia, Juan Pablo II, asistido por el cardenal Ratzinger en calidad de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quiso imprimir en todo el orbe católico una concepción tradicional de la religión católica, restaurar el papel político de la Iglesia y reafirmar el poder jerárquico de la Curia. Restauró la Iglesia poderosa e intolerante e impuso la intransigencia doctrinal ordenando silencio a los discrepantes como Hans Kung o los teólogos de la liberación.  

Crítico con el capitalismo desde un enfoque medieval, fue sobre todo activo contra el comunismo al apoyar al sindicato Solidarnosc en Polonia, adversario del régimen comunista, y al perseguir de modo implacable la Teología de la Liberación bajo la acusación de estar influida por el marxismo.

Juan Pablo II utilizó una avanzada tecnología y los medios de comunicación para montar una parafernalia que le permitió rodearse de las masas, como si fuera una estrella de la canción o un político populista, pero hizo una Iglesia más cerrada sobre sí misma, más opaca sobre sus debilidades -su financiación (el Banco Ambrosiano, Roberto Calvi y el obispo Marzinkus) y los casos de pederastia- y su añejo mensaje, fiel a la idea de que se alcanza el cielo viviendo un infierno en la tierra, no trajo sino más dolor y más sufrimiento a los que creen en él, pues estaba lejos de responder a necesidades sociales del mundo de hoy. Su doctrina contradice en muchos casos la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los avances de la ciencia y del derecho, y en materia sanitaria, la más elemental sensatez.

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