lunes. 26.02.2024

Tras cuarenta días y cuarenta noches de retraso, por el cambio de ruta del barco, debido al conflicto de Oriente Medio, el polizón logró fugarse por una pequeña puerta en el techo, de aquel gélido escondite, en un enorme barco de transporte marítimo. Todos delegaban en él los riesgos y los perjuicios de la libertad. Sus compañeros de cautiverio, malhumorados, le suplicaban que volviera, porque no tenían agallas para seguirle. Lo primero que vio al salir fue un marinero gordo sentado cuyo trasero ocupaba dos asientos del bar y que llevaba una camiseta en la que rezaba “Os odio a todos”. Se retiró con sigilo mientras el olor a pollo frito inundaba sus narices y hacía caso omiso a sus ganas de reír. Sus compañeros suspiraban. Sabía de sobra que ellos tenían demasiado miedo a la mafia, y no iban a ser nunca libres. Es más, debido al precio de la vivienda, a la subida del costo de la vida, y a la explotación laboral de sus captores, podría decirse que en lugar de amigos solo dejaba atrás una caterva de esclavos e incluso la mayoría bastante chivatos. 

En la orilla la cosa no era distinta. No en vano, lo primero que le llamó la atención al mirar por las pantallas de su teléfono móvil, fue el contacto con la nueva realidad. Es decir, la normalización de la barbarie militar contra los débiles y la falta de valores de las instituciones colectivas que gobernaban el mundo. Ya tenía casi 50 años, el mundo había dado muchas vueltas desde entonces su vida estaba casi gastada. Pero era un tipo raro, podría decirse que no podía creer en Dios y por amor a la libertad no había contraído ningún vínculo afectivo, sin embargo, sin contar con el lujo que disfrutaba ahora mismo, de tomar el sol, no tenía nada más por lo que vivir o algo sublime por lo que morir.

Sus compañeros suspiraban. Sabía de sobra que ellos tenían demasiado miedo a la mafia, y no iban a ser nunca libres

El puerto de llegada estaba a solo una noche de viaje. Había sido precavido y tenía un fiel contacto que le esperaba con una barca al otro lado del puerto. Solo faltaba elegir el momento adecuado para saltar y nadar una corta distancia. De repente, se encontró de frente a una exótica joven oriental que estaba casi desnuda. Estaba intentando escapar. Un malvado maltratador y mercachifle le estaba pegando en menos de lo que canta un gallo. Todo lo que había aprendido en la vida le había enseñado que debía darse la vuelta y continuar su camino. Es más, a menudo el existencialismo le provocaba crisis de ansiedad. Sin embargo, el miedo era más barato que agradecimiento, y todavía no era tan cobarde como para ser insensible a las cosquillas en su mejilla, debido a la juventud y belleza de aquella linda fugitiva. 

— ¿Qué ha pasado? —preguntó el Policía del barco

— Non nobis solum (No nacemos para nosotros mismos, Ciceron) —replicó el extranjero.

Fue solo un puñetazo y se golpeó la nuca. Así de frágil es la vida. Mientras le llevaban con aire indolente en la oficina del capitán, de soslayo miraba por la ventana, y comprobaba cómo la exótica chica oriental llegaba nadando hasta el bote de su amigo. 

El extranjero impasible