NAVIDAD

Cuando las travesuras de un elfo interfieren en la rutina de los hogares

Invertir cada noche en una nueva idea para un incansable repertorio de travesuras exige una originalidad permanente, sobre todo cuando repetirse es pecado mortal y el niño se erige juez implacable.

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 
Esta Navidad, un diminuto muñeco ha logrado instalarse en miles de hogares, alterar rutinas familiares y convertirse en una suerte de supervisor moral infantil con presencia permanente en el salón del hogar, sin campañas institucionales, sin consenso pedagógico y sin pedir permiso, conquistando su espacio con una sonrisa congelada y una promesa implícita de ejercer una vigilancia constante.

Padres, madres y también abuelos ponen a prueba sus ideas ayudándose de lo que les aporta Google o las redes sociales como si estuvieran preparando unas oposiciones

Obviamente estoy aludiendo al elfo navideño, ese ser aparentemente inofensivo, inmóvil durante el día y activo por la noche, que observa, vigila y evalúa la conducta de los niños mientras los adultos sostienen una ficción que ya no surge de la tradición popular, sino de una tendencia importada, viral y difícilmente reversible.

Presentado de entrada como un juego entrañable, el elfo ha evolucionado lo suficiente para, de ser un adorno decorativo, convertirse en el protagonista diario de la vida hogareña durante el mes de diciembre, pues cada mañana aparece en un lugar distinto del hogar tras haber cometido alguna trastada nocturna que los niños interpretan como prueba irrefutable de su magia. Y así, día tras día, el ritual se repite con la puntualidad de un reloj suizo y la expectación de un estreno cinematográfico infantil.

Sin embargo, lo que para los pequeños es una fuente inagotable de ilusión, para los adultos supone el inicio de una auténtica carrera de fondo creativa y una obligación que no admite fallos, despistes ni repeticiones, ya que, una vez que se acepta entrar en el juego, empieza la verdadera historia del muñeco que no duerme. O peor aún, la de los adultos que dejan de dormir —es un decir— ya que cada noche, cuando los niños caen rendidos, comienza la Navidad élfica adulta consistente en inventar, a contrarreloj y con escasas reservas de energía, una nueva travesura diaria que no pueda parecerse en lo más mínimo a la anterior. 

Que si el elfo aparece colgado de una lámpara; que si ha dejado la cocina hecha un desastre tras robar galletas; que si le ha pintado bigotes a Papá Noel; que si se ha sentado en la tapa del váter comiéndose un yogur griego. Todo ello, por supuesto, elaborado por los adultos a las once y media de la noche, con el cerebro derretido por la jornada que termina, la dignidad de guardar el tipo en mínimos históricos, y el peligro real de quedarse dormido en el sofá mientras se sostiene al elfo con una mano.

Invertir cada noche en una nueva idea para un incansable repertorio de travesuras exige una originalidad permanente, sobre todo cuando repetirse es pecado mortal y el niño se erige juez implacable y recuerda con precisión quirúrgica cada escena de los días anteriores, de tal modo que no hay margen para la improvisación descuidada ni tregua para el cansancio visible.

Y es así como padres, madres y también a veces abuelos ponen a prueba sus ideas ayudándose de lo que les aporta Google o las redes sociales como si estuvieran preparando unas oposiciones con el único objetivo de superar la escenificación del día anterior, con el único objetivo de no romper la ilusión infantil ni quedar rezagados en la comparativa silenciosa —aunque presente— de lo que aparece en las redes sociales donde tantos presumen de su ingenio y presumen de sus habilidades élficas con una creatividad que parece no agotarse nunca hasta que, cuando llegue —por fin— el 24 de diciembre se sienta una mezcla de felicidad y alivio ante la buena nueva de que el elfo regresará al Polo Norte el día de Navidad, no solo a descansar él, sino, sobre todo, a conceder a los adultos españoles una tregua bien merecida hasta el año siguiente… si es que para entonces volvemos a caer de nuevo en la tentación.