viernes 27/11/20
REFLEXIONES EN TORNO AL DISCURSO DOGMÁTICO (X)

Los dogmas de la derecha

 

Tras el éxito obtenido por el neoliberalismo de Milton Friedman puesto a prueba por los Chicago Boys en el laboratorio que fue el régimen del dictador chileno Augusto Pinochet, sus tesis han recorrido el mundo hasta dominarlo en su práctica totalidad. Margaret Thatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en EEUU han sido, como sabemos, sus principales valedores, seguidos por otros dirigentes de las derechas más conservadoras hasta el día de hoy: Bolsonaro, Macri, Piñera, Angela Merkel, Salvini, Sarkozy, Macron, Cameron, Theresa May o Boris Johnson, José Mª Aznar o Rajoy y un largo etcétera, con Donald Trump a la cabeza. 

A diferencia de la izquierda, su adversaria política carece de reparos a la hora de ejecutar políticas económicas en su propio beneficio e intereses, sustentados en dos de sus grandes dogmas económicos: el mercado y la privatización del Estado, vale decir, de lo público. En este sentido, el liberal viene a ser un ingeniero social cuyo objetivo es sacar el máximo partido posible a las transacciones, tanto económicas como sociales. La derecha no tiene particular aprecio a la administración y a los servicios públicos, de tal suerte que no pone reparos a la hora de sacrificar éstos en función de sus intereses. Es decir, no vacila en privatizar servicios esenciales para la comunidad, como la educación o la sanidad, en aras, no necesariamente de su eficacia o eficiencia –aunque ése sea el discurso-, sino del máximo beneficio a empresas privadas, muchos de cuyos accionistas, consejeros, etc., son amigos o familiares de responsables políticos, o éstos mismos una vez concluido su mandato, mediante las consabidas puertas giratorias. Muchos políticos socialdemócratas también han caído en esta tentación, como bien sabemos, e incluso, determinados miembros de partidos comunistas y afines, como también conocemos. 

Tal como hemos podido comprobar en no pocas ocasiones, buena parte de los discursos conservadores en campaña electoral para ganar votos es la bajada de impuestos, a la par que la mencionada eficiencia de los servicios. Pero muchos votantes de las derechas no parecen preguntarse cómo es posible mejorar aquéllos bajando la fiscalidad. La respuesta evidente es su privatización, sea directa o encubierta. Pero a esto hay que sumar, como suele ocurrir, unas subidas impositivas a trabajadores con nómina, autónomos, pensionistas, etc. –nunca anunciadas en las campañas-,  junto con otras medidas como amnistías fiscales a la banca y a grandes empresas y fortunas –en esto consistían las reducciones de la fiscalidad anunciadas antes de las elecciones-. Como señala el economista Fernando Luengo, para el sector conservador neoliberal, “el Estado es intrínsecamente ineficiente y despilfarrador, mientras que el sector privado se comporta de manera eficiente y racional”. Con esta premisa se justifica el desvío de dinero público al ámbito privado, a fin de garantizar el crecimiento económico, “gran icono de la economía convencional”. 

Para el neoliberalismo, el dinero siempre va estar mejor en el bolsillo de las empresas que en las arcas del Estado, pues son aquéllas quienes, a la postre, saben cómo invertirlo y sacarle rentabilidad

Para el neoliberalismo, el dinero siempre va estar mejor en el bolsillo de las empresas que en las arcas del Estado, pues son aquéllas quienes, a la postre, saben cómo invertirlo y sacarle rentabilidad. Pero lo que las derechas no explican es por qué la reducción de impuestos a las grandes empresas y a la banca apenas contribuyen a reforzar la inversión productiva; o por qué sus gobiernos, bien es cierto que con el beneplácito de la socialdemocracia, les han transferido ingentes cantidades de dinero: por ejemplo, a concesionarias de ruinosas autopistas privadas españolas –más de tres mil millones de euros-, o a la banca –en España, como sabemos, más de 60 mil millones de euros-, a fin de rescatarlos de los efectos de la crisis de 2008 y resolver con dinero público sus problemas de liquidez, causada, en buena medida, “por una gestión arriesgada e ineficiente, responsable del crack financiero”, como recuerda Luengo. A la postre, quien paga tales desmanes del sector privado es el Estado, vale decir, los ciudadanos. 

