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viernes. 03.02.2023

Menos mal que la pandemia nos iba a hacer mejores

Pensar que las guerras y las pestes nos harán mejores personas no es imagen que confirme la historia

Así consta en la hemeroteca. Y de manera profusa. Una y otra vez, no se sabe si como consuelo o placebo para tontos, nos dijeron que, pasada la covid, seríamos mejores personas. ¡Qué alivio! Lástima. Porque no solo no concretaron en qué aspecto seríamos más buenos que el pan, sino que tampoco especificaron cómo sería tal transformación. Si por el “método sin más”, por ósmosis o por sobredosis de miedo.

Aquel aviso repetido una y otra vez en los medios fue una burda generalización. Anunciaba un progreso general. De ahí que lo más probable es que pensáramos que aquella mejora ética o moral no iba con nosotros, sino con los demás. Ya se sabe que los otros son el infierno y necesitan mejorar.

Mejorar éticamente debido al miedo que el apocalipsis de una pandemia o una guerra nos pueda meter en el cuerpo no es una buena escuela de mejora moral

No obstante, el discurso caló. Algunos soñaron con que los violadores dejarían de serlo y que los políticos volverían a ser políticos y no se convertirían en unas hienas enceladas en acechante cacería. Eso, o ingresar en un convento para recibir lecciones de oratoria parlamentaria o leer en grupo el libro El arte de callar.

Pero, transcurrido un tiempo prolongado, lo único que se puede afirmar sin equivocarnos es que la pandemia cumplió para satisfacción de las farmacéuticas, pero no dio los resultados previstos al nivel ético anunciado.

Cualquiera lo puede comprobar. Los supervivientes de la Covid han seguido cultivando sus hábitos anteriores sin menoscabo alguno. Y no hace falta señalar ahora a los más conspicuos transgresores del Código Penal para ver que siguen en sus trece criminal. No. Basta con mirarnos a nosotros mismos y hacer un escáner de nuestra manera de comportarnos antes y después de la covid.

Y, la verdad, ojalá que, tras la pandemia, hubiéramos mejorado todos, ética, política y socialmente. Individual, colectiva e institucionalmente. No cayó esa breva, ni ningún maná de los anunciados por estos samaritanos de la palabra.

Para colmo de males, la abuela parió trillizos. No bastó con que la pandemia se llevara por delante millones de personas, sino que, en el colmo de los colmos, quienes dirigen este mundo han tenido la maldita idea de echar a sus países a los pies de un Saturno devorador llamado guerra. Ahí están, sí, los rusos y los ucranianos, pero no nos engañemos: en ese encarnizamiento geopolítico se encuentra el armamento bélico de Europa, EE UU y China y los que a última hora se apunten para aprovecharse de los despojos.

Y, visto lo visto, uno se pregunta cuántos muertos serán necesarios para considerar a sus responsables intelectuales como criminales de guerra. La pregunta es retórica. Y no es para alarmarse. A fin de cuentas, ¿cómo llamar a unos dirigentes que, después de salir de una epidemia angustiosa, no vacilaron en meter a sus ciudadanos en una guerra?

El panorama geopolítico actual asusta más que la pandemia. Esta no la buscamos. Llegó contra nuestra voluntad. La guerra, no, que la han decidido unos líderes en un despacho. Unos, los malos, para atacar; otros, los buenos, para defenderse. Como dice el refrán: “entre unos y otros, la casa sin barrer”. Mientras tanto, uno se pregunta para qué existe la Diplomacia.

A la vista de esta situación, no puede uno sino recordar el análisis del filósofo Hegel quien sostenía que “la guerra debe ser promovida por el Estado de tiempo en tiempo para que la sociedad civil no caiga en el aislamiento, es decir, en la desvinculación del fin general que representa el Estado, gracias a la seguridad y estado de paz que este mismo le otorga”. En definitiva, para que no olvidemos quién es el Amo y quién manda.  

