miércoles. 19.06.2024

El Apóstol Santiago se le apareció en sueños al rey Ramiro I y le anunció que vencería en la batalla contra Abderramán II. Al día siguiente, el rey se lo dijo a sus caballeros, que se lanzaron al ataque al grito de «¡Santiago y cierra, España!»


Santiago Abascal anduvo por los riscos de Covadonga para venerar convenientemente los huesos del rey Pelayo. Durante cuarenta años la mítica victoria del monarca cristiano sobre las huestes infieles seguidoras de Mahoma, sostuvo el rancio relato que justificó la barbarie franquista. En la escena de la película de Amenábar “Mientras dure la guerra” Franco le manifiesta a su hermano la necesidad que la guerra dure años para poder “limpiar” a España de “infieles” marxista y republicanos. El genocidio se justificaría por la defensa de un concepto unamuniano sacado de contexto y referido a la “civilización cristiana occidental”. Franco exaltó la Reconquista por lo que tenía de lucha de recuperación, porque él creía haber reconquistado España, que estaba en manos del marxismo y del judaísmo. Él hizo un paralelismo entre la Reconquista y la Guerra Civil. De hecho, la iglesia católica nunca ha rectificado la aberración de asignar al golpe de Estado faccioso de 1936 el calificativo de “Cruzada” y santificar a los fascistas muertos en los avatares de la guerra como “santos por mártires por su fe.”

Estos son los cañamazos que, con más o menos intensidad, configuran el daguerrotipo ideológico de la derecha española, no sólo, la de Vox sino también la de un PP que nunca ha abominado del estado mental que sustanció el 18 de julio de 1936.

El PP nunca ha abominado del estado mental que sustanció el 18 de julio de 1936

Todo ello configuró, y configura, el relato del patriotismo de “vivan las cadenas” y el rempujar a la carroza del tirano Fernando VII, que la Transición enjalbegó como unos nuevos sepulcros blanqueados ataviados de democracia bajo la psicología impuesta de una España tardofranquista. Lo asombroso es que la izquierda ha sido incapaz de desmontar todo el relato rancio y pernicioso de una derecha anclada en lo peor de nuestra historia y que comprueba que su metafísica absolutista cala y es asumida incluso por sus adversarios políticos. La despresurización de la influencia social y política de Podemos mediante falacias groseras instrumentalizadas desde las cloacas del Estado hasta una prensa perita en el diseño de la mentira, pasando por unos representantes políticos conservadores sin escrúpulos, ha sido implementada sin que Podemos haya mostrado con eficacia una contrapremisa que sirviera de contención a cierto calado en la opinión pública de la estrategia mendaz del conglomerado postfranquista.

La Transición y el denominado consenso sirvió para la transfiguración de lo que debía ser la representación de los excluidos y maltratados 

“Los cómplices de ETA”, “los que liberan a los violadores”, “los que protegen a los ocupas”, y una retahíla de retorcidos infundios tienen incompresiblemente en ocasiones más audiencia, que unos guarismos económicos positivos mejores que los alemanes, la subida del salario mínimo, la revalorización de las pensiones o la facilidad del acceso a la vivienda, lo cual supone una distorsión dolosa de la realidad que nos hace vivir constantemente en un tiempo destinado a pasar. Dijo Santiago Ramón y Cajal: “Hay un patriotismo infecundo y vano el orientado hacia el pasado; otro, fuerte y activo: el orientado hacia el porvenir. Entre preparar un germen y dorar un esqueleto, ¿quién dudará?” Y ese es un problema que aún sobrelleva España porque el franquismo ha prosperado sin Franco. Eso fue la Transición, fue Suresnes, fue el Partido Comunista de Carrillo y Tamames. En este contexto, siempre se apela al sentido patriótico para trazar círculos caucasianos donde quedan fuera los inadaptados a los prejuicios ideológicos del conservadurismo. Es la espuria división de las dos Españas de fatigante largo trecho en el país: integrados y excluidos, a un lado y al otro de una nación concebida como propiedad de los intereses de las minorías influyentes. En el fondo, es la consecuencia de identificar España y la tradición española con los harapos de la decadente vida pública española caída en la miseria y en la hediondez y que, sin embargo, ha pretendido y pretende pasar por la genuina representación del alma española.

La Transición y el denominado consenso no sirvió para conciliar esa España dual propiciada por la derecha retardataria, sino para la transfiguración de lo que debía ser la representación de los excluidos y maltratados por el caudillaje; no se trataba en el fondo de que el régimen asumiera la voz de los que eran considerados la antiespaña, sino que los anatematizados como antipatriotas asumieran como propio todo el imaginario, la simbología, el sesgo psicológico de un sistema que destilaba la negación de ellos mismo como una gran fantasmagoría orteguiana.

Santiago y cierra, España