El fin último de estas políticas de socavamiento del sector público es reducir a su mínima expresión la capacidad financiera de los Estados para atender sus necesidades de gasto. Una vez debilitado ese sector y reducidas a su mínima expresión las políticas sociales, se abre un espléndido panorama de negocio para la empresa privada, en especial, las grandes corporaciones, justamente en los campos que las políticas de debilitamiento del Estado han dejado agostados: privatizaciones de pensiones o de empresas públicas, cuya mala gestión han provocado su déficit, externalización de servicios públicos como consecuencia de un mal funcionamiento a causa también de una gestión ineficiente, emisión de deuda pública en los mercados como consecuencia del déficit en las cuentas del Estado, etc. De todo ello se benefician los fondos de pensiones privados, los intermediarios financieros, la misma banca, las grandes fortunas, y en general, las élites económicas nacionales e internacionales. Se trata, en definitiva, como se ha dicho tantas veces, de socializar las pérdidas y de privatizar las ganancias.

Sabemos bien que el sueño de este nuevo liberalismo es la razón del mercado en perjuicio del Estado y de lo público. Las consecuencias de esta filosofía política son de sobra conocidas: crecimiento de la desigualdad, concentración del poder económico, ingeniería financiera, extensión de los paraísos fiscales, desprestigio de la política, de los políticos y de la propia democracia… Todo ello ha calado en el imaginario social y forma ya parte de una cultura generalizada de desprestigio de lo público. 

Parece sin embargo, a día de hoy, no estar todo perdido. Aun podemos mantener la esperanza en los gobiernos progresistas que van surgiendo en Europa –España, Portugal, Italia…-, en América Latina –Argentina, Bolivia de nuevo, México…, en otras partes del mundo. El actual Gobierno de coalición en nuestro país pretende sentar las bases económicas de futuro mediante la expansión del gasto público, la puesta en práctica de una economía ecológicamente sostenible con la mirada puesta en las nuevas tecnologías y la digitalización, cuyos objetivos son alcanzar el pleno empleo o reducir al máximo la desigualdad superando la pobreza y garantizando los servicios básicos de vivienda, salud, educación, la igualdad entre mujeres y hombres, la integración de las minorías, entre otros muchos objetivos. Tareas que se antojan harto complicadas en estos tiempos marcados por el coronavirus, sobre todo, como señalábamos en la anterior entrega, si no se superan las graves deficiencias propias de un Estado anquilosado en una burocracia estéril, obstáculos insalvables para que medidas urgentes y vitales como el ingreso mínimo vital o los ERTE lleguen en tiempo real a los más afectados por la pandemia. Asimismo, una política fiscal que grave a las grandes empresas y a las tecnológicas, a las grandes fortunas o a la banca, etc., obligando a ésta a devolver el dinero público prestado en su día.

En definitiva, se trata de acometer “una inversión… dirigida al conocimiento, I+D+i, energías limpias, economía de los cuidados, industria sostenible y agricultura ecológica; una gran apuesta por la educación a todos los niveles y al fortalecimiento de la sanidad. No se trata sólo de recomponer sino de avanzar en un modelo económico y social diferente”, apunta el ex rector de la UCM, catedrático emérito de economía y presidente de CEAR, Carlos Berzosa.

Aun sabiendo que la coalición o la cooperación con tal Gobierno no va a traer la utopía de otro mundo posible sin miseria, sin explotación ni desigualdad que garantice la vida digna de millones de humillados y ofendidos en un mundo ecológicamente sostenible, es un imperativo moral kantiano, o si se prefiere, un deber revolucionario, acometer ese ideal con los únicos mimbres posibles que la izquierda tiene a día de hoy. Lo contrario sería mantenerse en la hipnosis de una ficción dogmática estéril.


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