martes. 27.02.2024
"La libertad guiando al pueblo", de Eugene Delacroix
"La libertad guiando al pueblo", de Eugene Delacroix

En un grupo de Telegram, donde con mis opiniones martirizo y por ellas soy martirizado, nos hemos enzarzado en un animado hilo a cuentas de la idea de “insurrección”. Ante todo, valga mi agradecimiento a todos aquellos cuyos textos y comentarios me han servido de base -y que utilizaré sin permiso- para este artículo. Como se dice, mentaré el pecado, pero no al pecador, excepto si soy yo.

Nosotros, los rojos

Uno de los parroquianos empezó opinando que, dada la radical importancia de la defensa de las libertades políticas y democráticas individuales, un proceso insurreccional es hoy del todo inconveniente. Su reflexión no la hizo en el vacío, fue a cuentas de un comentario previo de otro participante que venía a decir que era posible que, hoy y aquí, la izquierda pudiera estar mirando con nostalgia un tiempo donde era más claro el combate entre sistemas ideológicos contrapuestos, aunque, seguía reflexionando, en los casos en que los nuestros ganaron, se acabaron comportando como un sistema represivo. Y así, acababa, es difícil mantener un discurso de ideología comunista y tener éxito entre la población (esta última reflexión tiene más enjundia de lo que parece, y es merecedora de un artículo aparte).

El primer parroquiano puso sobre la mesa la mejor de las preguntas ¿Qué hacer? O lo que viene a ser la misma cuestión, pero escrita sin posibilidad de interpretaciones ¿Cómo hacerlo?

Una tercera persona, tal vez concernida por esa nostalgia tan propia de cualquier ser humano, no ya de que cualquier tiempo anterior fuera mejor, sino que cualquier tiempo explicado nos parece lógico y racional, o más lógico y racional que el actual, siempre tan difícil de explicar, reivindicaba que la vía insurreccional, en muchos momentos de la historia, fue la única vía posible.

Prácticamente todas las insurrecciones conocidas han generado monstruos que han acabado devorando a sus creadores

En este punto intervine con un mensaje, cuya literalidad transcribo: “Intentando no caer en presentismo, es necesario asumir que prácticamente todas las insurrecciones conocidas, incluyendo la israelí de los años 40, o la palestina a partir de los 60, han generado monstruos que han acabado devorando a sus creadores. Y Cuba no es una excepción.

Las ganas de brega conceptual están ahí presentes. La querencia por hacer chocar argumentos, como única vía de mejorar el discurso, está ahí. Y ahí que fuimos.

De alguna manera se perfilaron varios grupos, cada uno con sus matices. Por si cuestionar las insurrecciones armadas fuera tema pequeño, alguien trajo a colación el anarquismo, en su vertiente libertaria, como valedor de los derechos y libertades del individuo o la responsabilidad de la democracia en el hecho de que Hitler llegara al poder... En fin, el abanico de opciones se expandió como el delta del Nilo, y el hilo se volvió más proceloso que el delta del Mekong… Pero es que, nosotros, los de las izquierdas contumaces, los rojos, somos así…

Presentismo, o la cultura de la cancelación

A todo esto, y a pesar de ponerme la venda antes de ser herido con lo de “Intentando no caer en presentismo”, a tenor de ciertas críticas que recibí pensé que tal vez estaba cayendo en -o por lo menos mi aserto era interpretable como- presentismo, o sea, que estaba juzgando con criterios de hoy los hechos de ayer.

El asunto, juzgar las insurrecciones, y en particular la cubana comandada por Fidel, es grave e importante para la izquierda, de ahí lo animado del hilo, por lo que se merece algo mas que ese mensaje por mi parte afirmando alegremente que generó monstruos.

Es posible aceptar, sin que se resienta la ética, que la situación de la Cuba de Batista, como en la Nicaragua de Somoza, fue, más que responsable, causa determinante para que se diera un proceso insurreccional. Visto así, no cabría exigir hoy responsabilidades ulteriores. Esta afirmación, no tan ingenua como parece, la dejaremos para más tarde.

Sería presentismo afirmar que, vistas desde el presente de una sociedad democrática, aquellas insurrecciones (y por extensión, tal vez todas) portaban algún tipo de germen maldito que las abocaba a generar monstruos. Y ciertamente, desde esta perspectiva, mi afirmación antes mostrada era, cuanto menos, ambigua.

Cabe decir sin ambages que Batista y Somoza, y sus correligionarios y sus apoyos, fueron los únicos y últimos responsables de que sólo hubiera una salida, la insurreccional. Por ello, y achicando la lista, también cabe decir que Fidel Castro y Daniel Ortega, aunque líderes de la revuelta, en ningún momento fueron responsables del inmediato caos a que dio lugar la insurrección, y tampoco vale afirmar que dichas revueltas puedan ser consideradas como causa de los monstruos que acabaron apareciendo en esos dos países.

