martes. 23.04.2024
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José Luis Abalos

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Conviene recordar algunas cosas.

Primera: Aunque hay quien no está de acuerdo (como hay quien piensa que la tierra es plana), las mascarillas fueron un instrumento, junto con los cuidados médicos y las vacunas, que colaboró a terminar venciendo a la Covid. Pero, ahora, sabemos que, como no hay mal que con (póngase "con" y no "por") bien no venga, esa bondad tuvo efectos negativos colaterales. Y fue el tener que pagar altas comisiones de intermediación en la adquisición de esas mascarillas por las administraciones públicas.

Segunda: El comercio de bienes y servicios precisa de actividades de intermediación entre el productor y el consumidor final de los mismos. Está también comúnmente admitido que el propio mercado regula, por la existencia de competencia, el importe, o la proporción, de esos costes de intermediación en relación con el valor del bien o producto en cuestión. Para ello, las administraciones públicas tienen establecidos procedimientos de concurrencia de ofertas para que, sabiendo el ofertante que va a tener que competir con otros, ajuste sus precios.

Tercera: Esos procedimientos administrativos conllevan un tiempo de actuación que suele ser dilatado, acorde con los trámites de información, recepción de ofertas, estudio de las mismas, toma de decisión y aprobación de la misma en el órgano, generalmente colegiado, pertinente.

La bondad de las mascarillas tuvo efectos negativos colaterales. Y fue el tener que pagar altas comisiones de intermediación 

Cuarta: En la adquisición de mascarillas durante la pandemia, el tiempo, lejos del proverbio, no era oro, sino muerte y, por ello, todo lo anteriormente escrito no podía aplicarse: ni se podían utilizar largos procedimientos de concurrencia de ofertas, ni tampoco se trataba de adquirir un producto que pudiera encontrarse fácilmente en el mercado. La consecuencia lógica, y que a nadie debería extrañar, es que se pagaron precios muy altos por las primeras mascarillas que, poco a poco, y con el aumento del número de fabricantes y distribuidores, llegaron a reducirse en diez o veinte veces el valor original.

Quinta: Pero, en esos primeros momentos, tanto fabricantes, como almacenistas, distribuidores e intermediarios de todo tipo, se aprovecharon de la situación y, cumpliendo escrupulosamente las leyes del mercado, se forraron.

Y, sexta: Así pues, “Mientras las familias sufrían la crisis, otros se hacían millonarios”. Bueno, esto último no lo digo yo. Lo he extraído del Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados correspondiente al día 31 de mayo de 2018 y lo pronunció José Luis Ábalos al presentar la moción de censura contra Mariano Rajoy. Es cierto que él se refería a otro momento, pero creo que la afirmación es válida en cualquier tiempo y lugar. El barón de Rothchild ya lo dijo en 1757 después de la batalla de Waterloo: “Cuando veas la sangre correr por las calles, es tiempo de comprar propiedades”. Y, ese señor, sabía de lo que hablaba.

Se pagaron precios muy altos por las primeras mascarillas que, poco a poco, y con el aumento del número de fabricantes y distribuidores, llegaron a reducirse en diez o veinte veces

Así pues, y volviendo a las mascarillas, cuando ese jinete del apocalipsis en forma de Covid 19 recorría las calles del mundo, hubo gente que, montados a su grupa, se dedicaron al tema. Y vamos conociendo casos:

El primero fue el del hermano de esa señora que no hace más que decir que le gusta la fruta, pero que, en su momento, la administración que preside, adquirió mascarillas para que, o mientras que, su hermano se llevaba una pasta. Más allá de que los tribunales hayan encontrado, o no, materia punible, el caso sirvió para que pudiéramos admirar la capacidad intelectual, muy alta, de ambos hermanos. Él, obteniendo unos resultados económicos envidiables y, ella, quitándose de encima al líder de su partido que se había atrevido a investigar, primero, y denunciar después, el caso. 

Luego vino el del Ayuntamiento de Madrid. Bueno, como, aún, está sub iudice, no insistiremos en él pero, como las meigas, haberlas, haylas. Y lo que resulta curioso es que, si, como parece, en el Ayuntamiento trataban de investigar lo que había pasado en la Comunidad de Madrid, estaban tratando de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.

Y, ahora, hemos conocido otro que afecta a la otra orilla. Aun conociendo solo la espuma de los días, el asunto no pinta bien. Si ese caso hubiera ocurrido en los alrededores de Génova 13, la cosa no tendría la menor relevancia. Es como cuando Gila daba el pronóstico del tiempo diciendo: “En Rusia, nevara. Bueno, esto lo digo a bulto”. Pero, aquí, no estamos hablando de Rusia sino del desierto del Sáhara y, ahí, hemos quedado en que no nieva desde hace ya tiempo.

La constitucional presunción de inocencia está vigente en el terreno judicial, pero en no en política

Por ello, y por mantener la reputación del desierto, convendría tomar medidas excepcionales, como corresponde a lo que debe ser una excepción.

Porque, la constitucional presunción de inocencia está vigente en el terreno judicial, pero en no en política, donde el adversario es siempre culpable de algo. En este territorio, hostil donde los haya, vale todo, incluso más que en la selva. Desde que existen las libertades de opinión y de expresión, uno puede sufrir la llamada pena de banquillo desde que sale su nombre en los medios por haber sido llamado a declarar como investigado.

Y, el problema no es solo del, ya, ajusticiado, que también, sino de sus correligionarios. La mancha que, además es de las que dejan cerco después de limpiarse, sufre metástasis, se extiende como la peste y ya te puedes poner mascarillas para no hablar, que el sofocón no te lo quita nadie.

Así que, como diría el Viejo profesor, a colocarse, y al loro.

Mascarillas, divino tesoro