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sábado. 10.12.2022
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"A mí esas turbas no me incitan ni a reír ni a llorar, sino más bien a filosofar y a observar mejor la naturaleza humana"
(Baruch de Spinoza: Carta 30 a Henry Oldenburg)


Una noche de hace unos cuarenta años me sacaron de mi cama de madrugada. Me empujaron de mala manera fuera de la habitación del colegio mayor que tomé como residencia en mi primer año de universidad. Semidesnudo me arrojaron con otros compañeros hermanados en la bisoñez y en el sufrimiento de vejaciones sin cuento al jardín de la ilustre institución para ser una vez más objeto de alguna bizarra performance salida de la incontinente imaginación de algún estudiante veterano. En aquella ocasión el adolescente que aún yo era recibió en calzoncillos, junto con una docena de mis colegas, un baño de agua fría acompañado de varios cubos de arena y, como culminación de lo que supuestamente era la ejecución de la receta para la elaboración de una tortilla sui generis, un buen número de huevos que fueron arrojados a nuestros trémulos cuerpos entre gritos, insultos y carcajadas de un nutrido puñado de jóvenes arquitectos, jueces y médicos en ciernes.

Esta que evoco no fue sino una de las muchas «divertidas» fantasías que hicimos realidad coaccionados durante las dos semanas que duraron las novatadas que eran tradición en el Colegio Mayor Fernando El Santo de Sevilla. Hubo a quien le raparon la cabeza o le afeitaron media barba o le quitaron el colchón de la cama y se lo mantuvieron escondido durante varias noches. No me extenderé en la relación de más «eventos».

La noticia difundida por multitud de medios referente a lo ocurrido en un par de colegios mayores vinculados a la Universidad Complutense me llevó directamente a aquellos tiempos salvajes de mi época universitaria. Se dirá que no es lo mismo: una cosa son las novatadas y otra muy distinta proferir gritos ofensivos e insultantes en su literalidad a un grupo de mujeres. Pero creo que hay algo en esencia que conecta ambos sucesos, a saber, la relevancia del contexto cultural.

Cuando mis compañeros de aquel entonces y yo padecimos aquella retahíla de lo que entonces ya muchos percibimos como incomprensibles humillaciones las novatadas eran «lo normal». Esta etiqueta de lo normal es la mar de peligrosa, ya que con ella se puede justificar lo más injustificable; cualquier cosa, incluso la más intolerable en términos éticos, se puede convertir en lo normal y quedar así validada moralmente (sin ir más lejos, la desigualdad galopante de la actualidad es lo normal, pero atenta contra todo sentido éticamente fundado de justicia).

Hay una íntima conexión entre lo normal y la tradición. Recuerdo que, cuando concluyó el periodo establecido para las novatadas (según el capricho de la tradición, supongo), el director de aquel colegio sevillano, que se veía a sí mismo como un tipo progresista –según él mismo tenía a gala declarar siempre que encontraba ocasión–, en el acto de inauguración del curso pergeñó un discurso en el que justificaba la bondad de la tradición de las novatadas por el hecho de su existencia en una institución tan noble como la militar y por lo que tenían de ritual generador de camaradería.

Comportamientos de esta índole, rituales sociales de esta clase, en los que se subvierten las normas supuestamente admitidas por todos son muy interesantes por lo que tienen de revelador de la condición humana. Ésta, en su cruda realidad, se halla muy lejos de la fantasía intelectualista que hunde sus raíces en la filosofía clásica y se revalida con la modernidad. No somos ese sujeto cartesiano todo razón, sino más bien esa criatura híbrida que el filósofo francés Edgar Morin describe en su libro El paradigma perdido: el pasado olvidado. Ensayo de bioantropología con estas palabras: «el hombre no puede verse reducido a su aspecto técnico de homo faber, ni a su aspecto racionalístico de homo sapiens. Hay que ver también el mito, la fiesta, la danza, el canto, el éxtasis, el amor, la muerte, la desmesura, la guerra… No deben despreciarse la afectividad, el desorden, la neurosis, la aleatoriedad. El auténtico hombre se halla en la dialéctica sapiens-demens».