No hay lugar para ninguna cultura de la cancelación por los hechos ocurridos durante las dos revueltas. No hay presentismo que valga que pueda negar la justicia, cuando ningún otro camino es posible, de una defensa violenta de los propios derechos.

Pero aparecieron monstruos.

El peligro del relativismo

Aceptar la inevitabilidad de una insurrección dada no es argumento para afirmar que esa misma inevitabilidad blanquea todo lo que venga después. Si durante el proceso insurreccional sus líderes son -deben ser considerados- de alguna manera inmunes, y si la propia dinámica de la revuelta nos obliga a bajar el listón de la exigibilidad ética en el durante, lo que ocurre después ya no debe ir mecánicamente al haber de la insurrección.

La gran cuestión es cuándo se determina, y quién determina, que ya estamos en ese después, en ese periodo donde la inmunidad de los líderes a la crítica ya no es de recibo.

Mientras se está en un proceso insurreccional, todo el mundo, menos un selecto, aunque no elegido, puñado de personas, son tratados como “no adultos”. Tal sistema de masificación, nos lo dice el instinto, es necesario para combatir las poderosas fuerzas que se oponen a la insurrección.

La gran cuestión, como hemos dicho, es ese cuándo -y ese quién que debe y puede, pues sólo él puede, y por ello debe- retornar a los individuos sus “libertades políticas y democráticas”, devolverlos a la edad adulta. Y la gran crítica, válida desde el momento después de la victoria, es ¿por qué aún no?

La gran cuestión es cuándo se determina, y quién determina, que ya estamos en ese después, en ese periodo donde la inmunidad de los líderes a la crítica ya no es de recibo

Y ahí acecha el relativismo, siempre dispuesto a negarnos capacidad crítica sobre hechos ocurridos en otras comunidades porque, según su doctrina, cualquier sociedad es inconmensurable, incomprensible e ininteligible y por ello está más allá de cualquier crítica para toda persona ajena a ella.

Pero cuando se reprocha aspectos tan ciertos y básicos como la falta de libertad política y democrática en países donde, acabado con victoria el proceso insurreccional, oficialmente se siguió y se sigue tratando a sus ciudadanos como “no adultos”, el que se nos conteste con la explicación de que, como bien sabe quien allí sabe, la razón es que el cuándo aún no ha llegado, y que por ello es necesario mantener una situación de excepcionalidad inmune a nuestra crítica, más que ante un argumento, estamos ante la justificación de algo injustificable.

Y esta crítica, este sostener que las decisiones tomadas durante el periodo insurreccional, por ser mantenidas con posterioridad al proceso son las que “han generado monstruos que han acabado devorando a sus creadores” ya no es presentismo. Es negarse a caer en el relativismo que blanquea cualquier decisión por el mero hecho de haber sido realizada por quien lideró y salió victorioso del combate.

La tierra prometida

Es conocido el mito de Moisés, líder de la revuelta judía, los 40 años de dura travesía por el desierto y, al final, Canaán, Tierra Prometida a la que Moisés, por su carácter violento y expeditivo (Números 20:12), le fue vetada la entrada.

Tal parece que de este mito beban todos los lideres que han sido de las revoluciones violentas (¿puede haberlas de otro tipo?, o como bien expresaba otra persona en el hilo con evidente ironía ¿“La revolución Francesa debería haberse hecho a besos”?). Tal vez saben instintivamente que, habiendo sido necesario, cuando no imprescindible, ser violentos y cabalgar el tigre de la insurrección, en cuanto lo descabalguen, y como el mito predice, se les negará la entrada al Canaán prometido, así que una buena alternativa es seguir cabalgando al tigre y alargar la dura travesía por el desierto, prometiendo, pero cada vez un poco más y otro poco más lejos, una tierra siempre por llegar tras un esfuerzo más que más bien ya se parece al País de Nunca Jamás.

Esos líderes de la insurrección, manteniéndose en el poder una vez ganaron la contienda para no ser devorados por su monstruo, no sólo niegan la Tierra Prometida, sino que engendran, conscientes o no, un monstruo peor.

Por eso, huyendo del presentismo, pero evitando el relativismo, se hace necesario tanto aceptar la inevitabilidad de la insurrección violenta como criticar la deriva dictatorial, cuando no totalitarista, de tantas y tantas revoluciones. Y ser de izquierdas, ser rojo, significa -debería significar- aprender de la historia para intentar no repetir los errores.

Ni presentismo ni relativismo