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viernes. 03.02.2023

Debo confesar que no entiendo este nuevo escándalo. Me refiero al producido por la expresión “cultura de la violación”. Sacada de su contexto es un disparate censurable, pero quizá sea simplemente una desafortunada elección terminológica. Se quería poner sobre la mesa unas campañas institucionales de ámbito autonómico realmente aviesas. Que las potenciales víctimas tengan que ser cuidadosas va de suyo. Pero aconsejar veladamente que no salgas a correr o a tomar copas porque así te conviertes en una presa fácil es desviar el foco.

Con esa publicidad se asume que las mujeres no deben provocar los instintos del varón. Jamás olvidaré aquella sentencia que nos habló de una minifalda y del calor estival para comprender mejor al ardoroso violador de turno. El caso de la manada sigue siendo un referente nauseabundo. Apreciar ambiente de jolgorio en las grabaciones que hicieron los violadores grupales y reprochar a la víctima que no superase su amilanamiento denotan una inquietante patología sexual. Hay un clima social en el que muchos varones consideran a sus parejas como algo de su propiedad y no resisten verse abandonados. Ojalá se suicidaran antes de matar a nadie.

Jamás olvidaré aquella sentencia que nos habló de una minifalda y del calor estival para comprender mejor al ardoroso violador de turno

La violencia contra las mujeres alcanza cotas incalculables en algunos países, donde los feminicidios y la violación son moneda corriente. Bolaño lo señala en su magnífica novela 2666. El abuso sexual a menores forma parte de la misma perversión. Al parecer entre nosotros los preadolescentes consumen porno desde muy temprana edad y se tiende a replicar ese modelo de relación sexual con las parejas, porque no cumplir con esa referencia te hace raro. Estamos ante un problema educativo y de pedagogía social. Habría que desmitificar el sexo y considerarlo un aspecto más de la vida. Un gozoso goce que debería disfrutarse sin mayores complicaciones.

Dicho esto. La ministra de Igualdad no puede permitirse insultar a todo el poder judicial. Ni tampoco parece oportuno arremeter contra la oposición, recordando campañas autonómicas por desafortunadas que pudieran ser, en una sesión de control al gobierno y para echar balones fuera o defenderse de los excesos verbales recurriendo a ellos. Lo único que se consigue con ello es olvidar a las víctimas y hablar de los representantes políticos obviando las cuestiones de fondo. ¿Costaría tanto reconocer que La Ley de garantía integridad de Libertad sexual es mejorable y consensuar sus posibles mejoras para evitar el efecto contrario al perseguido por su espíritu?

Con la controvertida ley trans, Irene Montero está cometiendo el mismo error de creerse infalible y, de paso, está escindiendo el movimiento feminista

La postura de no reconocer los propios errores e intentar atenuarlos con las equivocaciones ajenas está bastante generalizada. Sólo sirve para engañarse a uno mismo y soliviantar los ánimos. Genera discusiones que no sirven para nada, salvo para generar falsos conflictos que obvian los problemas a resolver. En política ese comportamiento supone una falta de respeto hacia la ciudadanía y la peor de las estafas, al robarle a los ciudadanos el protagonismo que merece su presunta soberanía. Con la controvertida ley trans, Irene Montero está cometiendo el mismo error de creerse infalible y, de paso, está escindiendo el movimiento feminista. No son sus palabras lo preocupante, sino sus hechos, que son inamovibles por una total carencia de autocrítica.

Las palabras y los hechos de Irene Montero