Como mostrara en el siglo XIX Robert L. Stevenson mediante su novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde en el rincón más primitivo de cada uno de nosotros mora la bestia y en la entraña de la civilización permanece latente el corazón de la barbarie, reconociendo –según sus propias palabras– «la completa y primitiva dualidad del hombre». Seguramente fue el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, quien de forma más cruda expuso en El malestar en la cultura (1930) la tensión existente entre las coerciones sociales y lo que él llama en esas páginas «bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie». La pulsión de agresión inserta en nuestra propia naturaleza constituye una de las fuerzas destructoras de la civilización (homo homini lupus), y por ello gran parte de la cultura va orientada a fomentar y mantener los necesarios mecanismos de coerción para contenerla. Lo mismo cabe decir de otro poderoso instinto que es parte de la «bestia salvaje», a saber, el sexo, el cual, llegado el caso de una falla de los recursos inhibidores, se convierte en agresión en forma de vejaciones, abusos y violación.

Ahora bien –y Freud se preocupó de recalcarlo– la represión tiene un alto coste psíquico en forma de neurosis. De vez en cuando hay que sacar a pasear a la bestia salvaje. En el propio espacio de la sociedad civilizada se admite la existencia de entornos en los que se permite el grito salvaje, el gesto inmoral, la palabra soez, incluso la rebelión contra la autoridad y la burla de lo sagrado. El carnaval es el caso paradigmático. Por eso el bando nacional causante de nuestra guerra civil se apresuró a prohibir su celebración en el país entero a partir del año 1937. Un régimen constitutivamente autoritario no podía tolerar de ninguna manera la manifestación de la inmoralidad aunque fuese por un tiempo estrictamente tasado. Otro ámbito en el que se tolera lo intolerable es el estadio de fútbol. Aquí, en cada partido, el insulto a la autoridad (el árbitro, el entrenador o la directiva de un club, según se tercie) es moneda corriente, amén de gestos obscenos (y groseramente machistas) que pueden ir dirigidos contra cualquiera, jugadores o integrantes de la afición contraria. Es «lo normal».

Es importante no perder de vista que en cada caso, a pesar de que se está forzando la costura de la sociedad civilizada, que se están transgrediendo los límites de la moralidad, hay un código que está operando en cualquiera de esas situaciones que suponen, de una forma u otra, la admisión de una cierta excepcionalidad. Gracias a ese código –generalmente no escrito– no se pone en riesgo en ningún momento la solidez de la sociedad civilizada. Principio fundamental de todos esos códigos es que de una forma implícita está reconocido en su validez por la cultura en su sentido amplio (la etnosfera) de forma que es de hecho un subcódigo integrado en el código cultural vigente para toda la sociedad más allá de cada ámbito particular. Así, en los estadios no valen los insultos racistas, y hay tolerancia cero al respecto porque choca de frente con lo socialmente vigente hoy por hoy (ilustrativas a este respecto las reacciones en las redes sociales a la supuesta broma sobre la homosexualidad de Iker Casillas seguida por Carles Puyol).

Creo que esto es clave a la hora de entender lo ocurrido entre los colegios mayores de la Universidad Complutense. Los protagonistas del hecho habían creado una suerte de espacio de excepcionalidad; diríase –a juzgar por los testimonios difundidos de muchos de los implicados– que habían asumido mayoritariamente un código que les autorizaba a lanzar mensajes que disfruta profiriendo esa bestia salvaje de la que nos habló Freud. Quizá se creyesen inconscientemente a salvo del severo juez moral social en su acotado entorno de estudiantes –la mayoría jóvenes bien de familias bien– que no estaban hablando en serio. Además se encontraban acogidos, al fin y al cabo, por instituciones que gozan del aval de la orden religiosa de San Agustín y de la Universidad Complutense y amparados –no se olvide– por la tradición de las novatadas.

Con la exposición en las redes sociales primero e inmediatamente después en los medios de comunicación, sin embargo, los mensajes soeces ya de dominio público pasaron a ser juzgados no por el código de las novatadas –del «esto en realidad es una broma, no va en serio»–, y su significado mutó. Ya no se trata de un juego acordado entre grupos que comparten un código en el contexto de una determinada tradición que lo normaliza, a pesar de contar con todos los ingredientes para aparecer como un acto machista y vejatorio.

