Todos somos Óscar Pantoja
En estos días, el imperialismo fascista internacional amenaza al pueblo venezolano con una invasión.
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Convendría recordar que la execrable iniciativa, comandaba por el presidente Donald Trump, se activa esta vez en total sintonía con el espíritu de furibundo imperialismo que comenzó con la invasión de México, entre 1846 y 1848, que concluyó con la apropiación de más del 55% del territorio mexicano, y se hizo lema y baldón con el “América para los americanos”, proclamado en 1823 por el presidente James Monroe.
Desde entonces, los gobiernos de Estados Unidos han entendido el continente americano como un cortijo sobre el que tiene derecho a actuar a su libre albedrío y en beneficio de sus propios y exclusivos intereses. De ahí que se antoje oportuno y pertinente hacer un apresurado repaso a la materialización de la llamada “doctrina Monroe” a lo largo de la historia.
EEUU ha bombardeando una lancha venezolana, con 11 tripulantes a bordo, que supuestamente transportaba droga para el consumo de algunos de los aproximadamente 49 millones de estadounidenses que padecen trastornos por adicción
Las dos primeras irrupciones estadounidenses de produjeron en las colonias de Cuba y Puerto Rico, en el año 1898. Cuba fue invadida por USA para sustituir al imperio español por el dominio efectivo del territorio, a través de la Enmienda Platt y a pesar de la concesión de independencia formal de 1902, y la de Puerto Rico, que fue igualmente arrebatada a la metrópoli española en 1898 y que llevó a la apropiación de la isla con la firma del Tratado de París; Nicaragua, fue violentamente asaltada en 1912 y su territorio ocupado hasta 1933; Haití fue invadido en 1915 por tropas USA para “salvaguardar los intereses de las empresas estadounidenses”, y se mantuvieron allí hasta 1934, aunque los estadounidenses volvieron a repetir la jugada en 1994 y en 2004; la República Dominicana sufrió la primera invasión y ocupación estadounidense entre 1916 y 1924, y la segunda en 1965 con el objeto de cambiar la presidencia del país a favor de sus intereses; en 1919, Honduras sufrió una similar ocupación militar para proteger los intereses económicos norteamericanos como las plantaciones de banano, y los marines volvieron con parecidos fines en 1924 y 1925; en 1961 fue nuevamente Cuba el destino de un intento de invasión USA, aunque fracasado, en la Bahía de Cochinos; en 1983, Estados Unidos invadió Granada, país insular de las Antillas Menores, para frenar en seco las veleidades de alianza cubano soviética de su gobierno; y en 1989 los hizo en Panamá, para derrocar a su díscolo e histórico colaborador, el dictador Manuel Noriega, y de paso, ya que estaban, desmantelar las Fuerzas de Defensa de Panamá.
A todo ello hay que sumar las directas intervenciones en golpes de Estado antidemocráticos como el de Guatemala, que en 1954 consiguió derrocar al presidente Jacobo Árbenz, quien con sus reformas agrarias había empezado a molestar a la compañía estadounidense United Fruit Company, o el de Chile, cuando en 1973 la CIA contribuyó decisivamente a acabar con la vida del presidente Salvador Allende, para abortar el proyecto de un gobierno socialdemócrata elegido en las urnas.
Para seguir la tradición en su variante más fullera, USA ha vuelto a recurrir a la siniestra y acostumbrada broma de considerarse seriamente amenazado o atacado, como hizo el 15 de febrero de 1898 con el acorazado Maine, anclado frente al puerto de La Habana. Ahora, para ir abriendo boca, ha bombardeando una lancha venezolana, con 11 tripulantes a bordo, que supuestamente transportaba droga para el consumo de algunos de los aproximadamente 49 millones de estadounidenses que padecen trastornos por adicción a sustancias. Una epidemia de inmensas proporciones, que, según los Centers for Disease Control and Prevention/ Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), ha provocado medio millón de muertos por sobredosis, entre 1999 y 2019, y de la que a Trump se le ha ocurrido hacer responsable a Nicolás Maduro.
“Cosas tenedes, Donald, que farán fablar a las piedras”, dicen que ha dicho Nicolás, parafraseando al rey Alfonso VI, porque la cosa sería como para desternillarse de risa si no fuera porque un populista demenciado es capaz de cualquier monstruosidad.
