lunes. 04.03.2024
Mascarilla

Después de escuchar los argumentos del vicepresidente madrileño sobre la superación del dolor de los familiares de los ancianos que fallecieron en las residencias, tuve una pesadilla en la que todos los delitos que se cometieron por aquel entonces quedaban completamente exonerados.

Recuerdo que por aquellos días a un amigo le robaron el coche y ahora ya se había comprado otro. Tal vez no procedía perseguir a la banda que operaba por toda la geografía nacional y vendía los coches de contrabando en Marruecos. Por lo que a mí respecta, yo no quería que mis sueños formaran parte de una literatura inocua. Incluso soñando quería denunciar todo lo que estaba pasando a mi alrededor.

En Cádiz, por ejemplo, siguiendo esa nueva ley de amnistía pos-pandémica hacía muy poco tiempo soltaron a un famoso actor que era tertuliano habitual de ciertos programas de televisión. Por lo visto además de mantener relaciones con mujeres famosas y sacar grandes sumas de dinero debido a su popularidad, el sujeto en cuestión era un empresario de éxito en el mundo de gasolineras. Había llegado a tener más de cincuenta creando su propia marca. Aquello debió de llamar la atención de la Policía, debido a lo rápido que había subido su imperio a pesar del monopolio que las grandes marcas tienen en ese sector. La realidad era que se dedicaba a vender el combustible a los traficantes que cruzan a diario el Estrecho para traer de forma ilegal el hachís.

Luego estaba el tema del blanqueo que en algunos casos era hasta divertido. Tanto es así que hace muy poco tiempo pillaron a una organización que se dedicaba al narcotráfico en la provincia Cádiz invirtiendo en comprar una planta de placas solares. El mundo actual contenía paradojas muy extrañas. Al teniente de la Benemérita que lo detuvo le preguntaron por su repentina libertad debido a la nueva amnistía, y no se le ocurrió otra respuesta que decir algo simpático. «No sé... se estarán volviendo más verdes...».

No quería que mis sueños formaran parte de una literatura inocua. Incluso soñando quería denunciar todo lo que estaba pasando a mi alrededor

Sin embargo, yo que a menudo me veía nunca envuelto en esas aventuras que salían en las portadas de los periódicos, estaba bastante contrariado por la sobrevenida libertad de tantos delincuentes. Mirando a mi alrededor sentí un ambiente ominoso. Una especie de terror latente se escondía en una realidad cotidiana perfectamente normal y ordenada. Se trataba de la locura cotidiana.

Justo cuando había encontrado algo de paz en mi vida sonaba el teléfono móvil. Me encontraba en el bar X. Este lugar no necesitaba la aprobación de Hemingway ni de Saramago. Tenía entidad propia. Se trataba de un bar mítico del barrio conocido por sus codornices fritas. Llevaba más de cincuenta años abierto y en el pasado servían muchas clases de pájaros fritos, incluso gorriones. Eran otros tiempos. Ahora solo servían codornices fritas pero estaban tan deliciosas que siempre estaba lleno. Tal vez el cielo era eso. Tomar una cerveza y agasajar con una codorniz a una mujer bonita. «Nada malo puede pasarte en Tifanny's», había dicho la diva de Hollywood. Yo era mucho más vulgar y mis lugares preferidos tenían menos glamuor. ¿Quién me iba a culpar por ser feliz con unas viandas tan baratas? Pero tenía que pasar algo para fastidiarme la tarde.

Por poner un ejemplo aquella noche comenzó de forma rara pues me llamó mi nuevo jefe para que hiciera el relevo a un compañero una hora antes porque le había picado un insecto y se encontraba muy mal. Yo debí olerme el pastel pero me ganó la bondad y me presenté allí lo más rápido que pude. Cada uno es dueño de sus actos y a mí no me sirven las excusas. Cuando llegué me vi frente a un mentecato caradura que se quejaba de una tontería. Simplemente no tenía ganas de trabajar. Me pareció muy extraño todo.

