viernes. 12.04.2024

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Joaquín Ramón López Bravo | En las sociedades llamadas “occidentales”, una de las medidas de los valores de un grupo social (y por supuesto de una sociedad) es a quiénes ese grupo considera “héroes” o “ilustres”, es decir personas que encarnan los valores máximos de esa sociedad y a quienes deben tender a semejarse los integrantes de ese grupo, al menos en sus comportamientos sociales básicos.

Hay dos circunstancias que se repiten en todos los grupos sociales que afectan a héroes y/o ilustres: son mayoritariamente hombres y su heroicidad tiene que ver mayoritariamente con hechos de armas. La primera premisa es fruto de la realidad de la historia de esta parte de la humanidad. Una sociedad basada en el patriarcado en la que la mujer tiene un papel subordinado difícilmente puede ser “ejemplo” para una sociedad que las ningunea.

Sin embargo, a través de la segunda circunstancia que menciono sí hay alguna mujer que se ha “colado”en esa panoplia de “héroes y/o ilustres”. En España, por ejemplo, tenemos a Agustina de Aragón o a 

En cualquier caso esta reflexión no es sino uno de los muchos caminos que se me abren y me tientan a seguir cuando me siento a escribir estas líneas. El árbol del pensamiento tiende a la inosculación sin que sean necesarias cuerdas que aten ramas porque buscan su fusión ellas solas. Así que no me desvío más que lo justo.

¿Es de extrañar que algunos militares crean que la única forma de tener una sociedad justa sea fusilar a 26 millones de sus integrantes?

Que héroes e ilustres tengan que ver mayoritariamente con hechos de armas (al menos hasta el siglo XIX) es una consecuencia directa de la animalidad que aún persiste en el ser humano, y su necesidad de territorio para mantener su forma de vida. El primate es territorial y si, como el humano, es gregario, necesita de un territorio en el que desplegar sus necesidades y del que alimentarse. El concepto de patria es sin duda la sublimación de esa necesidad territorial, necesidad que se vuelve avaricia cuando se intenta la conquista de nuevos territorios.

Estamos inmersos de hecho en dos conflictos ampliamente tratados y dolorosamente sufridos por cualquier persona con un mínimo de sensibilidad en los medios de comunicación (Ucrania y Gaza), en los que la base territorial, la dominación del espacio es uno de los fundamentos. Y si miramos al resto del mundo nos encontramos con lo mismo. En Sudán, Burkina Faso, Somalia, Yemen, Myanmar, Nigeria o Siria es le control del territorio para aprovechar sus recursos lo que subyace.

Nadie intenta hacerse con el poder para “regalar” los frutos de ese territorio. Siempre se intenta aprovecharse en beneficio del propio grupo. Incluso en el reciente conflicto de Haití (o tal vez debería decir en la enésima situación de violencia en el país más pobre del mundo) hay un intento de aprovechar los frutos del territorio.

Así pues, no es de extrañar que se hayan considerado “héroes” a aquellas personas que han hecho lo posible para que un grupo humano mantuviera su prevalencia sobre un territorio (físico o económico). Y se haya “despreciado” la heroicidad de quienes han logrado sobrevivir día a día o han llevado a cabo mejoras para facilitar la vida de sus semejantes. Estos, si acaso, son “simplemente” ilustres. A mí me parece mucho más heroico, por ejemplo, ser capaz de dibujar la complejidad de las neuronas humanas tras observarlas mediante un microscopio como hizo Ramón y Cajal, con el fin de que quedara constancia de su estudio y complejidad, que introducirse con una lata de petróleo en un polvorín y prenderle fuego para destruir el armamento enemigo.

 De Eloy Gonzalo yo resaltaría más como heroica su ansia de vivir, abandonado en una inclusa, desde los 11 años peón de albañil, labrador, aprendiz de barbero y de carpintero, preso tras un consejo de guerra, voluntario en la Guerra de Cuba. Y casi sobre todo ello, fallecido no por las balas de los enemigos, sino por la ineficacia de los propios, que daban comida pasada cuando no podrida al ejército que “defendía a la patria”. Esa comida en mal estado le causó una infección intestinal (enterocolitis ulcerosa gangrenosa) que acabó con su vida. Los comisionistas de la época se enriquecían con esos alimentos en mal estado. La historia, por desgracia, tiende a repetirse.

