domingo. 14.04.2024
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Laëtitia.

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La miniserie francesa Laëtitia es una suerte de metaficción, en tanto intercala escenas rodadas y extractos televisivos reales, por lo general de noticieros. Es tan realista y sus personajes están tan bien interpretados y caracterizados, que casi que podría pasar por un documental. Basada en el libro difícilmente clasificable (es una especie de ensayo biográfico novelado, con parte de investigación) Laëtitia o el Fin de los hombres del historiador francés Ivan Jablonka, cuenta y analiza la cruda historia de Laëtitia y su hermana gemela Jessica, quiénes a principios de 2011 se hicieron tristemente conocidas tras el brutal asesinato de la primera a la edad de 18 años. El hecho conmocionó a Francia entera, abriendo un debate público sobre el funcionamiento de las instituciones, no sólo de aquéllas encargadas de la protección de la infancia, de un estado social otrora imponente. También inspiró a Jablonka para iniciar una reflexión en torno a las masculinidades, cristalizada en otras publicaciones, como el recomendable libro Hombres Justos: del patriarcado a las nuevas masculinidades.

La historia de Laëtitia y Jessica no es sólo la historia del asesinato de una niña recién estrenada su mayoría de edad, o la de la destrucción de su entorno próximo como consecuencia de tan traumática desaparición: se trata además de un relato ejemplar sobre las consecuencias fatales del resquebrajamiento del sistema asistencial francés en su conjunto.

Es importante hablar de resquebrajamiento y no de evaporación del sistema, porque la estructura persiste más allá de que asomen sus fallas, porque los procedimientos se mantienen aunque se adapten a los nuevos condicionantes. No es un estado diluido en el que el papel asistencial lo ha aprendido a jugar la gente a través de una cultura construida frente a la ausencia de instituciones, como puede suceder en paraísos liberales como EEUU, sino un estado tendente a la disfuncionalidad en el que la devaluada calidad de unos servicios públicos antaño muy sólidos, que contrasta con el mantenimiento de una descomunal presión fiscal, ha contribuido a que nadie, individualmente, haga nada por nadie cuando las instituciones fallan (también es cierto que el tejido asociacionista en Francia es importante).

Son esas hendiduras las que invitan a alojarse en su interior a canallas de todo signo, son esos procedimientos diseñados para sistemas funcionales, ahora precarizados, los que acaban dirigiendo a las víctimas hacia sus canallas. En este sentido, neoliberalismo en Europa es también la comunión forzada de dependientes y gente fuera de los márgenes de convivencia en las ruinas habitadas del sistema de protección social. Con ello no trato de plantear una visión idealizada de lo que era el estado de bienestar europeo antes de la era neoliberal, sino de subrayar la necesidad de analizarlo desde un punto de vista dinámico. No se trata, pues, de caracterizar un contexto dado para anclarnos a él, sino de ponerlo en movimiento para definir una situación: entonces todo iba a mejor, desde hace décadas el estado de bienestar no hace sino encogerse (obviamente, esto tiene una explicación histórica).

Jessica y Laëtitia sobrevivieron en los 90 a una familia desestructurada, dónde desestructurada significaba que las niñas no podían conciliar el sueño escuchando cómo en la habitación contigua el padre violaba con extrema violencia a su madre, el cual, por descontado, también le infligía todo tipo de castigos físicos. La madre acabó ingresada en un hospital psiquiátrico, mientras que el padre recuperó la custodia de las niñas tras cumplir su condena de violador en prisión. El estado le daba así una segunda oportunidad para seguir maltratando a sus hijas, pero no logró mantenerlas en lo material y sólo por ello la custodia le fue revocada. Luego, las niñas fueron a parar a una familia de acogida, el matrimonio compuesto por Michèle y Gilles Patron, lo que las introdujo en una etapa de abusos sexuales, al menos sobre Jessica, por parte de este último. Posteriormente se sabría que Gilles Patron abusó también de un niño y otras niñas a las que acogió antes que a Jessica y Laëtitia. También abusó de dos amigas de las niñas, quienes presentaron denuncias, sin mayores consecuencias, de hecho ni siquiera se planteó la suspensión de la acogida. Es más, Jessica, ya como mayor de edad y de manera totalmente consentida, siguió, confundida con su agresor, sufriendo abusos tras el asesinato de Laëtitia (ya lo dijimos el otro día, no nos cansaremos de repetirlo: en realidades institucionalizadas, que son las que acogen la mayoría de las agresiones sexuales, el consentimiento puede convertirse en subterfugio para los delincuentes). Fue en esta etapa con el matrimonio Patron cuando Laëticia se topó con su asesino, un peligroso delincuente sexual que nadie entiende cómo estaba en la calle (de hecho, el entonces presidente Sarkozy expresó públicamente una queja al respecto, lo que le valió una huelga masiva de la judicatura, por las condiciones en que tenían que desempeñar su trabajo), en libertad provisional pero sin vigilancia, quien la desmembró y arrojó a una laguna luego de abusar sexualmente de ella en la infravivienda de un familiar, de perseguirla con el coche (ella trataba de escapar hasta su casa en su scooter), de atropellarla. Ni siquiera con una de las niñas muerta el estado cejó en su dejación de funciones: durante la investigación policial del asesinato, la asistente social de las niñas ocultó deliberadamente a la policía, sin mayores consecuencias, las denuncias de las amigas sobre Gilles Patron.