El hecho de que esto viniera pasando desde hacía una década, con grabaciones existentes prácticamente desde entonces, demuestra que el código social vigente se ha endurecido a ese respecto de un tiempo a esta parte, y no digamos ya desde que yo padecí las dichosas novatadas. Ahora se cuida hasta el extremo la condena pública de cualquier atisbo de machismo o humillación de las mujeres. La prueba inequívoca de este estado de cosas es la condena sin paliativos hecha pública por el Partido Popular, que a este respecto cierra filas con el conjunto de partidos parlamentarios a excepción de Vox. En cualquier caso, es importante trazar nítidamente la línea para que no se alcance el punto en el que se convierta en normal tolerar lo intolerable. Pensemos en lo ocurrido en la Alemania nazi, cuando se convirtió en normal a ojos de la opinión pública el maltrato y la persecución de millones de conciudadanos por su pertenencia a la etnia judía.

Modular la coerción moral –esa fuerza social que en gran medida es la causante del malestar en la cultura que expuso Freud hace un siglo– es asunto ciertamente delicado por cuanto el exceso de celo en su ejecución puede resultar contraproducente a la postre. En este sentido tengo mis dudas sobre hasta qué punto es razonable plantear, como se ha hecho a instancias del Movimiento contra la intolerancia, una denuncia por un delito de odio a los protagonistas del escabroso tema que nos ocupa. ¿Tratar como una expresión de odio lo que a todas luces es un mensaje, ciertamente insultante y vejatorio, nacido bajo un código que rige en un contexto excepcional? ¿No podría esa denuncia dar lugar a una reacción en sentido contrario retroalimentando la ya existente corriente social antifeminista que parece estar ganando radicalidad en los sectores sociales más conservadores? ¿No es el delito de odio un tipo penal esencialmente relativo en su ponderación y con un considerable riesgo de coartar la libertad de expresión?

La reflexión sobre lo ocurrido representa una valiosa ocasión para corregir la conducta de grupos que, bajo cualquier excusa como la de la tradición, pueden inclinarse a tolerar lo intolerable

Todos necesitamos un espacio y un momento y a alguien que nos escuche para decir burradas, para confesar los más íntimos pensamientos, deseos o sentimientos que pueden ser objeto de la más absoluta censura moral y social. El malestar en la cultura genera una presión psíquica que requiere del establecimiento de espitas de desahogo, por así decir, con sus códigos de excepcionalidad, y que se tienen que mantener dentro de los estrictos límites de su ámbito y tiempo de validez. Por eso la tan amenazada privacidad en nuestros días es tan importante para la salud mental de cada uno, y me preocupa que su espacio se vea reducido por un uso de la tecnología de la información y la comunicación excesivamente invasivo. Existe una potente corriente cultural, de la que se beneficia el capitalismo de la vigilancia, que está provocando que se pierda el sentido de la privacidad y se despiste el juicio a la hora de discernir qué puede hacerse público y qué no (ahora mismo yo desconozco si quien expuso en las redes sociales aquello de lo que estamos hablando lo hizo para denunciarlo o para exhibirlo como inocua diversión).

Somos animales sociales según certificó Aristóteles –el mismo que nos otorgó el diploma de racionales–, pero por lo mismo somos grandes impostores. Cuántos de los que se rasgan ahora las vestiduras a cuenta de lo sucedido en Madrid no dirán cosas del mismo calibre o incluso más graves en sus refugios de privacidad. Pero esto es humano, muy humano, como lo es la hipocresía institucional.

La sociedad no es un ente monolítico. Es más bien un sistema de un altísimo grado de complejidad y sujeto a procesos interactivos que encierran tensiones de diversa naturaleza, la más elemental de las cuales es la que se da entre el individuo y el grupo, sea éste de la dimensión que sea y del ámbito que sea y cada uno con su correspondiente código. Es primordial que una sociedad logre inculcar a sus miembros los elementos de juicio necesarios para manejar convenientemente las susodichas tensiones, haciéndoles saber inequívocamente dónde se encuentran en cada respecto los límites éticos. Hoy en día esas tensiones se pueden ver multiplicadas e intensificadas por la atomización de los ámbitos culturales y la heterogeneidad de códigos que rigen en cada uno de ellos, lo que redunda en un aumento de la polarización y la merma de la experiencia colectiva, tan necesaria para la cohesión social. La reflexión suscitada a raíz de los hechos protagonizados por los colegiales de Madrid representa una valiosa ocasión para corregir la conducta de grupos que, bajo cualquier excusa como la de la tradición, pueden inclinarse a tolerar lo intolerable.

Salid de vuestras madrigueras