lunes. 15.04.2024

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Poco ha, publiqué en nuevatribuna.es el artículo, ¿Quo vadis ArgentinaEn él citaba el libro de la politóloga Nadia Urbinati, titulado Pocos contra muchos. El conflicto político en el siglo XXI, prometiendo que en algún artículo posterior me detendría sobre él. Es lo que quiero hacer hoy. 

En su larga historia la democracia se ha caracterizado por organizar el proceso político en la toma de decisiones en torno al principio de igualdad de poder de todos los ciudadanos como individuos. Norberto Bobbio, en su libro ¿Qué socialismo? Discusión de una alternativa, concluyó que “la democracia es subversiva en el sentido más radical de la palabra porque, allí donde llega, subvierte la concepción tradicional del poder, según la cual el poder político, el económico, el patriarcal o el religioso, desciende o circula desde arriba hacia abajo”. La política democrática teme la oposición entre los gobernantes y los gobernados; pretende evitar la formación de dos grupos (los que tienen el poder, y los que no los tienen) y diseña procedimientos para favorecer la circulación del poder, para evitar la solidificación de una clase dominante. El planteamiento es claro: la igualdad política democrática solo puede persistir a condición de que se impida la formación de una clase política que, a la larga, tenderá fatalmente a formar un grupo en sí mismo, a formar una oligarquía: este ha sido históricamente el objetivo de la democracia. Para alcanzarlo los clásicos recurrían al sorteo cuando tenían que formar órganos administrativos, ya que querían que todos accedieran a las funciones públicas y que nada dependiera de una clase oligárquica. Los modernos abordaron este problema, con elecciones anuales o bianuales, como algunos revolucionarios de los Estados Unidos en el siglo XVIII. Para los clásicos, se trataba de permitir que todos se turnaran en las funciones de la administración y justicia, dado que todos, si lo deseaban, podrían participar directamente en la asamblea. Para los modernos, mediante las elecciones se trataba de acortar el tiempo de ejercicio del poder, evitando los mandatos múltiples e imponiendo mandatos cortos. Tanto los clásicos como los modernos idearon estrategias para imponer la circulación del poder con la pretensión de evitar su sedimentación, que es la situación idónea para la corrupción, el favoritismo y finalmente la oligarquía. La oligarquía es lo contrario a la democracia.

La conclusión de todo lo expuesto es clara. Lo que tenemos es una democracia sin sustancia solapada con una economía neoliberal

A finales del siglo XIX e inicios del XX con el objetivo de neutralizar el riesgo oligárquico apareció el pluralismo de los partidos políticos, como organizaciones de participación y consenso, y de formación del personal político. Mas tal loable objetivo fracasó. En su libro los Partidos políticos de 1910, Robert Michels expuso su teoría “la ley de hierro de la oligarquía”. La oligarquía está siempre presente en la organización política independientemente de las ideologías. El acceso a la información y control de una organización está en manos de los más altos dirigentes, que ocupan la cúspide de su burocracia, lo cual les permite ordenar las cosas a su manera. La presencia de la oligarquía resulta, por tanto, inevitable no obstante todas las proclamas e incluso las limpias intenciones de los promotores de un partido político. Y la tesis de MIchels sigue vigente en los actuales partidos políticos españoles. Se han convertido en máquinas electorales, cada vez con menos afiliados y seguidores, rígidamente controlados por sus líderes y su comité de dirección, perfectamente ensamblados con las élites económicas. Esta realidad la explica la socióloga Nadia Urbinati en su libro Pocos contra muchos. El conflicto político en el siglo XXI. Las elites políticas y económicas se han divorciado de la ciudadanía. Los “pocos” se han rebelado contra “los muchos”, renunciando a sus responsabilidades, por ejemplo, las fiscales.Esta idea de ese divorcio de las élites con respecto al resto de la sociedad la han expresado otros autores. Marco d´Eramo en su libro Dominio. La guerra invisible de los poderosos contra los súbditos, defiende que en los últimos 50 años se ha llevado a cabo una auténtica y gigantesca revolución de los ricos contra los pobres, de los amos contra los súbditos, de los dominadores contra los dominados. Antonio Ariño y Joan Romero la han documentado también en su libro La secesión de los ricos.  Para ellos se ha producido un desanclaje financiero, económico, político, cultural, moral y residencial de las élites en relación con la sociedad en la que se hallan nacionalizadas y tributan". 

Vivir cerca  y vivir lejos: la cercanía y la similitud de vida es -escribió Pierre Rosanvallon- lo que distingue la representación política de ayer (la del mandato de los partidos políticos, por ejemplo) de la representación en la era de la contrademocracia: la primera buscaba consignas y políticos  que pudieran mirar a  lo lejos; la segunda solo considera legítima aquella representación que proviene de los que están cerca, de los“semejantes”, de los que son “como nosotros”, porque los objetivos son cercanos en el tiempo, aquí y ahora.

La distancia que separa los dos grupos “los muchos· y los “pocos”, es demasiado grande para permitir a los segundos hablar en nombre de los primeros, y ni siquiera la imaginación creativa de la que es capaz la política (la ideología, por ejemplo) puede salvarla. Esta distancia mide la falta de confianza en la representación a través de los partidos o los sindicatos, y por tanto la política como reflexión, la construcción de alternativas de futuro, la mediación, el compromiso y la negociación, que han sido las condiciones del conflicto político tradicional.

