lunes. 15.04.2024

Ignacio Apestegui | Hace cinco años, más o menos por estas fechas, morí. Es el tiempo verbal correcto. Morí, pero un Comandante del ejército del Aire apellidado Acosta, no sé sí por compañerismo, en aquellas fechas yo aún era militar, o por abnegación a su vocación no me dio por perdido cuando los otros médicos lo habían hecho.

Bueno, es lo que me contaron. Yo no lo recuerdo. Como dice Extremoduro en su canción… «desperté al tercer día, en el psiquiátrico». Desde ese día hasta hoy se han suicidado al menos 18.000 personas. Ellas no tienen voz. Yo sí. Contra todo pronóstico, aún mantengo esa capacidad.

Llevo un par de días dándole vueltas a este artículo. Cuando escribo trato de dirigir las palabras hacia una idea importante. Sabía, necesitaba escribir sobre esto. Hay muchas aristas en esta bola de mierda y no caben todas en un solo artículo. Había que centrarse. A estas horas del día, ya se habrán suicidado unas ocho personas y en el tiempo que tardaré en escribirlo en hacerlo, un par de horas, habrán muerto otras dos al menos. Para ellos, para los que lo harán mañana o con un poco de suerte deciden no hacerlo, tengo también unas palabras. Unas reflexiones más bien. Pero al final, este artículo va dirigido a otras personas. A nuestras familias, amigos y a la sociedad en general.

Desde que hay registros, como suelen decir con otras muertes, se han suicidado 145.000 personas. Al menos en los registros del INE a los que yo he podido acceder, estoy convencido que son más, muchas de hecho, pero ya sabemos que hay cifras que no interesan. Lo normal, cuando una plaga se extiende por un país, sería que saliera en los noticiarios, que hubiera comités de expertos hablando sobre ella. Ministros y oposición encontrando (o discutiendo) soluciones. Pero esta plaga es una plaga silenciosa. Un acto vergonzoso para los que la sobreviven y una pregunta, un vacío para los que nos rodean.

Desde que hay registros se han suicidado 145.000 personas. Al menos en los registros del INE a los que yo he podido acceder, estoy convencido que son más

El suicidio es algo sucio de lo que nadie quiere hablar, cosas que le pasan a otras familias, a otras personas, pero lo cierto es que no. Supongo que es debido a nuestra herencia de las religiones del Libro, judía, musulmana y cristiana, o tal vez a que casi la mitad somos hombres entre 35 y 65 años. Por un lado, se nos ha dicho que el suicidio es el pecado más grande, pues la vida nos la dio Dios (voy a dejar a un lado mi opinión al respecto), por ende, nuestra vida no nos pertenece, debemos caminar por este mar de lágrimas con resignación y tener esperanza. Por el otro lado, nos han enseñado (a los hombres) a no expresarnos. Insultan al débil, al que siente, al que sufre…

Este mar de lágrimas al que llamamos vida. Hay días que te sientes roto. Por tu familia, por tu pareja, por el trabajo. Hay días que sientes que no deberías estar ahí, que no deberías haber nacido. Hay días que desearías estar muerto. Lo cierto, es que esa pena es normal. Es incluso sana. Todas las personas la sienten alguna vez, en menor o mayor grado. Es tristeza. Para llegar al suicidio. Para entender un poco mejor porque algunos pasamos de ese punto a decidir morir hay que entender una cosa. 

No estamos tristes, somos tristes

Me gusta usar melancólico, es hasta romántico verlo así, porque triste tiene connotaciones negativas (y evita la repulsión de los demás cuando intentas hablarlo). Ser triste es una condición. Los autistas usan la expresión «Neurotípico» para referirse a las otras personas, las que se autoproclaman normales. Los que sufrimos depresión crónica severa nos pasa algo similar a los autistas. Nuestras conexiones neuronales son diferentes. Algunos hemos nacido melancólicos, hemos sido niños tristes, niños viejos, o simplemente retraídos. Otros hemos sufrido tanto y durante demasiado tiempo que ha provocado una reconexión neuronal que nos mantiene en ese estado melancólico de pena perpetua.

Las enfermedades mentales siguen siendo un estigma social. No hace mucho tiempo a los niños con algún tipo de discapacidad se les escondía en las guardillas. Como si fuéramos una mancha, una deshonra, una vergüenza. La sociedad ha avanzado, un poco al menos, ya no se esconde a los diferentes. Pero aún no se nos entiende. Y esto no va a poder cambiar hasta que no se nos permita hablar sin tabú del dolor, de la tristeza, del vacío inmutable que albergamos.