¿Acaso no era fácil caer en la locura? Luego los psiquiatras te veían menos de dos minutos y salían al paso con una lista de diagnósticos que iban desde el trastorno bipolar a la paranoia. ¿No parecía como una especie de confabulación para molestarme? No. En realidad, cada uno tenía su propio interés, pero la suma de todos ellos tenía como resultado algo que se asemejaba demasiado a una broma de mal gusto. Realmente yo tenía mucha responsabilidad.

Me habían encargado ser escolta de un montón de personajes importantes y apenas me dejaban descansar. Sin embargo, no me encontraba con fuerzas para afrontar demasiados nuevos retos como mandar a freír espárragos a mi jefe y su hipocondríaco lacayo. Sobre todo porque tenía más de cuarenta y cinco años y sabía lo que esa edad significaba en el mercado laboral español. Me sentía lejos de todo y de todos. Eso por no hablar de mi estado de nervios y una interminable lista de achaques de salud. Pero ajeno a mis numerosos males, aquel individuo pedía un relevo anticipado porque le había picado un mosquito. Era profundamente indignante como manera de comenzar una ordinaria jornada de trabajo.

Las colas en los supermercados y en los centros de médicos ahora habían sido sustituidas por las colas en los bares

Pero claro, aquello solo acababa de comenzar. Irónicamente en mi sueño aquella noche trabajaba para el club Bilderberg. Era muy estresante. Pero la ciudad se estaba recuperando de la crisis del coronavirus al menos en cuanto al estado de ánimo se refiere. Por la tarde me había dado un paseo por la zona de bares del barrio y las colas en los supermercados y en los centros de médicos ahora habían sido sustituidas por las colas en los bares. La gente estaba ávida de ocio. Incluso se les estaba agotando el género. Al mismo tiempo que la ciudad retomaba su pulso los robos iban en aumento. El club Bilderberg iba a dar una fiesta y yo formaba parte de su seguridad. Sin duda, la mía era una profesión de riesgo. Pensando en un casi imposible deseo de abrir un negocio de cualquier tipo, me olvidé ya del asunto de la picadura del mosquito.

Luego llegó alguien de ese club y me dijo que había movida. La plebe de mantenimiento se alejaba de la garita escuchando un comentario mío al conserje a propósito de la poca discreción de los socios con sus celebraciones en tiempos de pandemia. Algo que sería totalmente premonitorio de lo que vendría después. Unos socios muy importantes de ese club habían organizado una gran fiesta, una lujosa boda. El problema era el horario, puesto que contrataron la barra y los músicos hasta la cinco de la mañana, cuando el horario límite impuesto por las autoridades andaluzas para el ocio nocturno era hasta las dos.

Mi prodigiosa imaginación no tardó en encontrar un vago parecido entre el virus que permanecía agazapado en alguna parte entre nosotros, la fiesta y el cuento de Poe La máscara de la muerte roja. No pasó nada de eso. Ni siquiera ocurrió nada interesante. Yo me limité a contemplar el trasiego de mujeres hermosas y hombres bebidos hasta que, aproximadamente a las cuatro de mañana, aparecieron dos hombres con muy malas caras y me enseñaron sus placas de Policía. Eran de la secreta.

- Buenas. Los vecinos se han quejado de la fiesta.
- Ya, a mí tampoco me han invitado, yo cuando comencé el turno ya estaba empezada.
- ¿Cuánta gente hay en la fiesta?
- No le puedo facilitar esa información.
- ¿Quién es el responsable? Quiero hablar con el responsable.
- Un momento... ahora le aviso...

Fui a avisar al responsable que estaba en el cuarto de al lado bebiendo cerveza. Tenía la sensación que todo aquello era totalmente absurdo. ¿Eran realmente necesarias aquellas restricciones? ¿Cuánta gente seguía muriendo a causa del virus sin que ya nadie llevara la cuenta? Pero una cosa estaba clara, las restricciones a medio gas eran totalmente absurdas. Ni impedían los contagios ni dejaban a la gente divertirse libremente. Por otra parte, era inevitable que una cierta cantidad de gente falleciera por el virus.

