'El juego del calamar', nueva vuelta
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En el siguiente texto utilizaré la serie El juego del calamar para explorar la aporía fundamental de la filosofía política: la necesidad de oponer la fuerza de la ley a la "ley del más fuerte". Postulo que el universo del juego funciona como una representación contemporánea del estado de naturaleza hobbesiano, donde la vida es "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". A partir de este marco, analizo la narrativa como un fracaso del contrato social, donde el "Leviatán" del juego (encarnado en la figura de Hwang In-ho) ejerce una fuerza arbitraria al servicio de intereses particulares, en antítesis a la fuerza legítima de un Estado de Derecho.
- Nueva vuelta de tuerca
- Temporada 2 y 3 (cuidado, cierto destripe)
- Los cuatro finales (advertencia, sigo destripando)
- ¿Nueva vuelta?
- Postscriptum. La aporía del poder
- Epílogo
- Conclusión
Desde la perspectiva ética, se examinarán las decisiones de los protagonistas a través de conceptos como la anagnórisis y la catarsis de la tragedia griega, argumentando que el sacrificio final del protagonista funciona como un arquetipo moral que rechaza la violencia como herramienta de emancipación. Finalmente, abordaré el peligro del voluntarismo y el autoritarismo, incluso cuando se ejerce con intenciones benevolentes, como la máxima amenaza a la legitimidad del poder.
Nueva vuelta de tuerca
Cuando en diciembre de 2022 Netflix anunció la continuidad de “El juego del Calamar”, publiqué en este medio un artículo sobre los varios finales que, a mi buen entender, tenía la primera temporada.
Proponía [2] entonces que la serie nos ofrecía en su primera temporada tres formas (cuatro finales) de cerrar la temporada: la trágica, “en el sentido griego de la palabra: Sang-woo siente remordimiento por sus acciones tanto en la vida como en el transcurso del juego y se redime en un final catártico suicidándose para que Gi-hun pueda ganar el juego”; la política, con una primera parte dramática, “cuando nuestro protagonista, tras su amarga victoria, halle a su madre muerta, y de alguna manera sea consciente (otro guiño a la tragedia griega: anagnórisis) de su enorme arrogancia al ver que murió sola”, y una segunda social, “Il-Nam, agonizante, le plantea una última apuesta: “Juega a otro juego conmigo...”, le dice, señalándole lo que parece un indigente […], justo a la media noche, cuando marca 00:00, Il-Nam fallece, y es en ese justo momento cuando llega un coche de policía del que baja la misma persona que antes se había parado junto al mendigo acompañado de un policía, se acercan al indigente postrado, comprueban que aún está vivo y se aprestan a auxiliarlo. “¡Están aquí! ¡Le están ayudando!” musita a Gi-hun”; y una, la última, abierta y “puramente instrumental, que deja abierta la puerta a una segunda temporada”, como así fue: hemos visto una segunda (en dos partes: segunda y tercera) temporada.
Me explayé en el segundo fin por su potencia para presentar una alternativa a un juego tan agresivamente individualista como el del calamar, paradigma de la sociedad capitalista del riesgo: tenemos comida, techo y diversión, pero si fallamos el juego, el castigo es horrendo.
La alternativa a las soluciones individualistas, tal y como nos muestra esa última secuencia entre Il-Nam y Gi-hun, debe sumar dos realidades: la existencia de un mínimo estado del bienestar (“comprueban que aún está vivo y se aprestan a auxiliarlo”) y que actuemos, en el sentido que le da al término Judith J Thompson [3], como unos samaritanos mínimamente decentes.
Hablo de potencia, en su sentido fuerte: algo que está por ver si desarrollará su capacidad, si se volverá en acto. No lo puedo saber: debería preguntar a todos los que vieron la serie sobre si les alcanzó el (según pienso) mensaje político-dramático que la serie expone: la lucha entre el individualismo y el bien común. Una potencia plagada de trampas:
“El que, gracias al estado del bienestar, sea suficiente con ser samaritanos mínimamente decentes, el que desde que nacemos estemos razonablemente cubiertos ante riesgos e imponderables (una seguridad ante las amenazas mejorable, sin duda, pero no inexistente) no está exento de peligros, y uno de ellos es olvidar que esas instituciones deben ser, ya no sólo defendidas de todo tipo de agresiones, sino reconocidas como irremplazables y apoyadas críticamente, sí, pero sin poner en duda su necesidad y utilidad. La derecha siempre las atacará de dos maneras: colonizándolas y privatizándolas bajo la cobertura teórica de una falsa meritocracia, falsa, pues lo que amaga es puro individualismo y puro apoyo a soluciones individuales, de las que la caridad, aunque se disfrace de ONG, es un ejemplo de trampa letal.