La idea hegeliana ya estaba en Hobbes, como lo está en Putin, desde luego. Pero no nos hagamos ilusiones. Piensan lo mismo Biden, Xi Jinping y Macron. ¿Y Sánchez? Claro. Si no, no resulta lógico invertir esos presupuestos en militarizar el país en lugar de hacerlo en el sistema educativo y sanitario. ¿Se invierte más dinero para perfeccionar las armas de matar que para curar e investigar? Si es así, ¿es exagerado calificar de locos e irresponsables a los gobiernos actuales?

He recordado a Hegel, pero, también, se podría concitar en estas líneas a Unamuno. En un texto de 1909, a propósito de la guerra del Rif, decía el escritor vasco: “Empiezo por deciros que a mí me parece muy bien la guerra (…) creo que a nosotros, como a otros colectivos, nos conviene vernos en estos trances para que se despierte el espíritu colectivo nacional» ("De patriotismo espiritual”. Artículos en La Nación de Buenos Aires", 1901-1914).

Hegel y Unamuno lo decían sentados en su despacho al calor de un brasero. Pero, ¿qué pasaría si estos líderes políticos e intelectuales tuvieran que ir a la guerra para defender su país? Es muy fácil escribir “dulce y hermoso es morir por la patria”, mientras sean los otros quienes vayan a la guerra, empuñen las armas y mueran con el vientre reventado y los ojos fuera de sus cóncavas.

Las guerras fueron siempre un negocio de ricos y de reforzamiento del Estado. Desde Asurbanipal, unos de los pocos reyes de la antigüedad que sabia leer y escribir, hasta Putin, profesor de Derecho. Es de pardillos ingenuos pensar que las guerras “ocurren” para elevar y mejorar el nivel ético de las personas. Un nivel que rara vez ha tenido que ver con la denominada “Estatura moral del Estado de Derecho”.

Si las guerras hubieran sido fuentes de Derecho -eso pensaron los franquistas tras el golpe-, y de Ética, a estas alturas los europeos serían encarnaciones ambulantes de Kant. No ha habido siglo en que sus hombres no se hubieran dedicado a matarse entre sí. Pensar que la gente sale de ellas con un sentido más justo y solidario de la vida es una falacia. Hagamos memoria y recuperemos el comportamiento de quienes ganaron la última guerra que padeció España y saquemos conclusiones. Desde el punto de vista ético son aterradoras. Ni los obispos salen libres de la acusación de genocidas.

Pensar que las guerras y las pestes nos harán mejores personas no es imagen que confirme la historia. Probablemente, suceda lo contrario. Ya lo advirtió un clásico con su habitual sarcasmo: “hay personas que solo se hacen buenas cuando la Parca se los lleva”. Por lo demás, es aconsejable desconfiar de los agoreros y recelar del principio de causalidad conductista y del reduccionismo interpretativo. Tales métodos, aplicados a los hechos sociales, producen defectuosos análisis y falsas conclusiones.

Mejorar éticamente debido al miedo que el apocalipsis de una pandemia o una guerra nos pueda meter en el cuerpo no es una buena escuela de mejora moral. Se inscribe en el catálogo de la pedagogía de la zanahoria, esa que se utilizaba para que los burros tiraran de un carro sin desmayarse. El asno, al intentar alcanzar la hortaliza, que colgaba del palo colocado delante de su hocico para avivar sus papilas gustativas, avanzaba, sí, pero la zanahoria se mantenía igual de lejos e inalcanzable a su deseo.

No nos mueve la ética, sino la recompensa, el miedo y el Código Penal. El miedo es lo que nos mantiene a raya. Antes, era Dios, el cielo o el infierno. Para el caso es lo mismo. Lo común es que nos comportemos bien o lo intentemos persiguiendo el brillo de una zanahoria como el burro de la fábula, pero, como dijo Kant, se trata de una deleznable, poco consistente, perspectiva ética. Salir de ella no resulta fácil. Menos todavía, cuando los Estados que organizan nuestras vidas siguen pensando que la ética es cosa suya y que puede avivarse mediante el concurso de una guerra o de una peste.  

Menos mal que la pandemia nos iba a hacer mejores