jueves. 25.04.2024

Al escribir este artículo no pretendo especular sobre la supuesta hija bastarda cuya paternidad se atribuye a Juan Carlos I, una mujer que según han divulgado los medios se llama Alejandra, tiene poco más de cuarenta años y estaría casada con un sobrino de Esperanza Aguirre. Mi único interés es dejar constancia del desconcierto que he sentido cuando al negar su hipotética paternidad, el Rey emérito ha exigido «respeto a la verdad y al honor» en alusión a lo publicado sobre su presunta hija. 

Vaya por delante que no es mi intención —al menos no a través de este artículo— censurar al monarca por la libertina vida que se le atribuye o su cuestionable implicación en situaciones de las que siempre ha salido indemne por su inviolabilidad, sino sólo analizar las causas que han propiciado el desdoro del juancarlismo así como la erosión que esto le ha supuesto a la institución monárquica. 

No obstante, sí querría dejar constancia de lo paradójico que me resulta que a raíz de atribuírsele una hija bastarda, este conspicuo personaje haya exigido respeto a la verdad y al honor, sin reparar en que ambas expresiones aluden a acepciones tan meritorias como: decencia, mesura, honorabilidad, honradez y decoro. 

No me resulta coherente que el Rey emérito haya exigido «respeto a la verdad y el  honor» siendo que en tantas ocasiones su comportamiento ha sido opuesto a lo que ahora exige. Recuerdo, por ejemplo, que cuando en su primer regreso a España tras dos años de ausencia marcados por escándalos relacionados con una presunta corrupción, al preguntarle una periodista de La Sexta si daría alguna explicación, el emérito respondió con una carcajada diciendo: «¿Explicaciones de qué?», una actitud que rebasa el límite de la campechanía y recuerda a quienes se niegan a dar explicaciones por lo mucho que tienen que ocultar. ¿Cómo es capaz de exigir respeto y honor alguien que salió en secreto del país donde reinó al verse envuelto en asuntos de presunta corrupción?

Me indigna la farsa que entre todos hemos montado al permitir que se encumbrara como héroe a un personaje público de relevancia y aplaudirle durante cuatro decenios, haciendo oídos sordos y girando la cabeza ante las arbitrariedades nada ejemplarizantes a las que era inmune por ser inviolable. 

Considero servil y bochornoso que en un país libre y democrático nadie exigiera una investigación acerca de los indicios de la hipotética probabilidad, y pondré de nuevo sólo un ejemplo, de que un espía del CESID se hubiera reunido con una famosa actriz ofreciéndole millones de pesetas a cambio de que no hiciera pública su relación con Juan Carlos I.

Sin embargo, la lamentable realidad es que hay muchas preguntas que nunca se quiso plantear ninguno de los gobiernos con los que Juan Carlos I ejerció la jefatura del Estado. Preguntas que tampoco se atrevieron a hacer los medios de comunicación, esos que ahora salen del armario para poner hacer público algo de lo que fueron cómplices pasivos al callar durante décadas. ¿Por qué este silencio para encubrir al monarca? No negaré que en algunos casos fuera por lealtad y en otros sencillamente por miedo, sin embargo también tuvo que darse el caso de quienes callaban por temor a que al abrir un gran melón de irregularidades salieran a la luz asuntos que pudieran perjudicarles bien a ellos o a sus partidos según fuera el caso.

Pero los hechos demuestran que poco a poco, la prensa ha perdido el miedo y llama claramente amantes a quienes antes calificaban de amigas entrañables, un cambio que ha quedado patente sobre todo desde el affaire Botsuana y desde que propio Juan Carlos ha dado motivos para ser cuestionado al exiliarse a una villa de lujo en Abu Dabi, donde tiene fijada su residencia personal y fiscal. Así es como el  “héroe de la transición” se ha ido convirtiendo en un personaje desacreditado tras ser protagonista de escándalos que han abierto los micrófonos  y cargado de tinta las plumas de quienes antes tanto callaron. 

Ya he reseñado al principio que no pretendía especular acerca de la supuesta hija bastarda de Juan Carlos I, no obstante, permítanme que comparta un dato al que he accedido tras documentarme que por pura curiosidad. Como la Constitución española no especifica que un heredero a la Corona deba nacer del matrimonio o ser hijo legítimo (como sucede en otros países monárquicos), en el supuesto de que el Rey emérito cambiara de opinión y reconociera a su supuesta hija bastarda, ésta ocuparía el undécimo puesto en la línea sucesoria al trono y su hijo —en calidad de nieto del emérito— el puesto siguiente detrás de su madre.

Podría seguir especulando sobre el tema de y plantearme si el monarca la incluiría en su testamento y que herencia podría dejarle, sin duda astronómica si tenemos en cuenta de que a una ex​-​amiga le​ regaló 64,8 millones de euros «por agradecimiento y por amor» según declaró la beneficiaria. Pero estos y otros más cotilleos prefiero dejarlos para las tertulias políticas y del corazón. 

El problema del emérito no es una supuesta hija bastarda, sino él mismo