La izquierda también debe ser muy cuidadosa y evitar estrategias que, aun pudiéndose abordar como comunitarias, en tanto que se plantean bienintencionadamente como alternativas a las instituciones, esconden un cierto individualismo comunitario (comunidades autárquicas y soberanas) que, erosionando la confianza en las instituciones, acabará erosionando la base del estado del bienestar.
Y un corolario: donde no lleguen las instituciones, llegará el voluntarismo, y demasiadas veces, y más contra mayor sea la ausencia del estado y de sus servicios, ese voluntarismo será un lobo con piel de cordero.” (ver nota 1)
La segunda parte (temporadas 2 y 3) ha dado una nueva vuelta de tuerca, lo que me permite decir que me equivoqué absolutamente, y me alegro, al dudar (“otra cosa será si el argumento […] da pie a una lectura política”) de su capacidad de crítica social. “El tiempo lo dirá”, dije. Pues, bien, estamos ante una crítica aún más profunda, más acerba, con igual o superior potencia para entender las trampas de una sociedad capitalista del riesgo.
Temporada 2 y 3 (cuidado, cierto destripe)
“El enorme éxito de 'El juego del calamar' pilló a todos por sorpresa, pero en Netflix reaccionaron rápido y lograron convencer a su creador para que la retomase. Finalmente dio forma a dos entregas más y ahora la temporada 3 ha vuelto a confirmar que sigue siendo la serie número 1 mundial de la plataforma con más 60 millones de visualizaciones en apenas 3 días. Ninguna otra serie había conseguido datos tan buenos en ese tiempo.” (Mikel Zorrilla, Editor, ESPINOF, 04/07/2025)
¿Sólo morbo por lo que en catalán llamamos “pel·lícules de sang i fetge”? ¿Pura serie de diversión y evasión, tanto para los frikis declarados (yo, por ejemplo) como para los vergonzantes? ¿Nada más que la emulación dramatizada de una telerrealidad o televisión de la vida real (también conocido por el anglicismo reality show) para ultrarricos? ¿60 millones de moscas no pueden equivocarse, come mierda?
Sin negar el uso instrumental de todo (menos el sarcasmo de la última pregunta), pienso que la serie está más cerca del grano al que se refiere Tomas de Iriarte, cuando dice:
“Sepa quien para el público trabaja,
Que tal vez á la plebe culpa en vano;
Pues si en dándola paja, come paja,
Siempre que la dan grano, come grano.”
(FÁBULA XXVIII, El Asno y su Amo, 1782)
Hay más. Hay algo que nos deja buen sabor de boca.
Entre la segunda y la tercera temporada tuve la oportunidad de leer en préstamo Como todo acabó y volvió a empezar [4], de E.L. Doctorow, y si alguien piensa que El juego del calamar es un insano sang i fetge sólo para frikis…
Recuperé del mismo autor Billy Bathgate, La gran marcha y Ragtime, y si algo puedo criticar a la serie es que, tras leer a Doctorow, el guion de El juego del calamar, en su final, peca de optimista.
A pesar de la trágica, en el sentido griego, muerte del protagonista (uno de los finales), Hwang Dong‑hyuk, autor, creador, guionista principal y showrunner, crea una historia optimista, y de esa potencia optimista, que se muestra en otro de los finales, hablaremos.
Doctorow, por el contrario, muestra una realidad sin excepciones, sin tapujos, sin concesiones, y si bien ni adelanta ni predice la existencia de Trump, leyendo sus libros entiendes algún porqué de lo que hoy les -y nos- ocurre.
