Un aire de familia
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La pretensión de justificar lo injustificable es un vicio universal que no entiende de ideologías. Durante decenios, en algunos círculos se intentaron relativizar los horrores asociados al estalinismo o el maoísmo. Se acudía al andamiaje de las circunstancias excepcionales, los contextos socioeconómicos o los parámetros históricos. Ahora bien, la reparametrización es válida en Física de partículas, no en Ética. Estamos ante otro caso de presuntos discípulos que desconocen olímpicamente a quienes tienen por maestros. Pues, conforme recuerda Camus en El hombre rebelde, la frase «Un objetivo que requiere medios injustos no es un objetivo justo» es de Marx.
Que barbaridades como las purgas de los años 30 o la Revolución Cultural conllevaron numerosos crímenes es una evidencia. Pero es que las coartadas esgrimidas con el propósito de minimizarlas no se sostienen. Lo que se ventilaba eran luchas de poder y por el poder, con las prebendas, sinecuras e intereses que vehicula y asegura. Además, esas y otras tragedias son consecuencias previsibles del monopolio dictatorial de una facción. En fecha tan temprana como 1918, Rosa Luxemburgo lo vio claro:
Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha de opinión libre, la vida se marchita en todas las instituciones públicas y la burocracia queda como único elemento activo. La vida pública se atrofia […] jefes de partido […] dirigen y gobiernan, el poder real se encuentra en manos de una docena de individuos. Esto es, en el fondo, un gobierno de camarilla, […] la dictadura de un puñado de políticos (La revolución rusa).
Muy otra cosa es que tal historial de desmanes sea utilizado por según quiénes de arma arrojadiza para estigmatizar a sus adversarios políticos, o sea, a cualquiera que no comulgue con sus convicciones, creencias y supersticiones. Mira por dónde, esos tipos resultan ser acérrimos defensores del nacionalismo, el capitalismo y el cristianismo. Y dado que autocrítica es una palabra que les suena tan extraña como los chasquidos de las lenguas khoisán, eso no les plantea la menor contradicción. Al parecer, son incapaces de ver las innumerables atrocidades que, durante siglos, han estado indisolublemente ligadas a los tres pilares de su chiringuito ideológico. Ni siquiera es cuestión de exigirles un mínimo de conciencia histórica: se muestran ciegos a las tropelías que se siguen cometiendo ahora, y que amenazan con perpetuarse.
Volviendo a la cita anterior, convendría releerla escrutando nuestras modernas sociedades democráticas sin gafas 3-D, sin filtros de Instagram ni Photoshop. A lo mejor percibimos un aire de familia. Y si todos somos conscientes de que las ideas no son responsables de los individuos que dicen profesarlas, no basta con señalar a unos pocos. La práctica del análisis objetivo detenido y racional es asunto delicado, pero es lo único que nos puede acercar a la honestidad y la justicia.