Un sistema que otorga la custodia de unas niñas al violador de su madre, que da a unas niñas en acogida a un delincuente sexual, que no se plantea retirárselas tras denuncias por abusos sexuales por parte de las amigas, que tiene a un psicópata suelto sin vigilancia a sabiendas de que lo es, es, objetivamente, un sistema que se está comportando de manera disfuncional. Pero para comprender esta realidad, esto es aproximarnos a ella comprensivamente, necesitamos también tener en cuenta la lectura subjetiva de la experiencia vivida por cada cual en esta historia.

Citaba el polifacético artista indio Rabindranath Tagore en su Carta de una esposa (1914), obra pionera reveladora de la dominación patriarcal, el relato de Mrinal, quien hablaba de un médico «con razón disgustado por las condiciones precarias que presentaban los alojamientos de mujeres». Esa “razón masculina”, sin embargo, conducía al médico a un error de apreciación, que no de análisis, que la propia Mrinal se apresuraba a matizar: «él pensaba que esto era para nosotras una fuente de constante sufrimiento, cuando era todo lo contrario». Lo que llevaba a la mujer a concluir: «quiénes se tienen poco en consideración no consideran injusta la desatención, por lo que tampoco les causa sufrimiento». ¿Quién tiene razón aquí, la razón masculina del médico o la subjetiva de las mujeres, cómo tiene que articular este diálogo el estado? Carmen Rodríguez Martínez, quién se hace también eco de la cita de Tagore en Género y cultura escolar (pág. 25), es tajante en ese sentido: «los enfoques basados en el bienestar subjetivo no sirven para fundamentar una teoría normativa, porque dependen de la experiencia y vida de las personas, que limitará sus expectativas en función de las malas condiciones de vida experimentadas». Valga este argumento para las mujeres prostituidas: sus derechos no pueden depender de su percepción subjetiva. Lo cual no significa que sus voces no tengan que ser tenidas en cuenta, como nos suele reprochar armónicamente ese pintoresco pastiche de grupos antiabolicionistas que reúne a colectivos de puteros, mercaderes y tratantes de mujeres que se presentan como “empresariado del sexo”, intelectuales de la izquierda, artistas, o periodistas.

Laëtitia

Como se ha visto, en el mundo de Jessica y Laëtitia, en edad de ser legalmente prostituidas en el momento del asesinato de esta última según las propuestas reglamentaristas (pónganle de apellido el eufemismo que deseen), lo funcional era el abuso. Prueba de ello es que ambas compaginaban los abusos, en sus propios cuerpos y a su alrededor, con sus estudios, sus trabajos, sus relaciones sentimentales y de amistad, sus proyectos de futuro, conformando todo ello una normalidad para ellas. En esa normalidad hay que situar el hecho de que Laëtitia no evitara al que sería su violador y asesino nada más conocerlo fortuitamente (no se trata de culpar a la víctima: busquen vídeos reales del canalla, Tony Meilhon se llama, comprobarán de inmediato que se trataba alguien de quién cualquier mujer, para la que abuso y normalidad fueran incompatibles, rehuiría el contacto).

Este dramático ejemplo, aun siendo extremo y, en principio, sin relación directa con la prostitución, nos recuerda la necesidad de entenderla como institución social, como tal llamada a pervivir a quienes participan de ella. Con ello queremos decir que no podemos tener en cuenta únicamente a las mujeres que actualmente son prostituidas como parece proponer el reglamentarismo, sino que hay que pensar también en las niñas vulnerables que, de un día para otro, pueden encontrar en la prostitución una salida compatible con su normalidad, un fin aceptable respecto a ésta. Es necesario reforzar los (en términos neoliberales) “improductivos” sistemas de protección y de asistencia, en lugar de asumir que funcionan en condiciones ideales, porque ello nos conduce a desatender los accesos de mujeres a la institución prostitucional. Cuando, precisamente, eso es lo que reclama un sistema neoliberal: la presunción de funcionamiento utópico de los sistemas “improductivos” atribuye por defecto a la libertad individual la introducción de la persona a un sistema “productivo”, quedando este último legitimado, en el caso que nos ocupa, por una descomunal demanda. En el universo neoliberal, la libertad individual es el arma más eficaz para la eliminación de los obstáculos que entorpecen los accesos.

Como institución social, pues, la prostitución implica también a las mujeres y niñas que habrán de ejercerla, por lo que las transiciones y accesos a esta actividad deben entrar forzosamente en el debate. En este sentido, quienes abogan por la regulación de la prostitución deberán exponer, si quieren que se les tome en serio, de qué forma el estado deberá prever, sin diluirse en el comodín de la libertad individual de las personas, esas transiciones. Laëtitia y Jessica nunca cayeron en la prostitución, pero tampoco se salvaron de la injusticia de que la institución prostitucional las reclamara a voces.

Prostitución o el Fin de las mujeres