 Cuando uno piensa en la muerte a veces tiende a buscar las cosas bonitas de la vida. Incluso de manera inconsciente pretende sublimar cosas que en realidad no son tan hermosas. La vida es la misma aunque te estés muriendo, lo único que cambia es que te queda menos tiempo. Por eso lo mejor es ser realista. El mundo estaba cada vez más acostumbrado a soportar cosas sin sentido. Y en cuanto a las restricciones y al ocio nocturno, algo había aprendido de las pandemias. Las medidas, normalmente, iban por detrás de los movimientos del virus. Tanto era así que pronto quitarían las restricciones sin tener en cuenta que, precisamente, se acercaba el momento en el que los anticuerpos iban a decaer y, tal vez, aumentarían los contagios. Una enorme puerta de entrada para se produzca una sexta ola. Y lo iban a sufrir sobre todo los ancianos de las residencias.

La vida es la misma aunque te estés muriendo, lo único que cambia es que te queda menos tiempo. Por eso lo mejor es ser realista

Sin embargo, en el momento actual las medidas o bien no hacían falta o eran demasiado extremas. Y, por supuesto, la gente necesitaba un poco de esparcimiento o, de lo contrario, iba a volverse loca. Por lo demás, yo sabía perfectamente la ley. De hecho, los escoltas estábamos obligados a colaborar con los cuerpos y fuerzas de seguridad. Sin embargo, aquello no era un crimen. Ni siquiera algo ilícito. Se trataba de una infracción que, a lo sumo, conllevaría una sanción administrativa. Eso por no hablar de la ley de protección de datos y del contrato de confidencialidad que me había hecho firmar mi empresa.

No sé por qué pero nadie me veía nunca cara de responsable. Por otra parte, lo que estaba sucediendo no era culpa mía. Por supuesto que la fiesta no se podía ocultar puesto que, a parte del ruido, estaba teniendo lugar en el restaurante que tenía una terraza en la orilla del mar y podía verse desde todas partes. Cuando regresé con el conserje me di cuenta de que los paseos hacia la barra para agenciarse unas cervezas desde luego que le habían pasado factura. En efecto, cuando llegó el responsable al interrogatorio policial, la cosa subió de tono debido a su falta de experiencia al tratar con la Policía y a las bravuconadas que le provocaba el alcohol.

La multa fue expedida a su nombre aunque yo estaba casi seguro que nadie pagaría nada porque el club tenía mucha influencia y, en caso necesario, los mejores abogados. Sin embargo, el bochorno de lo que estaba sucediendo fue enorme. En un momento dado, el conserje se dirigió a la hermana de la novia que pasaba por allí y le dijo que la celebración había terminado. No me sentía nada cómodo con lo que estaba contemplando. Para mí, la literatura se basaba fundamentalmente en el misterio. Y por eso debería estar escribiendo cuentos en mi casa. Los senderos del mal que me habían llevado a estar aquella noche inmiscuido en dicho asunto eran muy complejos. La hermana de la novia estaba cada vez más roja. Ella le respondió preguntándole si estaba de broma. Luego se fue bamboleando su enorme trasero con aire de estar muy enfadada. Poco después se produjo el desalojo de todos asistentes.

Los senderos del mal que me habían llevado a estar aquella noche inmiscuido en dicho asunto eran muy complejos. La hermana de la novia estaba cada vez más roja

Sin duda, la situación era muy distinta pero a mí me recordó vagamente la genial película de Buñuel, porque muchos de los invitados se negaban a salir a pesar de los esfuerzos de la Policía. Solo que, en este caso, era al revés que en la película. No querían salir por un motivo real, seguir bebiendo. Poco a poco, la situación se fue reconduciendo y la alta sociedad gaditana hizo caso de la autoridad. Pero querían llevarse las copas a la calle y tuve que llamarles la atención. No estaba permitido beber alcohol en la vía pública.

Mientras tanto, mi mente divagaba con el bar donde antes de la pandemia yo compraba churros después de trabajar. Fue una víctima colateral del coronavirus y ahora estaba cerrado. Por fortuna, todavía no habían desaparecido otros bares de tapas tradicionales del barrio, pero la verdad que no me gustaba como algunas franquicias o incluso particulares de nuevo cuño se hacían con lugares míticos para abrirlos de nuevo desprovistos de la anterior magia gaditana.