Los cuatro finales (advertencia, sigo destripando)
(Análisis más formales, digámoslo así, y centrados en el ámbito de la teoría fílmica se pueden encontrar a cientos y todos ellos válidos, como, por ejemplo, en la web de SPINOF. Aquí, más que de técnica artística, cinematográfica, dramatúrgica o de dirección, indagaremos en la nueva vuelta de tuerca dada por Hwang Dong‑hyuk a la oposición entre individualismo e institución, y la aporía del poder que ello comporta)
El primer final, que he adjetivado como griego por su trágico desenlace, y que podría sencillamente haber sido único, con un cierre abierto (valga la paradoja), bebe de dos fuentes, la griega, donde el protagonista, tras la anagnórisis tan bien reflejada en el minuto 16’04” del capítulo 6, que le lleva a suicidarse para salvar al bebe de 222 (Jun-hee), induce a que los espectadores de la serie, no los ultrarricos del juego, se vean sacudidos por una catarsis. La segunda fuente es judeocristiana: el mito de Moisés. El protagonista del mito, como el de El juego del calamar, lidera una revuelta, de los judíos, de los jugadores, una dura travesía por el desierto y, al final, con Canaán a la vista, la Tierra Prometida, a la que Moisés, por su carácter violento y expeditivo (Números 20:12), le será vetada la entrada.
Y así debe ser, si lo que queremos es desarrollar una épica ejemplar, catártica, que sirva de arquetipo moral: el líder violento no debe sobrevivir al final de la epopeya. Y sabemos por qué. Porque la violencia del líder genera siempre un monstruo, y los líderes que sobreviven a la insurrección cargan con él y le alimentan:
“Esos líderes de la insurrección, manteniéndose en el poder una vez ganaron la contienda para no ser devorados por su monstruo, no sólo niegan la Tierra Prometida, sino que engendran, conscientes o no, un monstruo peor” [5].
Gi-hun no consiente en perder la poca humanidad que aún conserva, reconociendo, así, la inutilidad de todo el esfuerzo dirigido a destruir ese capitalismo salvaje del riesgo por medio de la violencia, obligado a jugar en campo contrario, con las reglas del contrario ¿nos alcanza la catarsis de su descubrimiento, de la inutilidad de la violencia?
El segundo final viene de la mano de Jun-ho. Su papel en la trama es complejo, pues representa a la par la institución coercitiva de la sociedad, la policía, y una relación especial con el mal: su hermano, Hwang In-ho, la enigmática figura al mando de los juegos. En tanto que institución es quien consigue la destrucción final de la escena del juego y de su posible nueva replicación, un punto a favor. No queda tan claro, sin embargo, si no dispara contra su hermano por un deber filial o, dado que representa al poder, por un deber social al tener su hermano el bebé 222 en brazos: por algo así como un primum non nocere, que todo poder con auctoritas(esto es, sin autoritarismo) debe respetar. Y aquí la parte optimista del creador Hwang Dong‑hyuk asoma ligeramente su faz.
En el tercer final, y como pidiendo perdón por todo lo sufrido (el guion aprovecha para ir cerrando subtramas, que no tengo claro el porqué de su aparición, pues no llegan ni a ser macguffins, y por ello pienso que sobran tanto en la trama como en el final: nada sustantivo aportan), hay todo un descorche de optimismo y bellos horizontes. A pesar de que alguna crítica lo ve como una capa de complejidad para con la, hasta entonces, fría presencia de Hwang In-ho, yo prefiero darlo por obviado.
¿Nueva vuelta?
Y llega el cuarto final, que, en paralelo con el cuarto final de la temporada 1, deja entrever en este caso la posibilidad más que verosímil de una secuela en formato franquicia. Sobre todo, y remitiéndonos a las palabras del propio Hwang Dong‑hyuk, al ser presentada esa posibilidad de la mano de una de las grandes estrellas del cine actual:
“Pensamos que tener a una mujer como reclutadora sería más dramático e intrigante. Y en cuanto a por qué Cate Blanchett, es simplemente la mejor, con un carisma inigualable. ¿Quién no la adora? Así que nos alegramos mucho de que apareciera. Necesitábamos a alguien que pudiera dominar la pantalla con sólo una o dos palabras, que es exactamente lo que ella hizo.” (citado por Mikel Zorrilla, Editor, ESPINOF, 27/06/2025).
¿Asistiremos a una nueva vuelta de tuerca, o por el contrario, si la franquicia finalmente llega a buen puerto, será puro sang i fetge, pura evasión, puro -en el peor de los sentidos- made in America?
“El tiempo lo dirá.”, como dije en en aquel artículo, “Nosotros, en todo caso, como buenos serieadictos, atenderemos al ‘Squid Game’ American way.”
Postscriptum. La aporía del poder
Tal y como planteé arriba, vale la pena usar esta serie para analizar cómo oponer la fuerza de la ley a la ley del más fuerte sin caer en el autoritarismo.