Me surge todo este pensamiento enmarañado e hirsuto a la sombra de una noticia reciente. La Francia de Macron premia con el reconocimiento de “hombre ilustre” a un español luchador en la resistencia antinazi e incorpora su nombre al listado de ilustres en su Panthéon. Por cierto, se ha traducido su nombre por Panteón de Hombres Ilustres. Traducción innecesariamente machista (por más que albergue a tan sólo a 6 mujeres) porque podría haberse optado por “Panteón de Personajes Ilustres”. Pero esa es otra historia.

Lo que ahora me trae a este conglomerado de pensamientos es que el español, Celestino Alfonso, llega al Panteón por méritos de guerra: su pertenencia a la resistencia contra el régimen criminal de Hitler y su satélite de Vichy. Y llama aún más la atención que quién alcanza la consideración de héroe ilustre es un extranjero inserto en un grupo de resistentes extranjeros comandados por un armenio, turco por la dominación que sufrió su país a manos del imperio Otomano, de nombre Missak Manouchian. En la Francia de Le Pen y donde la aporofobia y la xenofobia están ganando terreno cada día, no hay empacho alguno en glorificar la lucha de los extranjeros por la libertad de su Francia.

No puedo evitar volver mis ojos a España para ver qué es heroico para los correligionarios conservadores de Macron en nuestro país. Y me encuentro con que la heroicidad ilustre se le atribuye, por ejemplo, a losalmirantes Juan Cervera Valderrama y los hermanos Francisco y Salvador Moreno Fernández, responsables del bombardeo inmisericorde de civiles desarmados huyendo desde los cruceros Canarias, Baleares y Almirante Cervera, cuyos restos siguen, pese a la ley de Memoria Histórica, en el Panteón de Marinos Ilustres, y a cuyas embarcaciones el alcalde de Madrid, abogado del Estado (y por tanto se le supone versado en la importancia de cumplir la ley vigente) ha devuelto el nombre de una calles que fueron renombradas en aplicación de la citada ley de Memoria Histórica.

Así me veo en la obligación personal de establecer una comparación. En una democracia consolidada se considera heroico que extranjeros de países claramente tenidos por inferiores en el ideario de esa sociedad, luchen por acabar con la invasión de un régimen criminal dictatorial y autoritario y pierdan la vida tras sufrir torturas de todo tipo, al exponerse personalmente a la lucha. En otra democracia teóricamente consolidada se considera heroico matar a distancia desde el puente de mando de barcos de guerra a civiles desarmados huyendo. Ambas acciones merecen, en una y otra democracias, el reconocimiento de “ilustres”. La evidencia de que algo está mal solo quedará oculta para quien tenga una venda en los ojos.

Y eso me lleva a la reflexión inicial de estos párrafos. ¿Qué debe imitar la persona común como expresión de las cualidades que merecen ser catalogadas como heroicas y/o ilustres? Según parece en España debe imitar el comportamiento de los almirantes bombardeadores, es decir, actuar de lejos, a traición y contra quien no puede defenderse. Ese es el héroe, el ilustre, a quien imitar para alcanzar la excelencia exigible en la sociedad. Al menos según el reconocimiento que a esa actitud se le otorga por parte de personajes muy destacadas socialmente e insertos en los órganos de poder e interpretación de la norma social que se supone que es la ley.

Y doy un pequeño paso más. ¿Qué debe considerar heroico y/o ilustre un militar español cualquiera? Ante esta base de sistema de valores, ¿es de extrañar que algunos militares crean que la única forma de tener una sociedad justa sea fusilar a 26 millones de sus integrantes? ¿Es eso lo que se está transmitiendo a nuestras Fuerzas Armadas? ¿Esa es la fuente de la que beber el heroísmo y/o la cualidad de ilustre?

Heroísmos, los justos. Y a distancia. Igual no están tan errados quienes proponen esa actuación como ejemplo de lo ilustremente heroico o heroicamente ilustre. Al fin y al cabo es mejor un héroe vivo tras su hazaña, que si es pobre siempre se le podrá matar con la alimentación cuando deje de ser famoso.

De héroes y/o ilustres