Por poner un poco de humor en el asunto me gustaría hablar del apartado: lo que perdimos durante la pandemia. En mi caso está claro que perdí una hermosa amante de Nicaragua y otra de Brasil. Mis amigos tampoco lo estaban. Uno de ellos acababa de ser ingresado en un psiquiátrico porque le había dado una crisis psicótica. Ahora estaba tomando un fuerte tratamiento de pastillas y, debido a la toxicomanía la familia lo había apuntado a rehabilitación. Vino a buscarme un día que yo estaba de resaca para que le hiciera de seguimiento. Yo le dije no.

Yo tampoco estaba bien. Todavía me pasaba las tardes bebiendo cerveza y escuchando a Bob Dylan en un bar. Allí conocí a un narcotraficante jubilado que se lamentaba de todo el dinero que había dilapidado invitando a unos falsos amigos. Yo le trataba de animar diciendo que había sido magnánimo y que no se sintiera mal por ello. Por supuesto que casi me pega.

Como ya he dicho antes, yo tampoco estaba bien. Supongo que me estaba recuperando de la visita de la brasileña que fue francamente mal. Una mujer a la que había querido durante tantos años y que me mostró su cara más cruel cuando le pedí ayuda. Incluso me tildó de vagabundo con techo. El esperpento de Valle-Inclán había llegado a mi vida para quedarse. Vino a verme desde Galicia, es verdad. Pero vino para ver qué podía obtener de mí en lugar de ayudarme. Eso por no hablar de sus propios problemas. Había engordado mucho. Y se había apuntado a todos los estereotipos que yo odiaba. Desde vivir de las ayudas hasta comer comida basura. Ya no era la mujer que un día conocí. Y en absoluto me gustaba el cambio. Al menos ahora podía ser realista. Se había cerrado el círculo. Me encontraba completamente solo.

Una mujer a la que había querido durante tantos años y que me mostró su cara más cruel cuando le pedí ayuda. Incluso me tildó de vagabundo con techo

Antes de que se marchara la Policía, uno de los invitados volvió y les advirtió que solo unas decenas de metros más abajo se estaba produciendo una enorme pelea en un masificado botellón. Yo me guardaba de decir lo que pasaba con las lanchas que transportaban droga todas las noches en la playa porque no quería quedar como un entrometido. Salí a la puerta y contemplé poco después los coches de la policía local. Terminó el botellón y fue sustituido por la aglomeración de los invitados a la boda, que una vez desalojados se pusieron a beber en la puerta del club. Sin duda, eso era incluso peor que la celebración que tenía lugar con anterioridad y había sido parada por la Policía.

Mientras se marchaban los invitados, les hice varios comentarios. Vi a una chica sonreír y a otra romper a reírse a carcajadas. Más tarde, todo volvió a la calma. La calle se quedó sola y en silencio. Yo volví a mis quehaceres, que en aquellos momentos consistían fundamentalmente en no hacer nada. En realidad, era impresionante la cantidad de ruidos que brindaba la noche para un oído despierto. Un ambiente de violencia soterrada se respiraba por todas partes. Los robos y las agresiones iban en silencioso aumento. Era evidente que se estaba perdiendo el principio de autoridad. La noche era mucho más caótica que antes de la pandemia. Los ruidos daban buena cuenta de ello. Desde rabiosos gritos que tal vez anunciaban una lejana agresión o una pelea, hasta canciones beodas y furibundos acelerones de coches de alta gama y motores fueraborda que cruzan el rio a toda pastilla.

Era evidente que se estaba perdiendo el principio de autoridad. La noche era mucho más caótica que antes de la pandemia

Sin duda, estábamos viviendo unos tiempos muy locos. Pero París ya no era una fiesta. El día anterior, por ejemplo, fui a tomar una cerveza a un bar y un taxista me dijo que había gastado todos sus ahorros durante el confinamiento y que ahora no paraba de trabajar. Los camareros de un bar de toda la vida ahora estaban en la otra punta de la ciudad y las tiendas cambiaban de manos de una manera completamente acelerada e inusual. No quería tomar decisiones importantes sin tener claro lo que estaba pasando. Tanto era así, que me imaginaba que cuando llegara la desaparición del efectivo los narcotraficantes iban a querer comprar hasta las piedras para lavar el dinero negro, que de un día para otro, podía quedar sin valor.