La vida en El juego del calamar parece sacada del aforismo con que Hobbes describe la naturaleza, estado donde la vida es "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". Ese es el mundo del "matón" que Hwang In-ho prepara para sus ilustres ultrarricos. No vale argumentar que los 456 participantes van voluntariamente (lo que es cierto), ni que muy democráticamente votan una y otra vez seguir o no con el juego.
La realidad (ficticia, claro, pero verosímil) muestra que, bajo una suficiente presión, el común de los mortales puede verse tentado por las soluciones individualistas, lo que no sólo es cierto, y no un hueco aforismo preciosista, sino que lo podemos constatar por el auge de partidos de ultraderecha dentro y fuera de Europa. Que la presión la produzca el mismo sistema que se aprovecha de la salida individualista no da libertad, mas bien es una señal de todo lo contrario.
Hobbes, como Locke o Rousseau, contra el estado de la naturaleza, de todos contra todos, levantaron la teoría del contrato social con la que querían resolver el eterno y universal conflicto entre individuos en su lucha por la supervivencia [6].
Para escapar de esa vida "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta", los individuos ceden una parte de su libertad (específicamente, el derecho a usar la violencia para defenderse o imponer su voluntad) a una entidad superior: el Estado (el Leviatán, de Hobbes). A cambio, el Estado garantiza la seguridad y el orden para todos.
Para anular la fuerza individual y arbitraria, la ley del más fuerte, creamos una fuerza colectiva y (en teoría) regulada: la fuerza de la ley. Le damos al Estado el monopolio del uso legítimo de la fuerza física, como lo definió el sociólogo Max Weber. Por lo tanto, y aquí podemos empezar a vislumbrar la aporía, para escapar de un sistema basado en la fuerza, creamos otro que también se basa en la fuerza.
En El juego del calamar, la fuerza del Leviatán (Hwang In-ho) es la ley del más fuerte: arbitraria, personal, impredecible y al servicio de intereses particulares. Todo lo contrario, en contraste, a la fuerza de la ley (en un Estado de Derecho) que debe ser: regulada y predecible, impersonal y aplicada a todos por igual (incluso a los que gobiernan), sujeta a procedimientos y garantías (debido proceso) y, last but not least, al servicio del interés común.
La aporía de oponer la fuerza de la ley a la ley del más fuerte tiene dos frentes. El primero, mostrado en la serie, el voluntarismo de alguien que se tome la justicia por su mano, voluntarismo que corre el riesgo de tener un líder que no sepa descabalgar a tiempo (y ejemplos tenemos para dar y vender).
El segundo, igual de temible, si no más, sobreviene cuando es el máximo representante de un Estado de Derecho quien vuelca su voluntarismo en hacer el bien. El peligro que apunto es real, plenamente real y actual: cuando el Estado utiliza su fuerza de manera arbitraria, con independencia de las intenciones que tenga, se convierte en el "matón" más grande, peligroso y dañino de todos. Por eso, la lucha constante en una democracia es asegurar que la fuerza de la ley se mantenga dentro de sus límites legítimos (responsabilidad, la de fijar los límites legítimos, que corresponde al poder legislativo), para que no se convierta en la ley del más fuerte.
Epílogo
Las leyes pueden ser transgredidas, como el ejemplo de Trump demuestra. Pero para ser consecuentes, quienes defiendan el Estado de Derecho, condición de posibilidad de una democracia, no deben aceptar que sean transgredidas.
Como advirtió Hume, poder, se puede, pero no por ello se debe [7].
La salud de un sistema legal no reside únicamente en su capacidad coercitiva (su "poder" para castigar, por otra parte necesario: no somos ángeles, sino leño torcido), sino en el grado en que los ciudadanos han interiorizado el "deber". Cuando la mayoría de la gente obedece la ley no por miedo al castigo, sino porque cree que es lo correcto y legítimo, el sistema es estable.
El ejemplo de Trump es paradigmático porque, estando en una democracia madura basada en un estado de derecho, ilustra una crisis en la que el "poder" de un individuo (su capacidad como poder ejecutivo para actuar desafiando las normas) choca frontalmente con el "deber" que emana de la ley. Esto fuerza al poder ejecutivo a usar su poder coercitivo para hacer cumplir la norma cuando la legitimidad no es suficiente o el acatamiento voluntario falla, y en ese camino, el ejecutivo de Trump, y otros, pasa de la auctoritas al autoritarismo.