La sociedad ha avanzado, un poco al menos, ya no se esconde a los diferentes. Pero aún no se nos entiende

Nuestro estado, nuestra forma de ser, es lo que lleva a una persona a querer morir e intentarlo. No es culpa de nadie (generalmente), por supuesto mucho menos de nosotros mismos. Para explicarlo, nuestro estado basal emocional, aquel estado emocional que tenemos cuando nada lo altera hacia la felicidad o tristeza, si lo pudiéramos baremar de 1 a 10, las personas neurotípicas se encontrarían entre el 5 y el 6. Cuando se enamoran o les toca la lotería alcanzan el 10, cuando sufren un revés se sienten en un 4 o 3, con la muerte de un hijo o una desgracia similar, podrían bajar hasta el 1. Pero con el tiempo volverían al 5. Los depresivos se encontrarían entre el 4 y el 3, en un momento de pasión podrían alcanzar el 8 y con una pena intensa caerían al 1. La depresión severa es un 3 o menos y cualquier bajón te pone en un 1.

Eres melancólico (más bonito que triste), ese es tu forma de ser, ese eres tú.

La última vez que ingresé en el psiquiátrico, con la que empecé el artículo, conocí a un grupo de gente maja. La enfermedad mental no entiende de condición, credo, raza o sexo. Éramos un variopinto grupo de personas, hablamos mucho sobre lo que sentíamos, sobre nuestros vacíos, nuestros temores, nuestra sensación de ser muñecas rotas. Según pasaban los días nos dimos cuenta que no estábamos, nos dimos cuenta que éramos.

Nos habíamos pasado toda la vida escondiéndonos, avergonzándonos de estar tristes, fingiendo cuando estábamos solos en una muchedumbre o cuando nos faltaba el aire al abrir los ojos por la mañana, decepcionados de estar vivos. Somos diferentes como un pelirrojo, uno entre mil. Somos diferentes, nuestro estado basal emocional es bajo. No debemos sufrir por ello, cuando lo aceptas estás, feliz no es la palabra obviamente, satisfecho, tal vez en paz.

La navidad es una época dura para mí. No es algo que importe o interese mucho a quien no me conozca así que no entraré mucho en ello, pero hay detalles que se extrapolan a cualquier depresivo. En navidad hay que estar «feliz», sea lo que sea eso. Hay música, ruido, colores y olores atacando tu alma continuamente. Mientras tú, al volver a casa, deseas que acabe. No despertarte por la mañana. Te duele el alma de sonreír y de ocultarte. Te duele ver a los demás reír, compartir, sentir esperanza por el nuevo año. Esperanza. Tu única Esperanza es una vecina fisgona.

En navidad hay que estar «feliz», sea lo que sea eso. Hay música, ruido, colores y olores atacando tu alma continuamente (…)Te duele el alma de sonreír y de ocultarte

El problema es que se nos ha dicho, sobre todo a los hombres, que no podemos estar tristes, hay que ser feliz, que no podemos ser débiles, no podemos llorar, no podemos sentirnos mal, incapaces, indignos, mentirosos, dañinos, enfermos, tristes, diferentes… Rotos. Que no podemos llorar cada noche, solos en casa. No podemos llorar hasta quedarnos dormidos de extenuación con los ojos rojos y la garganta irritada. Y por supuesto, no lo hables, no lo comentes a nadie, pues te dirán que no es nada, que todo el mundo le viene alguna vez mal dadas. Eres un quejica, Que no quieren que les estropees el día. Que siempre eres el cenizo. Que no, que no, que no hables.

Y luego te suicidas y la gente se sorprende

Sí mueres, pues bueno, a los muertos siempre se les pone bien, se les perdona incluso. A los vivos se les acusa. Sí yo… Te dicen. Pero por qué, sí nosotros… No te valemos… No somos… No nos quieres… Te preguntan y te acosan con lo que te han dado, dicho o sentido. Con sus acciones o emociones. Te llevan al médico y te llenan de pastillas. Te encierran para que a ellos se les pase la tristeza al ocultarte a ti como a los niños diferentes antes.

Pero es que esto no va de ellos. Va de ti. Va de que cuando necesitas hablar y no tienes con quien. Porque para llegar al punto de aceptación de tu melancolía debes descubrir que no estás roto. Que tienes derecho a ser diferente. Tienes derecho a sentir diferente. A llorar cada noche e incluso a reír y a ser feliz siendo un depresivo severo crónico.