Mas, lógicamente tal secesión de los “pocos”, de los ricos, de los poderosos tiene que provocar alguna respuesta de los “muchos”. El siglo XXI está jalonado de manifestaciones populares de los “muchos” en las calles: el levantamiento popular en Chile de 2019, los «chalecos amarillos» en Francia, el movimiento girotondi en Italia, Occupy Wall Street, primaveras árabes, los indignados y ahora las revueltas del campoSon formas de acción colectiva: revueltas iracundas, pero ninguna de ellas logra traducirse en un conflicto político. Politológicamente, el conflicto es muy diferente a la convulsión o el estallido. El conflicto se asocia a formas de protesta que se desarrollan con liderazgos partidarios, sindicales o sociales, y tiene un objetivo concreto alcanzable a través de una negociación. Hay conflicto cuando puedo demostrar mi fuerza a mi adversario, tengo representantes para negociar y organizaciones para representar. La razón por la que estos estallidos no llegan a configurarse en la forma de un conflicto político se debe a que los “muchos” han perdido esas organizaciones clásicas con las que contaban para rebelarse frente a “los pocos”. Esas organizaciones –sobre todo las partidarias o sindicales se han desligado tanto de su función mediadora entre sociedad e instituciones, que la sociedad solo puede manifestarse en forma explosiva, pero sin canales que la conecten con la política institucional real. Esto provoca que las protestas de los “muchos”, por más ruidosas que sean, acaben disipándose. Aunque repitamos sin pensarlo demasiado que los “muchos” se enfrentan a los “pocos”, tendemos a no ver este escenario desde el punto de vista opuesto: en realidad la oposición más radical hoy en día es la de los “pocos” contra los “muchos”, aunque no se manifieste con la misma claridad disruptiva, porque la acción opositora de los “pocos” opera generalmente de forma indirecta y bajo el radar, y solo emplea la violencia en casos extremos, como los golpes de Estado. Así lo puso de manifiesto Jeffrey A. Winters en su libro Oligarquía (2011), donde describe la historia de los más ricos, desde las oligarquías de la Antigua Grecia hasta los multimillonarios que hoy lideran el ranking de Forbes. Examina las estrategias de las grandes fortunas para defender sus bienes y los problemas que su éxito está causando al mundo moderno. Han pasado ya trece años de su publicación, pero sigue vigente. Hoy 62 personas tienen la misma riqueza que la mitad de los habitantes del planeta (unos 3.600 millones). En los EEUU los 20 más ricos tienen una fortuna equivalente a la de la mitad de los norteamericanos (unos 160 millones). Algo sin parangón en la historia de la humanidad. Un senador del imperio romano en la cima de la escala social, era 10 mil veces más rico que una persona promedio. En EEUU, los 500 más ricos tienen cada uno 16 mil veces más que un americano promedio. Ni siquiera en las épocas con esclavos, la riqueza estaba tan concentrada como hoy. 

El proceder de los “pocos”, que es más o menos indirecto y recurre a las leyes o a los resquicios que estas permiten: la de los “pocos” contra los “muchos” es la más persistente y fatal de las luchas: mucho más que la inversa, que siempre se produce como reacción -como he descrito antes, son revueltas sin convertirse en conflictos políticos- a una situación difícil creada por un desequilibrio de poder a favor de los “pocos”. Ejercer el poder directamente es algo que interesa mucho más a los que tienen mucho que perder (y proteger) que a los que tienen menos, como ya nos señaló Nicolás Maquiavelo. No obstante, la aparición de las instituciones y la política contemporáneas, incluida la democracia constitucional, nunca ha eliminado a los oligarcas, ni ha conseguido que la oligarquía quede políticamente obsoleta. Esto se debe al hecho de que en la democracia electoral no existen en la práctica impedimentos que puedan limitar efectivamente las formas materiales de poder de los oligarcas. La concentración del poder económico y financiero, y, por supuesto el mediático, pueden penetrar muy fácilmente en las instituciones que fueron diseñadas originalmente para permitir que “muchos” tuvieran el poder de influir en las decisiones políticas. A pesar de la división de poderes, de las elecciones, de la estratificación de las sociedades contemporáneas y el Estado de derecho, la oligarquía ha seguido existiendo y operando casi sin seguir molestada. Ni que decir tiene que a ese triunfo de los “pocos” ha contribuido mayoritariamente la clase política. A inicios del siglo XX el conde de Romanones ya expresó la misma idea: “Grave amenaza para los ciudadanos el ser gobernados por poderes ocultos. Esto acontece cuando el que manda no es el que firma”.

La conclusión de todo lo expuesto es clara. Lo que tenemos es una democracia sin sustancia -se vota, pero la democracia social posterior a la II Guerra Mundial ha sido arrojada al rincón de la historia- solapada con una economía neoliberal. La democracia de partidos ha sido desplazada por una democracia de audiencias. La política se ha escindido de la sociedad, ha descartado su función mediadora y ha decidido moverse como una esfera diferente y diferenciada de la ciudadanía. Y, por ende, irrumpen los Bolsonaro, Trump, Milei, Orban… Y obviamente, el concepto de democracia de Bobbio, citado al principio, de que el poder debe circular de arriba hacia abajo, lamentablemente en estos momentos se ha convertido en una mera ilusión, más que en una realidad.

Los “pocos” contra los “muchos” y viceversa