Otras veces me imaginaba como El gran Gatsby haciendo dinero rápido para impresionar con fiestas de moda a un hermoso amor del pasado. Me gustaría escribir de algo más alegre. Escribir, por ejemplo de la emoción que se siente cuando se mira a una mujer hermosa. Y de la hermosa locura que siento cuando estoy a su lado. Sin embargo, por ahora yo andaba en otras preocupaciones ojalá que fuera por poco tiempo. La verdad era que añoraba sentirme escritor. Pero lo único cierto era que estábamos viviendo unos tiempos como mínimo igual de locos que los años veinte.

Y, a veces, tenía la sensación de ser demasiado indiscreto. No podía hablar con nadie de manera ociosa y, si expresaba abiertamente algunas de mis ideas enseguida se creaba a mi alrededor una trama peligrosa. Quitando la paranoia que yo me mismo me montaba me había dado cuenta de algo. En efecto, había un peligro real en hablar con determinada gente que te encontrabas en la calle. Ahora más que nunca era mejor mantener la boca cerrada. En cualquier otra profesión, tener un criterio propio es un valor añadido. Sin embargo, en la seguridad privada es algo prohibido. Máxime cuando a menudo veo narcolanchas que navegaban por la playa a sus anchas después de haber descargado toneladas de droga en pleno centro de la ciudad, sin que la Policía pudiera hacer nada por falta de personal.

La verdad era que añoraba sentirme escritor. Pero lo único cierto era que estábamos viviendo unos tiempos como mínimo igual de locos que los años veinte

Es cierto que no es todos los días. Pero pasa a menudo. Resulta evidente que en Cádiz se necesitan más efectivos de la Policía Nacional. Todo el mundo habla de las restricciones por la pandemia, pero nadie hace caso a lo que está pasando en sus propias narices. Hoy en día hay tal exceso de información que es muy fácil redirigir la mirada del receptor hacia el lugar interesado. Por ejemplo yo había leído El viejo y el mar de Hemingway y si no fuera porque hubo una vez que fui de vacaciones a Cuba y conocí gente igual que las que describe el libro pensaría que el personaje de Santiago era un personaje de ciencia ficción.

Ya no se sabe lo que es verdad y lo que es mentira. En otras palabras, pasan tantas cosas a la vez que la gente poderosa selecciona previamente de lo que quiere que hablemos, independientemente de su importancia real o de su veracidad. Por el contrario, otras noticias tal vez más importantes y con más impacto en nuestras vidas pasan inadvertidas.

¿Dónde estaban los verdaderos delincuentes?. Basta con sentarte por la noche a la orilla de la playa. Es un negocio tan grande y que mueve tanto dinero que supongo que ya no tienen efectivos para perseguir a todos los narcotraficantes de España. Y no creo que el método sea demasiado sigiloso. Más bien se trata de la saturación. En efecto, cada noche yo escucho el paso de unas embarcaciones muy sospechosas a unas horas muy raras. La Policía ha hecho numerosas incautaciones en enormes naves de los polígonos industriales de esas poblaciones. No había que ser muy listo para darse cuenta de que el negocio de la droga era cada vez mayor en todas partes.

De hecho, aquella noche, en mi pesadilla, todos los delitos cometidos durante la pandemia quedaban perdonados, incluso el tráfico de hachís como de cocaína. Sin embargo, había que guardar el material de las incautaciones. Tanto es así que en los depósitos de la policía se había acumulado una enorme cantidad de lanchas decomisadas a los traficantes en un depósito improvisado al aire libre, un material muy poco edificante para encontrarse en mitad de la ciudad, demasiado cerca de un colegio público de educación secundaria.

Pesadilla en la que había una amnistía para delitos durante la pandemia