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Mi simpatía por Irene Montero fue menguando por su testarudez y falta de autocrítica. Un problema que salpicó a toda la cúpula de Podemos y así les va, divorciada de los primigenios círculos. La propia Belarra se hizo notar al permanecer tras una dimisión colectiva en bloque contra el paternalismo de un poder centralizado que desmentía los principios del partido. Pero eso no quita para romper una lanza, no tanto en favor de la ministra, sino por su efímera vinculación laboral a Mercadona como cajera.
Sería más interesante hacer periodismo de investigación sobre las condiciones laborales del colectivo que trabaja en ese feudo llamado Mercadona
Nuestra flaca y selectiva memoria nos hace olvidar muy pronto las cosas. Aquellos aplausos desde los balcones al inicio de la pandemia, nos parecen algo de un remoto pasado. En medio del confinamiento, el personal sanitario arriesgó su vida por los demás. Pero se aplaudía también a otro colectivo, felicitado por la clientela y ensalzado por la ciudadanía. No eran los grandes directivos de la banca o las empresas, a quienes nadie pudo echar de menos en esa crisis. Las cajeras de Mercadona representaban a un colectivo que nos abastecía cotidianamente.
Por eso es aún más lacerante, si cabe, utilizar esta prestación laboral para descalificar a quien sea. Revela una mentalidad apestosa. Eso es obvio. Pero el insulto se vuelve contra quien lo profiere cual boomerang y debería significar su final en la vida pública. Tampoco me han convencido mucho la ingeniosa y facilita réplica de Montero. Podría haber aprovechado para denunciar la situación laboral de una empresa que cultiva su imagen y pretende convencernos de que vela como nadie por sus trabajadores. Una mínima inspección laboral podría poner en tela de juicio esa propaganda. Bastaría preguntar a los médicos de familia que conocen los problemas del colectivo y confrontarlos con las actuaciones de los médicos contratados por la empresa para evitar bajas laborales a toda costa. Pero podría haber casos mucho más indignantes e impropios de una mínima deontología laboral.
Ojalá esta impresentable descalificación de quienes fueron consideradas heroínas hace bien poco, pusiera el foco de atención sobre los derechos laborales en un emporio comercial que, como tantos otros, aplica una implacable lógica del beneficio comercial a costa de lo que sea. Ha calado la propaganda de pasearse con una piña para ligar, pero sería más interesante hacer periodismo de investigación sobre las condiciones laborales del colectivo que trabaja en ese feudo llamado Mercadona, sobre todo si el ministerio de trabajo no muestra interés alguno por intensificar sus inspecciones laborales, aunque sea de modo aleatorio, como en los controles aeroportuarios. Hay protocolos mucho más útiles que otros.


