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lunes. 28.11.2022

Fanatismo contra libertad

No va a ser este modesto escribiente quien culpe a las masas harapientas que, menospreciadas, esquilmadas y maltratadas por Occidente corren por las calles del Islam clamando venganza divina.

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“Los que de verdad buscan a Dios, dentro
de los templos se ahogan”
. Proverbio árabe.


La libertad de expresión es un bien, un derecho, superior a casi todos y como tal, tenemos la obligación de defenderlo impidiendo restricciones para amoldarlo a creencias personales, comunales o coyunturas históricas determinadas, restricciones salvajes como las que nos ha impuesto el Gobierno del PP con su contrareforma del código penal y su Ley Mordaza, de marcado sesgo talibano-franquista

No va a ser este modesto escribiente quien culpe a las masas harapientas que, menospreciadas, esquilmadas y maltratadas por Occidente –sí, por Occidente, me niego a entrar en esa corriente “neocon” que culpa al pobre de su pobreza, al tonto de su tontedad, al bombardeado de las bombas que le arrojan y al sidoso de su SIDA- corren por las calles del Islam clamando venganza divina. Primero, porque estoy convencido de que la mayoría de los habitantes de los países en los que predomina la religión de la que Mahoma es profeta son pobres de solemnidad, iletrados y parias debido a los regímenes totalitarios y teocráticos impuestos por secular voluntad imperial; segundo porque estoy seguro de que, pese al memorial de agravios interminable que podrían echarnos a la cara –hablo de la gente llana-, la mayoría de ellos son pacíficos, hospitalarios y ajenos a cualquier violencia; tercero, porque cuando se fabrican las condiciones para que la religión –y no hablo sólo de los países islámicos- salga del interior del alma humana, que es su natural lugar, para convertirse en instrumento de propaganda, proselitismo o lucha política, cualquier cosa es posible, incluso las más impensables: Todavía recuerdo en España, a mediados de los sesenta, como un clérigo, altavoz en mano, en plena Eucaristía, humillaba a un grupo de niñas de nueve o diez años por no llevar velo y lucir traje desmangado, las expulsaba del templo como pecadoras alevosas y llamaba a capítulo a sus padres, cabizbajos; aún tengo en la mente fotogramas de mis viejos de luto riguroso desde los treinta y tantos hasta el final; todavía recuerdo a Franco llevado bajo palio por cardenales y obispos que habían santificado sus crímenes contra la Humanidad; aún perdura en mi memoria su intromisión pertinaz e insolente en la vida pública y privada de los españoles, los pueblos muertos en Semana Santa, las calles tomadas por sus imágenes terroríficas, la oscuridad, las misas interminables y obligadas, la maravilla del sexo convertida en pecado. Todavía hoy, hace unas semanas, los he oído decir disparates sobre la violencia doméstica en una hoja parroquial valenciana, y los veo manifestarse por cosas materiales cuando no lo hicieron por la libertad ni por la vida ni por la justicia. Y es que, cuando se llega a ese extremo desnaturalizador de las creencias religiosas íntimas sucede lo que decía Ernesto Sábato: “Dios existe pero duerme: Sus pesadillas son nuestras vidas”.

Del mismo modo, aun siendo consciente de las barbaridades cometidas contra el Tercer Mundo –islámico o no-, sabedor de la difícil coyuntura internacional creada por quienes a toda costa quieren provocar un auténtico choque de civilizaciones: Los mismos que negaron el progreso económico, social, político y cultural a quienes hoy continúan viviendo en otro tiempo engendrando la bestia que hoy se inmola rodeada de dinamita “ad maiorem Dei gloriam”, pienso que ni yo ni usted ni quien ha sido víctima de tal o cual abuso puede disponer de un código penal personal. A mí, personalmente, podrían ofenderme muchas cosas, el trogloditismo, la mentira pertinaz, el escarnio que la Iglesia católica oficial hace de Jesús, la prepotencia del nacido inteligente, la soberbia del potentado, del iletrado y del letrado, las expresiones reaccionarias, las burlas y ataques contra mis creencias, pero no puedo ni quiero tener un código penal a mi medida, acomodado a mi particular visión del mundo, tengo que aceptar el mismo que todos y luchar, contra viento y marea, para que nunca exista uno que contemple delictivamente las opiniones que se viertan contra mi pensar, mis sentimientos o mis tradiciones.

La libertad de expresión es un bien, un derecho, superior a casi todos y como tal, tenemos la obligación de defenderlo impidiendo restricciones para amoldarlo a creencias personales, comunales o coyunturas históricas determinadas, restricciones salvajes como las que nos ha impuesto el Gobierno del PP con su contrareforma del código penal y su Ley Mordaza, de marcado sesgo talibano-franquista. Los códigos legales democráticos se hicieron para permitir la convivencia dentro de una sociedad que no es ideal, que está llena de desigualdades, de defectos, que ineludiblemente hay que superar. En ellos se contemplan los límites a la libertad de expresión: Lo que nunca podrá esperar nadie es que ningún código se ajuste con exactitud a sus creencias y las sustraiga de la crítica libre. La crítica es, indudablemente, parte fundamental del pensamiento humano, por tanto del progreso de la Humanidad. Allí donde está prohibida, el hombre lo es menos, desgraciada, involutariamente. Al igual que España, la Europa de hoy se encamina hacia la limitación de libertades en nombre de no sé qué seguridad, para combatir a quienes se suicidan matando y vuelve a cometer los mismos errores de la década de los años treinta del pasado siglo. Como entonces, los reaccionarios de aquí y los fanáticos de allí que instrumentalizan el dolor nos ponen a las puertas de una tragedia de dimensiones mucho mayores que todas las conocidas hasta hoy en el autodenominado “Viejo Continente”. Suspender garantías constitucionales, declarar estados de emergencia, militarizar la calle y hacer normas como la ley mordaza sólo contribuyen a exacerbar el miedo, y el miedo siempre ha estado en la raíz de nuestras peores pedadillas históricas: Fue el miedo quien llevó a Hitler al poder, fue el miedo quien permitió que Franco montase una criminal dictadura en España durante más de treinta y cinco años. El miedo es, sin duda alguna, el mayor enemigo de la libertad y el bienestar de los hombres.

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