Porque para llegar al punto de aceptación de tu melancolía debes descubrir que no estás roto. Que tienes derecho a ser diferente

Yo tengo la suerte de tener una pareja con la que puedo hablar y llorar. Estar mal o bien. Ser o sentir. Y tengo suerte de escribir, te ayuda a volcar sentimientos, a estructurarlos. Tengo suerte de haber estado, cuando estuve, las veces que estuve y con las personas que estuve, en el psiquiátrico. Me permitió romper los prejuicios, a abrirme de verdad, con sinceridad (sobre todo a mí mismo). Descubrí que tenemos derecho a ser melancólicos. A sufrir más que los demás y reír menos que los demás.

Casi el 1% de las personas que mueren cada año lo hacen por suicidio. Es la mayor causa externa. Casi 100 veces más personas que por violencia de género. Cada mujer asesinada es una desgracia, una vergüenza para nuestra sociedad y se demuestra en las políticas del Ministerio de Igualdad y en la implicación en la educación, cultura y sociedad en general para cambiar estos patrones y acabar con esa lacra social. De las 3941 personas que se suicidaron en el 2020, 2930 eran hombres, el 65%. La mayoría entre los 35 y 65 años. Más de 10 personas se suicidan al día. Podrías pensar que fue por la pandemia, pero no es así. Las cifras son constantes desde 1985 como se puede acreditar en los registros.

Creo que estamos heredando los pecados de nuestros padres y abuelos. Hombres que vivieron, mandaron y crearon una sociedad disfuncional que nosotros estamos intentando arreglar y nuestros hijos, la mía en mi caso, heredará de nosotros un poco menos mal, espero. Esta sociedad es la que nos culpabiliza por lo aprendido. Por los crímenes cometidos por ellos. Vemos campañas de prevención del suicidio (que no se publicitan demasiado) con mujeres sonrientes. Sonrientes… de verdad. Publicistas… El marco poblacional de referencia está claro que no es al que se dirigen las campañas. La mayoría somos hombres tirando a viejunos. Pero hemos heredado los pecados de nuestros padres. Somos víctimas colaterales de una sociedad machista que no nos permite sufrir. No es una opinión es un hecho. En el INE podemos encontrar que hay más (muchas) mujeres diagnosticadas de depresión, ya sea aguda o crónica que hombres, en cambio los números de suicidios son alarmantemente superiores en nosotros. Se nos permite aún menos sufrir o expresar.

Casi el 1% de las personas que mueren cada año lo hacen por suicidio. Es la mayor causa externa. Casi 100 veces más personas que por violencia de género

Desde que empecé a escribir este artículo se habrá suicidado otra persona en España. Pero nunca vas a saber quién es. Se esconde. Como hace dos décadas que ocultaban las muertes por violencia machista ya que (lo justificaban así los cabrones) podía provocar un efecto copia. Como sí los cobardes disfuncionales que golpean, maltratan o matan necesitaran inspiración para ser idiotas. Se esconde el suicidio. Pero aquí, al igual que en la violencia de género, lo que sucede es que se oculta a la víctima. Se la avergüenza y criminaliza a ella. Se la mete debajo de la alfombra. Eres tú, la víctima, la culpable. No la sociedad, la vida o esos malnacidos que te hacen mobbing hasta que no puedes más.

Esto tiene que cambiar de una puta vez

Hay que visibilizar el problema. Hay que hablarlo. En las noticias. En los periódicos. En las escuelas. Con los amigos y, sobre todo en la familia. El que sufre debe empezar a encontrar respaldo (positivo). Debe poder hablar sin que se le mande callar. Sin que se menudee sus sentimientos. Sí no se hace seguiremos muriendo más de diez personas cada día. Día tras día muertos, ocultos y olvidados.

Acabo con un párrafo dirigido a los suicidas, los que están claro, y a los rotos, a los tristes y a todas esas personas que se saben diferentes. Hay gente que nace y hay quien se hace. También que se deshace. No es imposible. Es difícil, mucho. Pero las conexiones neuronales son volubles. No quiero darte esperanza de una cura. No. Solo de la aceptación del yo. De tu yo individual, puro y único. Bello como es, triste. Sin tener que pedir perdón por ello. Estando en paz en tu tristeza. Cuando llegas a esa aceptación, a esa paz, puedes levantarte melancólico cada mañana, sin más esperanza que hacer esas pequeñas cosas que te alegran (porque las hay) y no abrumarte cuando llegues a ese 1 emocional (te acostumbras). Llora, sufre, ríe. Tienes derecho. No estás roto. No estás solo. No te preocupes, simplemente el silencio escondía esta verdad. Habla.

Navidad, suicidio y muerte