martes. 23.04.2024
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Hay quienes pronostican que si finalmente hay coalición entre Abascal y Feijoy (apellido híbrido creado por el columnista Juan Carlos De Manuel,) el histórico No-Do volvería a los cines, los rombos a la televisión, y hasta se rumorea que un clon idéntico a Mariano Medina daría partes meteorológicos con predicciones fundamentadas en el negacionismo del cambio climático. Pero de todos estos vaticinios en relación a un hipotético regreso a una España en blanco y negro, llama especialmente mi atención la imposición que por decreto ley obligaría a los españoles de bien a utilizar en su higiene íntima papel higiénico del Elefante como símbolo de obediencia y purificación.

Bromas aparte no negaré el desasosiego que me produce pensar en las derogaciones y retrocesos sociales que la ultraderecha tiene previsto exigir al Partido Popular a cambio de permitir que Feijóo presida el Gobierno de España. Tras las elecciones locales y autonómicas del pasado mayo, algunas controvertidas medidas llevadas a cabo en varios ayuntamientos y gobiernos autonómicos administrados por la coalición PP y Vox, son un anticipo de lo que podría suceder en la totalidad del suelo patrio si ambas formaciones lo gobernaran.

Hace pocos meses habría considerado surrealista —también imposible— que en la Comunitat Valenciana, dos cargos políticos de gran relevancia como la Vicepresidencia Primera de la Generalitat Valenciana y la Consellería de Cultura recayeran en un torero retirado, militante de Vox y sin más bagaje curricular que su éxito en los ruedos, haber estudiado derecho en su juventud y tener cierta notoriedad en las redes sociales tanto por su exaltación de la tauromaquia como por sus publicaciones a favor del fascismo. Una anécdota: el 1 de enero de 2021, Vicente Barrera, nombre del torero en cuestión, pidió ayuda a sus seguidores en una red social para ponerle nombre al caballo que acababa de adquirir ya que dudaba entre Caudillo, Duce ("se pronuncia Duche"escribió el diestro en el post) y Viriato. Tiempo después se supo que Barrera bautizó al caballo con el nombre de ‘Caudillo’.

Si me he decidido a escribir este artículo es por mi temor a que haya un retroceso en las libertades y avances sociales que tanto nos ha costado conseguir desde el minuto cero de la Transición hasta llegar a la democracia y el régimen de libertades que ahora disfrutamos. 

Apenas el PP y Vox han pactado los primeros gobiernos de coalición municipales y autonómicos, los populares no han tenido reparos para poner boca arriba sus cartas al aceptar las exigencias de Vox y ofrecer cargos de relevancia a ciertos personajes cuya actitud ante la homofobia, la xenofobia, la violencia de género, la exaltación franquismo y sus símbolos y otros rasgos que considero innecesario reseñar por ser fáciles de intuir, les hace avanzar por una escurridiza línea que les permite utilizar la libertad que confiere nuestro Estado de Derecho para, sin tapujos, proclamar voz en grito que si consiguen gobernar derogarán muchas leyes cimentadas en la libertad y en los derechos humanos que definen nuestro modelo social. 

Si no era suficiente con la amenaza de las derogaciones, la penúltima sorpresa —habrá muchas más— ha sido el regreso de la censura al mundo de la culturaun atentado contra la libertad de expresión que nos retrotrae a unos tiempos inmemoriales que para ciertos nostálgicos fueron tiempos mejores. No entraré en detalles enunciando las obras que se han censurado, pues ha sido noticia destacada en todos los medios, no obstante voy a dejar constancia de la inmediata respuesta de destacadas personalidades de la cultura que, agrupadas bajo el lema 'Stop censura', han denunciado las cancelaciones de actos culturales por algunos gobiernos de coalición entre PP y Vox.

Soy consciente de que el gobierno que preside Pedro Sánchez fue posible gracias a un pacto entre PSOE y Podemos. Esta legislatura ha sido una tortura por varios motivos (pandemia, guerra en Ucrania) pero también por la indignidad de una oposición que en lugar de cooperar poniéndose a disposición del gobierno en los peores momentos, ha querido rentabilizar la adversidad lanzando violentas acometidas a quienes ellos llaman gobierno socialcomunisten el mejor de los casos, y calificativos de más grueso calibre (gobierno criminalamparo de terroristas) en los peores.  

Pero que nadie se lleve a engaño, pues no son los gobiernos de coalición lo que pretendo cuestionar en este artículo, sino el calado ético de algunos partidos que los constituyen. 

Hubo agoreros pronósticos por parte de la derecha cuando Podemos asumió responsabilidades de gobierno. Sin embargo, los hechos han demostrado que España no se ha convertido en el reducto comunista que la oposición habría deseado para cargarse así de argumentos. Nunca he estado en la onda ideológica de Podemos (es fácil comprobarlo en la hemeroteca) pero reconozco que esa extrema izquierda ha sido correcta en las formas y ha respetado plenamente las reglas que impone la democracia. En ningún momento los de Podemos hicieron promesas de que cuando gobernaran se pondrían a derogar leyes a diestro y siniestro y a imponer un nuevo modelo social que coartara las libertades. O sea, de la amenaza comunista que agoreramente pronosticó  la derecha no hay nada de nada. 

La legislatura que ahora finaliza ha sido muy dura. El Gobierno tuvo que hacer frente (en solitario, sin la ayuda alguna de la oposición) a una pandemia implacable que, como una plaga bíblica, nos azotó apenas se cumplían los primeros cien días de gobierno. La coyuntura fue tan dantesca que no sólo se tuvo que luchar contra un virus desconocido sino también contra la actitud carroñera de una desleal oposición que puso palos en las ruedas ante cada medida que adoptaba el gobierno.

Finalizo con una declaración de Iñaki Gabilondo en una intervención en la Cadena SER en marzo de 2021:

«¿Se han dado ustedes cuenta que estamos observando el peligro que puede constituir la amenaza del socialcomunismo del cual permanentemente nos hablan y todos los elementos de inestabilidad de los últimos tiempos proceden del otro rincón?»

Los rombos de la tele, el NO-DO y el papel higiénico del Elefante