Para evitar la "ley del más fuerte", debemos crear una ley fuerte, lo que genera una paradoja: combatimos la fuerza con fuerza. La solución reside en que la fuerza de la ley sea legítima y no arbitraria. Por eso, aunque las leyes puedan ser violadas, su legitimidad (responsabilidad del poder legislativo) exige que no deban serlo.
Conclusión
He utilizado El juego del calamar como alegoría de la sociedad capitalista del riesgo: Un análisis de la tensión entre individualismo e institución.
Pienso que es válido ver la serie de Netflix como un artefacto cultural que dramatiza las tensiones de la sociedad capitalista del riesgo. A través del estudio de sus arcos narrativos, he argumentado que la serie expone la falacia de las soluciones puramente individualistas frente a la precariedad sistémica. Miro de aflorar cómo la trama contrapone la lógica del juego -una metáfora del individualismo extremo donde el castigo por el fracaso es absoluto- con la necesidad de un estado del bienestar y de la acción institucional.
Utilizando el concepto de Max Weber sobre el monopolio estatal de la fuerza legítima, analizo cómo la serie representa un poder arbitrario y privatizado en oposición a la fuerza regulada e impersonal de un Estado de Derecho. La popularidad masiva de la serie la interpreto no solo como un fenómeno de consumo mediático, sino como un reflejo de ansiedades sociales contemporáneas sobre la meritocracia, la desinstitucionalización y la erosión del bien común.
[1] Tal vez no sea una casualidad que esta serie venga de Corea del Sur, un país con un muy deficitario contrato social: “La semana laboral en Corea duraba 69 horas hasta hace un año, cuando el Gobierno la redujo a... 52. ¿Es este el secreto de su gran milagro económico? No. La productividad es de las más bajas entre los 36 países de la OCDE […] Corea tiene la tasa más alta de suicidio entre los países ricos. Más de dos millones de coreanos sufren depresión, todo un estigma porque las enfermedades mentales son tabú. Además, numerosos ancianos, con raquíticas pensiones, se quitan la vida por no ser una carga en el país con menor gasto social de la OCDE.” Corea del Sur, el país de las vacaciones de un día (la vida real tras 'El juego del calamar'), Fernando Goitia, XLSemanal (ABC), 05/12/2024.
[2] El juego del calamar (Temporada 2), RGC, NT, 12/12/2022.
[3] “Debemos distinguir, de hecho, entre dos tipos de Samaritanos: el Bhttps://tinyurl.com/ElJuegoT2uen Samaritano y lo que podemos llamar el Samaritano Mínimamente Decente”: Una defensa del aborto, Judith Jarvis Thomson, Philosophy & Public Affairs, núm. 1, 1971 “We have in fact to distinguish between two kinds of Samaritan: the Good Samaritan and what we might call the Minimally Decent Samaritan”, fuente.
[4] “«Una efectiva y veraz historia sobre la cobardía y la maldad». (The Washington). E.L Doctorow recrea una frontera aterradora y la puebla con una serie de personajes que incluyen putas y santas, asesinos y sanadores, rusos locos, suecos silenciosos y nativos americanos que iluminan y revelan el Oeste al mismo tiempo que consigue un fiel retrato del nacimiento de una América que surge de la lucha y lo salvaje.” (eBiblio).
[5] Ni presentismo ni relativismo, RGC, NT, 25/08/2022 ().
[6] Derechos individuales, deberes colectivos, RGC, NT, 16/02/2023 ().
[7] Permítanme abundar en una distinción filosófica fundamental: la diferencia entre el plano fáctico (lo que es o se puede hacer) y el plano normativo (lo que debería ser o se debe hacer), que es el núcleo de lo que se conoce como la guillotina de Hume o el problema del ser y el deber ser, la base sobre la cual se construye el concepto de falacia naturalista:
Poder (el plano fáctico): Se refiere a la capacidad física o estratégica de realizar una acción. Cualquiera con los medios suficientes puede romper la ley. Un individuo puede robar, una empresa puede defraudar, un político puede ignorar una citación judicial. Esto es una simple descripción de la realidad.
Deber (el plano normativo): Se refiere a la obligación moral o legal establecida por un sistema de normas. La ley dice que "no se debe" robar, defraudar o desobedecer a la justicia.