Venezuela está seriamente amenazada y la respuesta popular ha sido una campaña con el lema Yo me alisto, en la que participan grupos y sectores de muy variado jaez.
Parafraseando a don Antonio Machado y cambiando al original destinatario Enrique Lister por Óscar Pantoja, me tomaría la insolente libertad de escribir: “Si mi pluma valiera tu pistola, contento moriría”
Visto en imágenes, contemplar a la Milicia Territorial armada con el fusil FAL, diseño belga de 1940; a la milicia Rural pertrechada con el fusil de cerrojo ruso Mosin-Nagant diseñado a finales del siglo XIX; y a los indígenas portando sus arcos y flechas ante las mesas de reclutamiento, no puede por menos que evocar a los civiles milicianos que se echaron a las calles madrileñas con los Mauser y mosquetones de las astrosas guerras africanas, escopetas de caza y pistolas Astra o Campo Giro, para enfrentarse al modernísimo equipamiento bélico ítalo-alemán del que en abundancia disponían los sublevados fascistas.
En ese escenario anduvo el caraqueño Óscar Pantoja Velázquez, estudiante de medicina que, con solo 17 años, aún menor de edad se las había ingeniado para cruzar el Atlántico, llegar a Marsella y de allí a España, para defender la libertad y la dignidad de los pueblos, integrándose en las Brigadas Internacionales.
Es casi imposible determinar cuantos venezolanos formaron parte de esas Brigadas en las que combatieron jóvenes y veteranos de 53 países. El pintor, historiador y editor catalán Andreu Castells i Peig, en su libro Las brigadas internacionales en la guerra de España, de 1974, aporta la cifra de 149 venezolanos, de los que sobrevivieron 113, pero el escritor cubano-francés Alejo Carpentier, en su obra Bajo el signo de Cibeles. Crónicas sobre España y los españoles, de 1979, considera que la cifra de 149 debería rebajarse a más o menos la mitad.
Nombres aparecen muy pocos. El poeta, dramaturgo y periodista peruano Juan Esteban Ríos Rey, combatiente en el frente la Sierra de Guadarrama, menciona a Víctor García Maldonado, que luchó en la defensa de Madrid; el gran historiador alemán Fritz Fischer relata como un venezolano, cuyo nombre no cita, reemplazó con decisión y coraje a un ametrallador español en el avión de Abel Guydez, uno de los más famosos pilotos de la Escuadrilla de aviones liderada por el novelista y político francés André Malraux; y José María Gironella, en su novela Un millón de muertos, de 1961, habla de un venezolano llamado Redondo, aunque no sabemos si se trataba de una persona real o de un personaje de ficción.
Volviendo a Óscar Pantoja, tras conseguir que el reclutador marsellés hiciera la vista gorda con su edad, fue trasladado al aeródromo de Los Llanos la en Albacete, donde quedó integrado en la XVIII Brigada Mixta, al mando del mayor de milicias y luego general de brigada Juan Modesto. Tras recibir una precipitada instrucción militar, a principios de febrero de 1937 entró en combate en la llamada Batalla del Jarama, una acción bélica diseñada por los sublevados para cortar la carretera de Valencia, prácticamente el único acceso de armas y víveres al Madrid sitiado.
A pesar de la feroz resistencia de la XVIII Brigada Internacional, pésimamente equipada, tuvo que abandonar sus posiciones, replegándose hasta el municipio de Ciempozuelos, donde, el 27 de febrero, un Tabor de Regulares, a bayoneta y cuchillo, acabó con la vida de los cerca de dos mil republicanos que aún defendían la plaza. Sobre la zona de combate se encontraron 1306 cuerpos que fueron enterrados sin identificar en una fosa común. Uno de ellos sería el de Óscar.
Los días 27 y 28 de abril, el diario La Esfera de Caracas daba la escueta noticia de la muerte de Óscar, utilizándola para reforzar la línea anticomunista de la publicación, calificando al brigadista de “paladín de un ideal absurdo”.
Sacando aliento de no se sabe donde para el lirismo bélico, parafraseando a don Antonio Machado y cambiando al original destinatario Enrique Lister por Óscar Pantoja, me tomaría la insolente libertad de escribir: “Si mi pluma valiera tu pistola, contento moriría”.
Y luego, incontinente, miré al soslayo y no hubo nada.