La enseñanza como paradoja: cuando el saber alimenta el malestar
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Entre la educación que limita y la instrucción que libera, la enseñanza encierra una contradicción que, administrada sin resolver los problemas económicos que agostan a la juventud, puede volverse contra sí misma y contra la democracia.
“Solo hay un bien: el conocimiento; y un mal: la ignorancia.” (Sócrates, citado por Platón en El mito de la Caverna)
“La educación sigue siendo el único escudo para frenar la marea de emociones y liturgias que está marcando el curso de la política actual. [...]
Si la política sobre los medios económicos no descerrojan el futuro de la juventud, corremos el riesgo de convertir la mejor de las intenciones, en el peor de los caminos
Ante quienes pueden acudir a las urnas espoleados por el ruido de sus entrañas, se consideró desde siempre que el mejor antídoto es la educación, cultivar el espíritu crítico, distanciarse del rebaño. Es el cuidado de esta formación, la de los más jóvenes y la de los habitualmente marginados, lo que está hoy en crisis en todas las sociedades”. (José Andrés Rojo, El pegamento de la ultraderecha, El País, 7 de noviembre de 2025)
José Andrés Rojo acierta al recordar el papel de la educación como antídoto frente a la irracionalidad política.
La educación no flota en el aire: necesita una estructura económica que permita a quien se esfuerza vislumbrar un horizonte de vida mejor.
Cuando ese horizonte se clausura, la enseñanza deja de ser un escudo y se transforma, paradójicamente, en un catalizador del malestar que pretendía contener.
La enseñanza, que antaño era muralla frente a la demagogia y la intolerancia, puede volverse su aliada involuntaria
La contradicción interna de la enseñanza
La enseñanza, entendida como la suma de educación e instrucción, es una criatura contradictoria.
La educación cierra puertas: impone límites, exige responsabilidad moral y adapta al individuo a las normas vigentes en cada tiempo y lugar.
La instrucción, en cambio, abre esas mismas puertas: dota de instrumentos intelectuales para cuestionar, crear y trazar caminos propios, incluso cuando estos se apartan para bien o para mal de la moral dominante.
En esa tensión reside la grandeza —y el riesgo— del acto de enseñar. Pero el equilibrio se rompe cuando la enseñanza deja de cumplir su función más decisiva: ser un ascensor social.
Cuando el sistema económico bloquea esa posibilidad —por los bajos salarios, el precio inalcanzable de la vivienda, la pobreza laboral, la ausencia de industria, la precariedad del sector servicios o la financiarización de la economía—, la instrucción se convierte en fuente de descontento.
El resultado es una ciudadanía técnicamente instruida, pero emocional y éticamente desamparada ante el colapso material de su futuro
Quien aprende a pensar pero no encuentra espacio donde aplicar su pensamiento se frustra.
Quien comprende los mecanismos del mundo y descubre que no puede modificarlos, se indigna.
Y la indignación sin salida se transforma en resentimiento, en rebeldía sin causa.
De ahí que, paradójicamente, la misma enseñanza que debía promover una ciudadanía crítica pueda derivar en malestar político, polarización y populismo.
No es casual que la mayor parte de ese voto de protesta se incline hoy hacia la ultraderecha, que ofrece certezas donde el sistema solo ofrece precariedad, pobreza y marginación.
Cuando la enseñanza no es la solución
La enseñanza, que antaño era muralla frente a la demagogia y la intolerancia, puede volverse su aliada involuntaria.
Porque una sociedad donde “no hay harina”, como recordaba el viejo proverbio, termina inevitablemente con “todo es mohína”.
Y la frustración del ascenso social truncado, cuando se mezcla con la instrucción sin horizonte, produce una combinación peligrosa: el conocimiento sin esperanza.
Estos “rebeldes sin causa” —o con causas perversas— no carecen de medios para expresarse. Las redes sociales, su uso espurio, no es enfermedad, sino síntoma de una real dolencia, y esta es material, objetiva, económica.
La instrucción les ha otorgado herramientas tecnológicas y discursiva, pero ni les ha educado en su utilización, y lo que tal vez sea peor, tampoco les ha ofrecido un futuro para su empleo.
Falta la otra mitad de la enseñanza: la educación moral y cívica, esa que debía dotar de sentido al saber y de límites a la rabia.
La izquierda, absorbida por la batalla de los contenidos, ha abandonado esa dimensión, y la “izquierda de la izquierda”, aún más.
El resultado es una ciudadanía técnicamente instruida, pero emocional y éticamente desamparada ante el colapso material de su futuro.
Si la enseñanza no recupera su equilibrio entre libertad y responsabilidad, entre crítica y cohesión, y si la política sobre los medios económicos y materiales no descerrojan el futuro de la juventud, corremos el riesgo de convertir la mejor de las intenciones, enseñar a ser ciudadanos críticos, en el peor de los caminos: el laboratorio donde se gesten las fuerzas que destruyan aquello que le dio sentido: la democracia misma.